Clovius en Yusímedes Parte 1/2

Por Ronald Martínez Rodríguez
Enviado el 07/03/2014, clasificado en Ciencia ficción
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Nos despedimos del gracioso encargado de la mina de forma cordial y a las risotadas. Procedimos a subirnos al Croistant. Yo deseaba desaparecerme tan rápido como pudiera de este apestoso planeta, al cual nos habían mandado para recoger muestras de minerales y piedras preciosas. El cargamento estaba en pleno orden, pesaba como 350 kilos terrestres, aunque en la atmósfera de Yusímedes parecía mucho más liviano. Como fuera, necesitábamos del maldito Croistant para atravesar la infernal selva lluviosa del planeta, famosa en todo el universo por estar sumergida en un diluvio perpetuo.

Mi nombre es Toilbart y trabajo en el transporte minero y de otros materiales, por diferentes partes del universo conocido. A veces se me encargan tareas de exploración y pequeñas misiones, dada mi amplia experiencia en el espacio. Odio este planeta Yusímedes y no tengo idea de por qué le dieron ese nombre. En el planeta original, la Tierra, son buenos para inventar nombres tontos. Pero permítame explicarle que la atmósfera de este planeta es un grave problema para la salud de un ser humano, necesitamos usar constantemente el traje espacial por la atmósfera fétida y llena de hongos, bacterias y todo tipo de venenos. Pero lo peor eran las lluvias y tormentas constantes, aparte de la vegetación densa y enorme.

Por eso necesitábamos el maldito Croistant. Permítame describírlo brevemente. Era una especie de tanque de guerra alargado, pesaba una tonelada y se desplazaba fácilmente por en medio de la selva, gracias a las orugas que tenía por ruedas. Hacía un ruido tremendo, multiplicado por la atmósfera del planeta, y era todo un espectáculo verlo moverse a través de la vegetación inmensa, los agujeros que había por todos lados, y la gran cantidad de fango que quién sabe qué clase de bacterías y microbios alienígenas poseía.

Tengo que explicar con más detalle el asunto de la lluvia: caía todo el tiempo en forma de torrentes que venían del cielo. Los relámpagos eran terribles y constantes, uno cada 15 segundos en promedio según mis cuentas, y eran espectaculares en verdad, aunque para nosotros, trabajando en este ambiente, mas bien eran molestos.

Olvidaba decirles otra característica sumamente importante del Croistant: tenía dos incómodos asientos, uno detrás del otro. Yo conducía, y mi amigo Kardipsto, un gordito de feo carácter iba detrás, resoplando siempre en mi nuca porque el espacio era muy reducido, puesto que había que ocupar casi todo con la carga. La forma del Croistant era especial para el ambiente del planeta, pues siendo delgado, le permitía atravesar estos terrenos tan difíciles y llenos de hoyos.

Bueno, regreso al principio. Era una noche terrible como siempre, con la tremenda lluvia cayendo. Nos introdujimos en la jungla de regreso a la base con nuestro cargamento a cuestas y empezamos a atravesarla. Claro que aquello era un caos total, sólo aguantable por mineros experimentados como nosotros. Yo me rascaba mi gran nariz, mientras veía el camino por las pequeñas ventanillas. Poco era lo que alcanzaba a atisbar, pero era suficientemente brusco, con esas plantas enormes que nadie sabía cómo se llamaban.

Mientras avanzamos por la jungla, les voy a contar una historia que me eriza los cabellos. En este planeta hay diversidad de formas de vida, casi todas ellas incapaces de hacernos cualquier daño. Pero como en todo planeta, en éste surgen leyendas. Aquí se hablaba sobre todo de entes con capacidad de control psicológico, criaturas que podían hacerlo a uno alucinar. Eso era suficiente para mantener alejados a la mayoría de los mineros, pero la plata es la plata como decimos nosotros, y aquí estábamos en una aventura más.

Hoy no estaba de muy buen humor, a cada rato me rascaba la nariz y me jalaba las cejas, deseando fervientemente salir de este infierno lluvioso. Cada rayo era parte de mi conteo, que ya llevaba 534, para no hablar de los hoyos terribles, de los cuales ya nos habían tocado 6, uno de los cuales por poco voltea nuestro vehículo. Es parte de los muchos peligros y por eso nos pagan tan bien. Hasta ahorita la experiencia me mantenía a flote, aunque mi compañero era no tan novato, pero sí muy torpe. Esas plantas enormes tambíen eran un problema, a muchos les habían averiado el carro, teniendo que salir a arreglar los daños que causaban en las orugas. Creo que de esas salidas, en esta lluvia macabra, provenía la leyenda.

Decían que cuando uno salía se encontraba con diversas formas de vida, que sólo jugueteaban alrededor de uno y no causaban mayor problema, excepto por su curiosidad. Pero había una entidad llamada Clovius, que tenía la capacidad de provocar un terror inusitado en todos Desde que se acercaba se sentía su influencia, era una especie de cosquilleo en el cerebro acompañado de ruidos tenebrosos, como los que hacen las puertas viejas cuando resuenan en los oídos. La cuestión es que Clovius se acercaba cada vez más hasta que su presencia se le clavaba a uno en la espina dorsal como un cuchillo afilado. Casi todos preferían quedarse tranquilos esperando que se fuera la entidad, pero los que se habían atrevido a verlo cara a cara no lo habían podido contar, porque el ente destruía la mente de las personas haciéndo realidad sus más terribles pesadillas. Uno tenía una alucinación tras otra, hasta que su mente perdía por completo la cordura. En fin, se trata sólo de una simple leyenda de las muchas que rondan por el espacio y su soledad.

Aquí vamos de nuevo atravesando la jungla. Unos 30 minutos y estaríamos en la base, listos para descargar y lanzarnos de regreso al espacio, dejando atrás este obsceno planeta. El asunto es que , de repente, se trabaron las ruedas en un montón de porquerías yusimedianas y tuve que salir. En mi mente rondaban las leyendas pero no hice mucho caso y me bajé del vehículo. El gordito no me iba a servir para nada en esta situación, así que lo dejé en el carro durmiendo, como siempre. Hay que ser justos con el gordito, era bueno para la minería y para encontrar rocas extrañas que luego resultaban muy útiles en la Tierra, tanto para la investigación científica como para el intercambio financiero. Pero tenía esa jueputa maña de quedarse dormido todo el camino, no importando lo que pasara.

En cuanto a mí, no hay mucho de qué hablar. Empecé como asistente en las tareas más sencillas de las naves espaciales, pero pronto descubrieron que tenía imaginación y talento, por lo que ascendí paso a paso hasta que se me otorgó la licencia para actuar como explorador, primero en el espacio y luego a nivel de las superficies planetarias. En realidad yo no soy un minero, lo que me encanta es la emoción de estar en el espacio y la adrenalina que genera. Consumo bastantes drogas, entre ellas la terrible andrapina, para sobrellevar mi modo de vida, por lo demás, los continuos viajes me han dado una salud de roble y gran fuerza para enfrentarme a la criatura más pintada. Es raro que se rompa mi gran seguridad, por ello, muchos me consideran un auténtico vaquero galáctico.


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