MANTECA DE KARITÉ

Por emilio rivellli rivelli
Enviado el 29/01/2014, clasificado en Amor / Románticos
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Con la textura de la franela y la suavidad de un pétalo de rosa, nutritiva y reparadora donde la caricia llega, poseía la certidumbre de un Siddharta bajo la sombra del arbol de Karité, en aquella tarde demorada de cuando percibió unos pasos demasiado alejados, ecos de otro tiempo, los valles matriciales donde vuela el cárabo y reina la umbría mientras la garduña espera su momento, los pasos de la niñez en su querida Cangas que nunca olvidaría.

El paraguas gigante en que se desparrama el cielo, vigila el pálpito telúrico que la acompaña, el mismo que la llevó a las sabanas de Burkina Faso, la tierra de los hombres íntegros. Una sonrisa sin previo aviso, el celo por las almas y una mirada limpia la acompañan en la ardua decisión, en la tierra de Koubrí misionera dominica se contempló. Lo demás, un firmamento de estrellas rutilantes sobre aquella tierra rojiza donde cada espesura encierra una acechanza. Años jóvenes de pródiga entrega vislumbrando una experiencia de vida humana al saber que lo urgente es la manera más pobre de vivir, aunque la noche era fría y los vientos traicioneros.

Se encargaba de la fabricación del yogur cuando aún no sabía nombrar al baobab en la lengua More; contemplaba con resignación la algarabía que la cerveza de mijo propiciaba en las gargantas de los hombres ociosos, percatándose del valor de lo cotidiano, conmovida ante la gratitud de aquellas personas en medio del sufrimiento. Gente ignorada, y aunque distintos, iguales en dignidad, tal como le recordaba la lectura de un poema Kuba:

"Cuando muera, no me entierren bajo los árboles del bosque /Le temo al agua que gotea/Entiérrenme bajo los grandes árboles umbrosos del mercado/ Quiero escuchar los tambores tocando / Quiero sentir los pies de los que bailan..."

Enseñaba macramé bajo la sombra de un tamarindo y aprendió de la entrega de las mujeres elaborando la manteca de Karité, manos doctas en cosméticas y emolientes. La confitura de papaya envolvía sus días como la niebra cubre de madrugada la silueta de los búfalos en la orilla del río.

Tras el rezo de maitines, la descubre el alba en su universo policromático, refulge la vidriera con los primeros rayos que sobre Barañaín caen, gana terreno la mañana agradeciendo el coro de la iglesia el relevo de la sombra. Sus pasos como misionera han arribado al remanso de paz que tanto necesitaba. Ahora, Marta Muñiz restaura la luz de la vida con sus pinceles de oro, tal como rescataba almas con el cromatismo de su sonrisa y la misericordia de la palabra.

Aún rememora su última etapa en Sierra de Guara, en los dominios de Alquézar, donde el quebrantahuesos vigila los pasos y un río verde esmeralda bordea sus confines, allí donde conquistó un alma escéptica con el secreto de la receta del arroz con leche de Prendes, la tierra mozárabe donde se emocionaba descubriendo a Atmann en el alma de José de Campo, un ser desvalido que le sugería la continua presencia del Divino. En aquellos campos cubiertos por la boira del atardecer, la estela se propaga en el universo colorista que brindaba, el río sigue su curso, humea el chocolate al lado de los buñuelos.

Detrás de la vidriera late un fatigado corazón, anuncia que esa vida que sostiene con fragilidad, no ha sido en vano, que la manteca de karité en que se han convertido sus manos, agradece los instantes compartidos con las esforzadas mujeres de túnicas vistosas. Pareciera que fue ayer el tiempo del sésamo y el tacto de la manteca en el refectorio del Monasterio de Notre Dame de Koubrí. Una textura y una vida que dejan huella, tal como impresiona a la retina el misterio insondable de una noche estrellada. Ya descansas en tus valles matriciales donde vuela el cárabo y reina la umbría.

                                                Emilio Rivelli Rivelli


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