Liberación y Terminación

Por Pepe Ortiz
Enviado el 05/11/2012, clasificado en Terror
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Me condenaron hace ya seis meses, ahora me he propongo contar mi historia, me obligaron a contarla delante del juez, pero toda declaración hecha en un juzgado carece de sentimiento. Las historias realmente solo se pueden disfrutar leyéndolas, ya sean éstas repugnantes o de una belleza sublime, el arte de escribir solo es arte si alguien disfruta leyendo lo que has escrito.
En aquellos días yo dependía totalmente de él, ya que era quien me mantenía en todos los sentidos, me proporcionó un techo y una cama, y compartió su comida conmigo. Sobra hacer más referencia a estos hechos, ya que la generosidad quedó demostrada desde el primer momento.
Los primeros días transcurrieron de una forma bastante agradable, me enseñó su “forma de vivir” y de llevar las cosas, y yo me adapté rápidamente a la nueva situación, esa es una habilidad de la que siempre me he enorgullecido, la capacidad innata de adaptación que tengo, tal vez no sea motivo de satisfacción algo que es innato desde que tengo memoria, mas lo sería si hubiese aprendido por mi mismo a ser adaptable. Pero vayamos al punto importante, que no es tanto sobre mí, sino sobre el descarado despotismo que él ejercía con cada vez mayor influencia sobre mi persona.
Como he mencionado, los primeros días no hubo ningún tipo de problema, ni siquiera un pequeño incidente sin importancia, hubo si muchos detalles que muy poco a poco me hicieron darme cuenta que no estaba ante una persona tan agradable y bondadosa como en un principio el mismo me hizo pensar con su aparente generosidad. Estos detalles no me afectaron lo más mínimo al comienzo, pues tan solo eran eso, detalles. Pero como la propia naturaleza de todo mamífero, esto fue madurando y creciendo, los detalles poco a poco iban formando lo que en un corto período de tiempo se trasladaría a hechos, rompiendo de esta forma la fina línea del respeto, de la cordialidad y de la paciencia, que en mi caso fue la última en romperse, con la consecuencia mortal para él, y satisfactoria en principio para mí.
Digo en principio satisfactoria porque en ese momento lo fue, ahora con más calma y entre rejas mis sensaciones difieren de las de entonces, como no puede ser de otra manera, lo cual no quiere decir que al recordar el hecho no sienta una agradable sensación, como un trabajo concluido, como de liberación. Es cuanto menos curioso este sentimiento, ya que físicamente estoy encarcelado, pero en mi mente, en mi ser y mi alma, después de asesinarle nunca me he sentido tan libre. No puedo estar orgulloso de un asesinato, pero debo admitir que si lo estoy en el proceso que hice de él, en la preparación mental que llevé a cabo, y en cómo fue ejecutado limpiamente, con total precisión y sin fallos. El acto de asesinar desde luego es horrendo, aun cuando se hace para un fin beneficioso para la humanidad como lo hice yo, sin embargo, el proceso que se sigue y la preparación que se toma del mismo se puede tornar casi en un arte, si se ve desde un punto de vista objetivo. Después de estas aclaraciones innecesarias, voy a seguir contándoos mi pequeña historia.
Esos detalles de los que hablaba se convirtieron en vejaciones, en subidas de tono, en despropósitos propios de un enfermo de psiquiátrico, acompañados casi siempre de todo tipo de insultos. Esta actitud empezó a ofuscar mi tranquila personalidad, pero aun me quedaba bastante paciencia en mis reservas de comprensión, ya que como he dicho al principio, yo dependía de él. Pero como suele ocurrir, la paciencia se agota, y conforme fueron pasando las semanas empecé a no poder contenerme, y las contestaciones por mi parte empezaron a ser inevitables, más en cuanto también fue en aumento su actitud vejatoria para conmigo. Fue entonces cuando en mi cabeza empezó a fraguar lo que sería un acto de liberación y de terminación al mismo tiempo. Sus insultos, sus subidas de tono, sus actitudes fueron construyendo ladrillo a ladrillo la idea de su propia perdición, él mismo se buscó su muerte, para beneficio de todos. Pensé en mil maneras de llevarla a cabo, y también pensé en las consecuencias que vendrían con ellas, pero finalmente me decanté por envenenarlo. No tuve más que cambiar el contenido de un frasquito de salsa picante por el mortal líquido. De este modo, pocos minutos después de la comida empezó a sentir unos dolores en su estómago, que fueron en aumento hasta que se volvieron insoportables y atroces, un infierno, un preludio de lo que le esperaría pronto. Obviamente me aseguré de cortar la línea telefónica y esconder su móvil para que no pudiera avisar a ninguna ambulancia ni a nadie que pudiera ayudarle. Contemplé con gran gozo como se consumía en su propio dolor, y como finalmente alcanzó esa meta a la que nadie quiere llegar, fui único testigo de su muerte.
Quizás en estos momentos os preguntéis que hice después, si me deshice del cadáver, si llamé a la policía, o simplemente si me entregué. No hice nada de eso, dejé al cadáver donde estaba, hice mi maleta y me fui. Todo aquello concluyó de la forma más banal posible, no relataré como me detuvieron dos semanas más tarde, ni como confesé casi orgulloso el asesinato, sabía que tarde o temprano iban a detenerme, nunca tuve la intención de ser un delincuente que huye de la justicia, asumo las consecuencias igual que asumo la grandeza de mi acto, igual que asumo los años que me quedan, y lo hago por una sencilla razón, sentimental y puede que cursi, pero hasta un asesino como yo tiene sentimientos, ahora..  ya soy libre, ya soy feliz.


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