En manos del destino

Por Arecibo
Enviado el 07/02/2014, clasificado en Drama
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Capítulo 1

 

Mis dedos son delgados y quebradizos como ramitas secas. Los hundo en el cuenco que descansa sobre la mesa auxiliar -patas labradas con delicadeza artesana, restos de cera y agujeros de termita-, y su contenido resbala hasta el borde en un desesperado intento de huir de la mano invasora. A pesar de mi avanzada edad mantengo los dedos ágiles, no así las piernas, y atrapo una de las juguetonas pastillas, que termina disolviendo su cobertura azucarada en mi boca mientras descifro las imágenes evocadas desde el hogar; recuerdos de juventud perdida y madurez malgastada que contemplo con la resignación del que ha representado correctamente su papel asignado en la farsa de la vida. Sólo ahora el destino me libera de sus garras y tengo cosas que hacer antes de comprarle un pasaje al testarudo barquero.

 

Las imágenes se disuelven en el aroma de la madera quemada, poco diferentes de las encerradas en las fotografías color sepia y marco dentado que guarda en la vieja lata de carne de membrillo que acuna entre sus manos. Sólo una fotografía de todo el lote refleja auténtica felicidad. Está hecha en un fotomatón, hace poco más de un año; cuatro ventanas desde las que la vieja duquesa sonríe mientras dos jóvenes, hermanos por el evidente parecido, la besan en ambos lados de la cara.

Un rectángulo de luz rasga la espesa cortina del pasado. Ante el espejo, envuelta por la suave caricia del vapor, una joven menuda y de formas redondeadas se concentra en abrocharse unos pendientes de perlas. La chica está completamente desnuda, a excepción de unas braguitas blancas que resaltan en su cuerpo dorado, y mueve su desnudez con total naturalidad ante los ojos divertidos de la vieja señora, al compás de la música que surge del reproductor compacto.

 -Eres preciosa, querida.

-Muchas gracias, señora.

-Si yo hubiera nacido setenta años más tarde y tuviera tu cuerpo? Te aseguro que no me habría aburrido como lo hice.

-No debería decir esas cosas. No es propio de una dama.

-Querida. Si hay algo que una vieja puede hacer en momentos como éste es decir lo que le venga en gana.

 

Reímos cómplices. Veo su preciosa sonrisa reflejada en la superficie turbia del espejo, y es entonces cuando dudo. ¡Dame fuerzas, Dios mío! Sólo sería una carga, por mi extrema vejez y por estas piernas maltrechas que me encadenan a una silla de ruedas, y por eso acelero el final de una vida ya de por sí inútil. Y si el viejo Pedro me niega la entrada? ¡Nos veremos en el infierno! Allí lo esperaré tomando café con el diablo.

 

La joven termina de vestirse con una camiseta ligera y unos vaqueros desgastados que la propia duquesa la ayudó a elegir en una de esas tiendas de nombre impronunciable tan de moda apenas unas semanas atrás, y se acerca hasta la figura consumida de la anciana, mirando desaprobadora el contenido del cuenco donde de nuevo hunde la mano.

-¿Insiste en no venir, señora?

La duquesa la mira con dulzura y niega por décima vez en lo que va de día la pregunta tantas veces formulada en las últimas dos semanas. Y volverá a insistir, Dios la bendiga. La joven se arrodilla a su lado, la cabeza sobre el regazo y lágrimas calientes cayendo sobre el vestido severo de la anciana, que no puede evitar acariciarle el pelo todavía húmedo.

-Vamos a echarla mucho de menos, señora.

-Y yo a vosotros, querida. Y yo a vosotros.

Sus dedos sienten el rugoso tacto de las perlas que esa misma mañana le ha entregado, herencia del ducado desde hace generaciones. «Jamás lucisteis de la forma en que lo hacéis ahora -les dice la duquesa-. Sed dignas de esta noble alma».

Un toque de claxon suena amortiguado en la habitación rompiendo el embrujo. Los contactos de la duquesa aún sirven en un mundo devastado y Carlos vuelve con gasolina y víveres.

-Vamos -dice la duquesa-. El tiempo apremia.

-Esperaremos, señora. Eso no nos lo puede negar.

 

Capítulo 2

 

Es el nuestro un concejo de guerra de lo más singular: el general Patton metido en la piel de una vieja y dos jóvenes de apenas veinte años. Retocamos por enésima vez el plan en base a los últimos datos de que disponemos; caídas las redes de comunicación son las fieles palomas y los pocos amigos de la Federación Colombófila que aún se encuentran en sus hogares los que nos mantienen informados. Trazamos la ruta más fiable; pensamos alternativas y descartamos pasos caídos, ciudades perdidas. El todoterreno será su mejor baza y las joyas de la familia, con el sistema monetario quebrado, la única moneda de cambio reconocida. Hecho todo lo humanamente posible mando a Julia a la cocina con la excusa de una merienda tardía, y ella me complace, dejando que su hermano le revuelva el pelo cuando pasa a su lado.

 

-¿Todo preparado, Carlos?

El muchacho asiente. No a la pregunta que los labios de la duquesa han formulado sino a aquella otra que lanza destellos desde sus ojos marchitos; ésa que sólo le concierne a ellos dos y por la que Julia prepara una merienda que nadie tiene estómago de tomar. «Todo dispuesto» y resume en pocas palabras las instrucciones obtenidas en la Red antes de su caída; cómo la puerta del garaje desencadenará el fuego que reduzca a cenizas el que durante años ha sido su hogar.

-Ante todo, que Julia no lo sepa nunca. No nos perdonaría jamás.

 

Pero es así como quiero terminar; con el fuego purificando mi cuerpo y mis recuerdos. Tantos los tristes, que fueron muchos, como los alegres. Aunque estos me los llevo cosidos al corazón. «Es usted una romántica», me dice Carlos con un apunte de sonrisa, la primera que rasga la máscara de la tragedia con la que se ha cubierto estos últimos días. «Creo que ha leído demasiado», añade. Lo que es cierto, para qué negarlo.  Julia regresa con la merienda. Galletitas y café con leche, con dos cucharaditas de azúcar. Entonces empiezan a hacer efecto las pastillas y a Julia se le saltan las lágrimas cuando renuncio a la sencilla tarea de remover el café.

 

Epílogo

 

Arropada por el amor incondicional de mis queridos niños, expiro a la edad de noventa y dos años. Dios no me dio hijos propios, pero me bendijo con estas dos almas que lloran sin pudor la muerte de una pobre vieja. Y conmigo morirá el título de Grande de España tan celosamente atesorado por mi familia, algo por otro lado apropiado cuando la realidad en la que vivieron, amaron, fueron mezquinos y valientes, pactaron con enemigos y, reduciéndolo todo a una única palabra, sobrevivieron, se hunde para no volver a existir. La puerta del garaje genera la chispa que alienta el fuego que engulle la casa. Las llamas visten mi cuerpo en su camino hacia la azotea, y sólo cuando sienten el calor en sus patas mis fieles palomas levantan el vuelo, acompañando las volutas de humo en que me he liberado.

 

B.A., 2014

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Encontrarás la segunda parte en:

http://www.cortorelatos.com/relato/9388/dispara-a-la-cabeza-en-manos-del-destino-parte-2/

 


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