El templo bajo la montaña (Parte 2)

Por Daiguidans
Enviado el 02/02/2014, clasificado en Intriga / suspense
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No puedo evitar esconderme tras una de las columnas, hay un grupo de gente semidesnuda, retozando entre ellos. Van cubiertos escásamente con lo que parecen ser finas capas de seda, en su mayoría rojas y moradas. Puedo contar aproximadamente veinte personas, y un poco más atrás, elevadas en una plataforma, tres mujeres emiten los dulces y atrayentes cánticos que me han conducido hasta aquí. Hay una especie de recipiente de barro al fuego, del que está saliendo un humo muy blanco, tres personas que acaban de llegar lo huelen, se quedan semidesnudos, y se unen.

Quiero pensar que esta gente está bajo los efectos de algún tipo de droga que han metido en ese recipiente, tal vez forme parte de alguna especie de ritual, pero... al margen de lo que están haciendo, no parece haber cosas tales como sacrificios, estatuas demoníacas o alguna especie de ofrenda para algún dios extraño, es como si símplemente lo estuviesen haciendo por placer.

Los últimos han venido de la derecha de la plataforma, tal vez si...

El suelo ha cedido... al poco de empezar a avanzar, un trozo de suelo ha cedido bajo mis pies y me he derrumbado en la zona central... Todos se han quedado mirándome en silencio, no soy capaz de moverme, tengo el corazón a cien por hora, no sé que hacer, ¿qué hago por favor?

Los cánticos y la música han vuelto a comenzar, poco a poco están dejando de prestarme atención y vuelven a... ``hacer sus cosas´´. Me pregunto por qué no han venido a por mi. ¿No me considerarán una amenaza?

Mierda, una mujer viene directa hacia mí. Lleva una seda morada tapándole los pechos y... la entrepierna, por decirlo de alguna manera. Tiene un pelo castaño rojizo precioso hasta la cintura y unos ojos verdes impresionantes, no es muy guapa, pero tiene un cuerpo muy bonito. Se ha agachado ante mí y me inspecciona con la curiosidad de un felino, parece tener mucha curiosidad en mis ropas y en la mochila, me ayuda a levantarme y me hace señas para que la dé la mochila. Lo hago. Acto seguido la deja en el suelo y comienza a palparme la cara, me observa con detenimiento los ojos, y pasa a mirarme el cuello, y se pone de puntillas para besarlo, es una sensación impresionante, un escalofrío me ha recorrido todo el cuerpo, intento acariciarla el rostro y se aparta preocupada. Tras hacerme señas para que me detenga, comienza a quitarme la chaqueta. Me estoy mareando, siento cómo se me va la cabeza, es muy posible que tenga que ver con el humo que estoy inhalando, pero antes de darme cuenta, estoy en paños menores... De hecho, no voy a entrar en detalles de cómo me llevó con el resto de su gente ni de lo que hizo, creo que es bastante obvio, definitivamente tenía que ver con el humo blanco, cuanto más tiempo pasaba allí, menor fuerza de voluntad parecía que tuviese, solo podía dejarme llevar. No sé cuanto tiempo pude pasar en ese sitio, y tampoco es que me importe demasiado.

Llegado cierto momento, las tres mujeres dejaron de cantar, y me dí cuenta de que no sabía de dónde procedía el sonido de las flautas. Pero poco a poco, todos comenzamos a parar y alguien se llevó el recipiente. Tardé unos instantes en darme cuenta de lo que me rodeaba, estaba despertando de mi trance y me ví rodeado de desconocidos con los que había realizado una experiencia... dejémoslo en curiosa. Y no tenía ni idea de qué hacer. Volvieron los nervios, me puse rojo como un tomate y la gente comenzó a irse en silencio.

Al poco, una mujer de pelo rojizo, muy similar a... ``mi compañera´´, se pone a hablar con ella.

- ¿Te le llevas Lucy?

- Yo me encargo de él, gracias.

Bueno... supongo que no es de extrañar, me esperaba una especie de dialecto tribal, pero parece que hablan mejor que yo. Así que se llama Lucy, viene hacia mí.

- ¿Me acompañas por favor?

- Esto... si si, por supuesto.

Lucy me ofrece su brazo, antes de agarrarlo, me tapo de manera similar al resto de los hombres que he visto salir de aquí, esto es demasiado surrealista pero, vamos a ver cómo acaba.

Me agarro a Lucy y me lleva hacia otra salida.

Comenzamos a descender por unas escaleras lévemente iluminadas por la luz que desprenden las antorchas que hay a los lados, es curioso, pensaba que ésto sólo se veía en los videojuegos, ¿quién se pasa el día haciendo nuevas antorchas y reponiéndolas para un pasillo?

Lucy continúa agarrada a mi brazo, está aferrada a él como si fuese lo que más amase en el mundo, la caricia de su rostro en él es lo más agradable que he sentido nunca. No quiero romper este silencio, simplemente me dejo llevar por ella. El movimiento que acompaña cada uno de sus pasos es una delicia, un regalo para la vista, la delicadeza con la que apoya los pies, unos pies tan pequeños y delicados... estoy embobado simplemente con su caminar.

Finalmente me atrevo a romper el silencio, puse todo el encanto del que disponía en cada una de mis palabras con tal de no perturbar aquella paz.

- Lucy, ¿a dónde me llevas?

Pude notar un pequeño escalofrío que le recorría la nuca, seguidamente, sonrió.

- No tengas prisa mi amor, todo a su tiempo.

Y no tuve más prisa, continuamos bajando escaleras una eternidad de tiempo, no me atrevería a decir cuanto tiempo fue, pero en el fondo me daba igual, a fin de cuentas no iba a dar media vuelta; estaba en perfecta compañía y jamás había sentido tanta curiosidad como ese instante.

Finalmente vi una salida, no era más que una abertura en el pasillo, por la que cabrían cuatro o cinco personas, no hay mucho que decir sobre ello.

Sobre lo que sí hay que hablar es sobre lo que vi tras esa salida, era cuanto menos, curioso.

¿Alguna vez os habéis imaginado una civilización escondida en mitad de la nada?¿Una sociedad en la que todo pareciese maravilloso? Eso fue lo que me pareció ver aquel día. Podría describirse como una aldea medieval. Casas de madera y piedra con el techo de paja, algunas antorchas iluminando ciertos rincones, un herrero en su herrería, alguien vendiendo la carne más roja que se haya visto jamás...

Lucy me condujo descalza por un camino de arena que recorría toda la aldea; la gente me miraba con mucha curiosidad, y me atrevería a decir que más de uno miraba a Lucy con muchísima envidia. Ella en cambio, seguía agarrada a mi brazo, tan dulce, delicada y sensual como antes. Tenía una sonrisa preciosa. Y cada vez me parecía más guapa.


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