La sala beis

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Encontré el sitio navegando un domingo por internet. Estaba situado en el centro de mi ciudad, en uno de los callejones del caso viejo. El perfecto sitio para poder ser íntimo y privado sin ser oscuro.

El último viernes del mes, después de una largar reunión que acabo sobre las 5 de la tarde decidir ir a mi tienda favorita para darme un capricho dulce y poder despejarme un poco. Pase por aquella calle y de repente recordé lo que había unos pasos más abajo.

Dudé varias veces si debía o no entrar. Me acerqué como el niño que se acerca al escaparate de una juguetería, pero desde fuera no se veía absolutamente nada a parte de la puerta de ébano. Me mire un poco por encima y me decidí a entrar, tenía ganas de divertirme. Cuando abrí la puerta sonó una campanita y una chica de uniforme se acerco a mí.

- Buenos días señorita. ¿En qué puedo ayudarle?

- Había… había venido porque he visto en internet que tienen ustedes servicios… servicios especiales. – a pesar de mis titubeos ella no perdio la sonrisa. Algo que me tranquilizó sobre manera.

- Acompáñeme.

Me llevó a una oficina que resultó ser muy cálida y reconfortante. Hablamos durante varios minutos; yo le expliqué lo que quería y ella me comentó lo que podía ofrecerme para satisfacer mis deseos. Tras nuestra charla me acompañó a un vestuario para indicarme donde podía dejar mis pertenencias y cambiarme de ropa. Tras quedarme sólo con la ropa interior y un batín salí para que me guiara de nuevo.

El sitio era angosto, casi como un baño público, pero lo suficientemente ancho para que pudiera estirar los brazos sin llegar a tocar ambas paredes a la vez. Al fondo de la estancia había unos cojines rojos, que le daban un toque de color a la habitación beis y un cajón con todo lo que podría necesitar.

- ¿Hay alguien? – una voz masculina, profunda y sexy llegaba desde el otro lado de la pared.

-  Si – estaba bastante nerviosa y tuve que concentrarme para que no me saliera un gayo.

Unos segundos después de que yo respondiera un pene flácido salió por uno de los agujeros que había en la pared.

- ¿Me ayudas bonita?

Me hice con uno de los cojines, lo puse bajo el agujero y me arrodille frente a él. Tome en pene con mi mano y comencé a pajearlo suavemente. Podía notar como crecía poco a poco en mi mano mientras la voz al otro lado comenzaba a gemir. Cuando estuvo bastante más duro, pase mi lengua por la punta, algo que pareció sorprenderle.

- Uf, sigue así nena.

Puse la lengua dura y la pase desde la base hasta el final para acabar metiéndome el pene de aquel hombre entero en la boca. Sabía a jabón, pero no era nada desagradable. Mientras seguía haciéndole una mamada a aquel hombre sentí como mi tanga empezaba a humedecerse, por lo que metí mi mano y comencé a tocarme, estaba bastante mojada y no pude evitar gemir.

- ¿Te estás tocando? Cuéntame cómo lo haces.

-  Sí, me estoy tocando – seguí tocándome sin dejar de tocarle a él – Tengo mi mano dentro de mi tanga, separo mis labios para poder tocarme mejor… uf que mojada estoy…

- No pares, sigue.

- Estoy metiendo mi dedo corazón poco a poco – otro gemido se me escapo - Ahora estoy metiendo otro dedo…

- Pon ese chochito cerca del agujero bonita.

Hice como me pidió, me baje el tanga y me recline sobre la pared para que mi entrepierna quedara justo a la altura del agujero. Sentí como uno de sus dedos pasaba rozando justo por entre mis labios.

- Si que estás mojada. – oí como se chupaba el dedo – Sabes bien, es una pena no poder saborearte en profundidad.

Paso de nuevo sus dedos por mis labios metiéndome uno antes de apartarse. Luego metió otro, y otro mientras con la otra mano tocaba mi clítoris. Me tocaba tan bien… mis piernas empezaron a temblar. Llegue al orgasmo sin previo aviso. Tuve que separarme de la pared para poder apoyarme en la que tenía en frente y no poder caer.

- No te vayas por favor. Todavía no hemos acabado de jugar – pronunció esa palabra de una forma más profunda, haciendo hincapié en ella.

Me apoye de nuevo para que mi entrepierna volviera a quedar a su merced y el no tuvo piedad. En cuanto mis nalgas tocaron la pared metió su pene hasta el fondo. Gritamos de placer a la vez. Saco su pene para volver a penetrarme fuertemente.

- Es una pena que no pueda cogerte de las caderas, bonita.

Cuando me recuperé de los primeros asaltos pude notar que llevaba un preservativo y eso me tranquilizo suficientemente como para dejarme llevar sin miedo. Esta vez cuando saco su pene en vez de meterlo enseguida lo llevo hasta mi clítoris, apretando lo suficiente como para que pudiera notarlo pero sin hacerme daño. Lo llevo de nuevo hasta mi vagina, yo me esperaba que volviera a penetrarme pero no lo hizo. En cambio, llevó su pene de nuevo hasta mi clítoris, paseándolo arriba y abajo.

- Por favor. ¡Métemela ya!

- No te he oído bien.

- Por favor, métemela ya. ¡Rómpeme!

No se hizo esperar más, volvió a meterme su pene hasta lo que la pared le dejo, fuerte, sin dudar. Siguió penetrando a ese ritmo hasta que ambos nos corrimos entre gemidos y gritos.

Cuando recuperé la capacidad de pensar con claridad toqué el botón que se me había indicado para que la chica de recepción viniera a sacarme de allí. Ella se ocuparía de que nosotros no nos encontráramos en ningún momento.

Al salir de la tienda ya era de noche. Llegué a casa, me tomé el trozo de pastel que había comprado después de cenar y antes de dormir me masturbé pensando en lo que había pasado.


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