Érase una vez en Rebis. Capítulo 17. Xenoglosia

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César miraba sin ver la azulada esfera que flotaba allá arriba, inalcanzable, al otro lado del mirador exclusivo oculto tras el cabecero de su cama. Llevaba mucho tiempo con la cabeza envuelta por el transparente casco de androide que remataba su cuarto, rememorando una y otra vez los extraordinarios acontecimientos de la jornada…

 

Algunas horas antes

 

El dolor se agravaba por momentos. El encontronazo con el patinador había tenido más consecuencias de las esperadas y las punzadas que aguijoneaban la pierna contra la que chocara el deportista se hicieron insoportables hacia la mitad de la clase de vuelo. Cuál no sería la cara descompuesta del muchacho que la profesora Valor, poco dada a empatizar con los problemas de sus alumnos, le permitió que se acercara hasta la sala de curas.

Ya en ella, César perdió la noción del tiempo, gratamente adormecido por el cálido manto de los analgésicos. Era incapaz de decir cuánto llevaba en aquel cubículo de olor aséptico cuando apareció el teniente Faro, apenas sin resuello y con la cara brillante de sudor, amonestándolo injustamente por no haberse presentado a la cita concertada. ¿Qué culpa tenía él de que los sanitarios le hubieran suministrado un sedante tan potente? Volvió a quedarse dormido sin poder evitarlo y cuando despertó de nuevo se encontró solo en la habitación, con los sentidos embotados y un hormigueo constante en la pierna, nefasto augurio de que el dolor volvería pasados los efectos del analgésico.

Renqueó hasta la puerta por la que entrara siglos antes sin nadie que se lo impidiera, hallándola cerrada. Tras unos segundos de forcejeos inútiles, se percató de otra puerta que en la zona más alejada de la sala se hallaba entreabierta, y hacia ella se encaminó, llegándole mezclado con el ronroneo de las cámaras frigoríficas para medicamentos termolábiles el murmullo de voces en animada conversación. Lo que hizo que traspusiera la puerta del misterio fue una simple palabra: «César». Su nombre.

Se quedó con la boca abierta, la mano sobre el pomo y el cerebro en cortocircuito, tal fue el impacto de la visión. Dos seres, a los que sólo se les podría calificar de extraterrestres, charlaban afables con el teniente Faro en aquella improvisada sala de reuniones, apiñados en torno a un bien provisto refrigerio. Un cuarto hombre, que rondaría los sesenta, participaba en la conversación con algún ocasional cabeceo. Tenía pinta de empresario importante, luciendo con descarado aplomo una corbata moteada de caritas marcianas de piel verde y ojos almendrados, aunque algo en sus controlados movimientos, amén de la determinación que irradiaba, le decía a César que no sería raro encontrárselo en la sala de ejercicios con un fusil entre las manos. Y que sabría utilizarlo.

Los cuatro pares de ojos se volvieron hacia la figura exenta, y para acrecentar aún más el desconcierto del muchacho, el teniente Faro llegó hasta su altura para acompañarlo con delicadeza hasta una silla que se hallaba desocupada, acercándole amable una bandeja de comida tras cerrar la puerta con un sonoro clic.

–Te estábamos esperando, César –le dijo, y en ese preciso momento comenzó el verdadero dolor de cabeza.

 

*        *        *

 

–Es lo que vosotros conocéis como un «Señor de la guerra».

DeAmiel Can se explicaba con forzada calma, masticando las palabras hasta despojarlas de acentos y malentendidos. Estaba sentado ante César, apoyadas sobre la mesa las palmas de las manos, largas, acicaladas y… simétricas, y era precisamente ese doble juego de dedos lo que más perturbaba al chico, anteponiéndose al hecho de que le estuviera hablando un alienígena de metro noventa, ojos rasgados y piel ligeramente violácea. El ministro continuó explicando cómo la familia del individuo en cuestión siempre había mostrado una tendencia obsesiva por el poder, acrecentándose ésta con cada nueva generación hasta provocar el derrocamiento del gobierno de su planeta natal, que posteriormente recaería en manos de su padre por pucherazo electoral. El último descendiente de la saga, mucho más ambicioso, preparaba ahora el primer gran contacto bélico entre sistemas. 

–¿Una invasión? –aventuró César con timidez.

–La invasión no entra en sus planes –en circunstancias tan grotescas, el muchacho no poseía la suficiente amplitud de miras que le era exigida, y el ministro perdió otro punto de su nivel de paciencia con aquel tonto terrícola con el que se veían obligados a tratar–. Entiende la vida como una guerra constante y la conquista de un planeta será única y exclusivamente para abastecer a sus fuerzas, hacer prisioneros y dejar patente su aplastante poder, saltando a continuación hasta la próxima escala que se haya marcado. Tras de sí sólo dejará una civilización yerma.

–Por eso se ha formado la alianza de Los Hermanos –apostilló el que se había presentado como «Capitán DeArcos Bafa», mucho más agradable que su compañero. Poli bueno, poli malo.

Desde que comenzara la entrevista, César se había sentido observado con notable interés, como si lo calibraran, y aún no entendía que se esperaba de él, aunque algo muy gordo tenía que ser para que el teniente Faro lo hubiera citado a aquella reunión para compartir refrigerio y secretos con dos seres extraterrestres –«Hiliones» decían llamarse–, y con aquel otro humano con aspecto de ejecutivo, el que aún no había abierto la boca.

–La Tierra tiene el honor de formar parte de esta línea de defensa contra la aniquilación –terció Samuel, consciente de poder explicar con mayor claridad que sus colegas la complejidad del asunto al perplejo muchacho–. Y tú –pausa intencionada–, serás un pilar fundamental en ella.

–Sabemos de tu valioso don –poli bueno–, y queremos… ¡No!, necesitamos que lo uses en nuestro beneficio, que también es el tuyo y el de todos aquellos a los que aprecias. 

Las explicaciones le golpeaban a César como martillazos sobre un yunque. Era incapaz de reflexionar con coherencia y se encontraba algo mareado; asfixiado por la encerrona. Confundido por el extraño honor concedido. ¿Qué don era ese que él tenía y ellos necesitaban con tanta urgencia? Un señor de la guerra intergaláctico y la alianza de Los Hermanos como principal defensa. ¿Es que estaban todos locos? Aquella mala copia de una historia mil veces contada no podía ser real. ¿Sería fruto de los analgésicos?

Alzó las manos en demanda de auxilio, la cabeza enterrada entre los hombros, momento que aprovechó Samuel para acercarle un vaso de líquido anaranjado. Reticente, sospechando una droga camuflada, César se acercó el borde del vaso a los labios y tomó un sorbo tras olerlo infructuosamente, incapaz de oponerse a la mirada hipnótica de su superior. ¡Era muy dulce! Tenía un ligero punto ácido y elementos en suspensión que quedaban adheridos a las paredes de cristal.

–Zumo de naranja natural –dijo su benefactor, tras lo que César se lo bebió de un trago largo, con ansia, siendo lo mejor que había tomado en su vida.

–Se hace tarde –poli malo–. Acabemos de una vez.

Samuel llenaba de nuevo el vaso de César, pidiendo calma, y con voz pausada le explicó al chico que poseía el don de la xenoglosia. «Lo que los autores bíblicos –apostilló con una sonrisa– llamaron “Don de lenguas”».

–¿O acaso no te has dado cuenta de que estamos hablando en Zamenjoff, la lengua de Los Hermanos?

 

B.A.: 2.017


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