Érase una vez en Rebis. Capítulo 19. Érase una vez en Rebis: Vol 1

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Una losa de incomodidad cayó sobre César tras el click de la puerta al cerrarse. Su enigmático anfitrión jugueteaba de nuevo con los pulgares, aunque en esa ocasión acompañaba el entretenimiento con una cancioncilla entonada. Cuando el estribillo se hizo hueco a empujones en el cerebro entumecido de César, el muchacho se vio obligado a salir de su ensimismamiento al reconocer la sintonía de una serie muy popular en los círculos adolescentes. Podría ser algo premeditado… «Seguramente» era algo premeditado, pero su efectividad fue incuestionable, y César centró toda su atención en el viejo empresario. Sabía que se esperaba que fuera él quien diera el primer paso, y ya no tenía fuerzas para luchar contra aquella maquinaria desprovista de piedad; debía continuar la partida a la que se había comprometido a jugar.

–A usted no me lo han presentado.

–Sebastián Canela, presidente de Industrias Dimaco, a tu disposición.

»Toma mi tarjeta –dijo tendiéndole un rectángulo de cartulina blanca en la que se podía leer su nombre y cargo bajo el logotipo de la empresa.

–¿Dimaco?

–Los dimacos eran un cuerpo de caballería pesada –explicó Sebastián señalando el logotipo, que representaba una moneda antigua con la efigie de un soldado montado a caballo–, antecesores macedonios de los dragones. Se dice que fueron creados por el mismísimo Alejandro Magno.

»Pero no estamos aquí para hablar de historia antigua –sanjó con una sonrisa–. Seguro que tienes muchas preguntas burbujeando en la olla a presión en que se ha convertido tu cabeza, ¿verdad?

–Señor Canela… –«Sebastián», le corrigió el otro con amabilidad–. Sebastián… No quisiera que malgastara su tiemp…

No le dejó continuar. El empresario negó con la cabeza, alzando imperioso la diestra en un gesto que no admitía réplica. «Has de estar en nuestro bando de forma incondicional –sentenció–, y para ello he de responder aquellas preguntas que aún te puedan hacer dudar».

–No sabría por cuál empezar –alcanzó a decir el chico.

–Por supuesto, hijo mío, por supuesto. Siempre podemos centrarnos en esas que todo hombre se ha planteado alguna vez: ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos?... ¿Quiénes somos? –al ver la cara desconcertada de César, Sebastián no pudo evitar soltar una carcajada gutural, que lo asemejó a un perro viejo y bonachón–. Pero en vez de una clase intensiva de filosofía, creo que preferirás que te cuente un cuento. Ponte cómodo.

»Érase una vez un pequeño planeta azul, el único portador de vida en su sistema solar. Sus habitantes, a pesar de haber sido dotados con el don del raciocinio, o precisamente a causa de éste, resolvían sus disputas de la manera más irracional que podían discurrir. Los hongos nucleares dieron fin a la segunda gran guerra tribal y el miedo a una tercera, más devastadora, se apoderó de todos los corazones. Como no podía ser de otra forma, las grandes potencias no dudaron en armarse ante aquella amenaza fantasma.

Sebastián hizo una pausa en su relato y se acercó al ventanal que había estado cerrado durante la visita de los hiliones, abandonándose a la contemplación del anónimo fluir de la vida rebisiana. Y así centró su atención en un grupo de yuppies encorbatados que dejaban de coquetear con sus secretarias para observar cómo un pentágono de mantenimiento paraba sus brazos hidráulicos entre maldiciones y juramentos, pues un estrafalario tipo, ataviado con un roído bombín, se había plantado en medio de la obra para recoger un peluche abandonado. Con él bajo el brazo, el individuo continuó alegre su camino, los obreros volvieron al trabajo tras una última perla subida de tono dedicada al espontáneo, los yuppies a su flirteo de macho beta disfrazado de alfa y Sebastián a la historia interrumpida, al momento en que pequeñas células terroristas también se armaron con ingenios nucleares para sustentar sus ideales con la fuerza del miedo, y a la respuesta desproporcionada con elevados daños colaterales, «”Justos por pecadores”, que diría la Biblia», con la que se les combatió. Fue entonces cuando las pequeñas naciones mundiales, temerosas de atraer la atención de unos y otros, urdieron una conjura audaz.

–La carrera espacial estaba en su momento más bajo. Las potencias que la habían desarrollado hasta ese momento no podían seguir manteniendo una empresa estéril y meramente propagandística cuando la tercera guerra se estaba forjando. En su lugar, y para asombro del mundo entero, nuestra coalición de pequeñas potencias tomó el testigo, mandando al espacio cuanto residuo pudiera servir en la construcción de la mayor obra de ingeniería que ojos humanos hubieran visto antes. Ni que decir tiene que nadie apostaba por ella –el cuentacuentos no pudo controlar el esbozo de una sonrisa mientras dejaba vagar la mirada a su alrededor–: Software a los que las modernas videoconsolas daban mil vueltas, componentes de lavadoras, frigoríficos y televisores que ni los chatarreros recogían,… Toneladas de material plástico que era reciclado en plena órbita. Androides de primera generación, más útiles como maniquís que como operarios, trabajaban codo con codo con cientos de humanos en la construcción de lo que hoy es el centro histórico de la estación, y cuando ésta quedó ensamblada y en perfecto funcionamiento bajo el enigmático nombre de Rebis, el mundo entero proclamó un unánime grito de asombro. ¿Te estoy aburriendo?

César negó con el cabeza, incapaz de apartar la vista de aquellos ojos en los que giraban minúsculas venillas rojas hasta formar una espiral.

–Bien. Como te decía el mundo dejó por un día de pensar en la guerra, sorprendidos por el buen puerto al que había arribado aquella nave de locos. Pero la verdadera sorpresa estaba aún por llegar. ¿Te gustan los clásicos, César? Está lleno de buenos ejemplos en los que los pequeños vencen a los poderosos, ya sea por su valentía, por su ingenio o por un combinado de ambas cosas. El rey David, Leónidas y sus 300,… Los pitufos. «Nadie es mi nombre –diría aquel sinvergüenza de Ulises a Polifemo, engañándolo–, y Nadie me llaman mi madre y mi padre y todos mis compañeros». Como héroes literarios, los responsables de Rebis habían robado a los dioses distraídos parte de su poder y todo un cinturón nuclear ceñía el planeta a 400 km sobre su línea de ecuador.

»Las grandes potencias estaban furiosas por el engaño sufrido, pero no podían ignorar el nuevo frente que se desplegaba sobre sus cabezas, listo para la defensa de los territorios asediados por el terrorismo y las guerras de prevención. Las escalas de pánico mundiales descendieron un nivel hacia la tercera Gran Guerra y eso, paradojas de la vida, supuso el restablecimiento del equilibrio atómico, que culminó con la firma de la Carta de San Lorenzo. Fue un coincidencia que el tratado multilateral de no agresión se firmara coincidiendo con las perseidas, y todos quisieron ver en la lluvia de estrellas, que sustituía aquella otra negra y atómica, una buena señal para el futuro. Se había alcanzado la paz nuclear para varias generaciones.

Toc, toc, toc, Unos toques discretos indicaron a Sebastián el final de la reunión. «Debemos dejarlo aquí; no quiero que tengas problemas con el toque de queda».

–Samuel te traerá mañana a mi despacho y terminaré de contarte este cuento.

»Ahora corre.

 

B.A.: 2.018


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