Érase una vez en Rebis. Capítulo 20. Érase una vez en Rebis: Vol 2

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Si los ejercicios en gravedad cero eran siempre un fiasco, lo de aquel día había sido una verdadera tragedia, tan embotada tenía César la cabeza. Los instructores Flú y Mota tuvieron que salir tras él cuando rebotó con más fuerza de la necesaria contra la pared exterior de la estación, vagando durante unos angustiosos segundos hacia la bóveda celeste mientras aleteaba inútilmente con los brazos, a la manera de los personajes animados. Y encima no sabía qué responder al implacable interrogatorio al que lo sometía Julia desde esa mañana –«¿Cómo te fue ayer con el teniente Faro? ¿Qué es lo que quería? ¡NO TE HABRÁ CASTIGADO…!»–. Así las cosas, el que Samuel lo arrancase de clase con la excusa de un reconocimiento médico fue de agradecer.

Tras el escueto «Vamos chico» con el que lo saludó el teniente, César fue arrastrado hasta el último piso del edificio desde donde operaba Industrias Dimaco, hecho de solitarios pasillos de moquetas aspiradas a diario y timbres telefónicos tras las puertas de los despachos. En la última llamó Samuel con tres golpes, abriéndola sin esperar respuesta, para dejarlo a merced de un viejo dragón centinela con la apariencia de secretaria sexagenaria.

–¡Vamos chico! –le dijo la mujer embozando una apergaminada sonrisa–. Entra de una vez.

Sebastián lo esperaba parapetado tras una gran mesa de metacrilato transparente. Estaba sentado bajo una estampa enmarcada en plata en la que se podía ver una representación abstracta del Sistema Solar –quizás sólo fueran nueve circunferencias alineadas sobre fondo oscuro y sin más pretensión por parte del artista–, y desde el ventanal que ocupaba la pared a su derecha podía espiar los vaivenes de la animada calle comercial, metros abajo. Algunos archivadores, un juego de sillas y varias pantallas que emitían las noticias de la mañana con la voz silenciada, constituían la decoración de aquel despacho de aires minimalistas.

–Siento haberte llamado con tanta precipitación, pero me ha surgido algo importante para esta tarde y deseaba terminar lo que empezamos ayer. ¿Un zumo?

       

*        *        *

 

[…] El Gobierno español ha realizado una labor encomiable al proveer a nuestros hermanos más desfavorecidos de un puente seguro entre sus desdichados países y la estación espacial Rebis, un oasis en la frialdad del desierto cósmico que entre todos hemos plantado con nuestro corazón. El esfuerzo llevado a cabo, máxime en un momento tan difícil, ha sido considerable, y por ello le damos nuestra más sincera felicitación al Gobierno.

 

»AHORA BIEN. El partido al que representa el Sr. Olivé tiene que vérselas en este momento con una catástrofe que su escasa visión de futuro no supo predecir. El mundo tiene puestos los ojos en lo que está ocurriendo sobre sus cabezas y nos responsabiliza con razón, amenazando con intervenir si no somos capaces de encauzar los desgraciados acontecimientos ocurridos en Rebis, lo que sería nuestra deshonra. […]

 

El texto que palpitaba en la pantalla ante César narraba los sucesos ocurridos en Rebis décadas después de la firma de la Carta de San Lorenzo, el pacto mundial de no agresión, y hablaba del papel desempeñado por el general Prometeo Vigiles en el golpe de estado que culminó con la independencia de la estación.

–La victoria fue rápida –comenzó Sebastián la narración tras cerrar el archivo de texto–. Sin una amenaza nuclear que le diera sentido, Rebis no era más que una colonia multicultural casi olvidada por sus naciones madre. ¡Imagínate el sentimiento generalizado de desarraigo que emponzoñaba el corazón de sus habitantes! Y el general Vigiles supo canalizar ese descontento hacia la insurrección.

–Sus fundadores no se lo tuvieron que tomar nada bien –apuntó César tras un buche de zumo, encajando las nuevas piezas aportadas como un alumno aplicado.

–Poco pudieron hacer. Sin el apoyo de las unidades militares destacadas en Rebis, unidas al alzamiento, tuvieron que contentarse con firmar el Tratado en Atmósfera Cero, por el que cedían la estación a los rebeldes a cambio de protección contra un hipotético ataque nuclear.

–¿Y las grandes potencias?

–A esas poco les importaba quién tuviera las llaves del fuego atómico... siempre que les asegurara la validez de la Carta de San Lorenzo. Además, si cara al público mostraban su rechazo hacia la insurrección, de puertas para dentro felicitaban a Prometeo por haberles devuelto el engaño a aquellos gigantes con pies de barro. Ojo por ojo y demás. Y así, Prometeo Vigiles se declaró Primer Ministro de la naciente república de Rebis, dando comienzo al engaño en el que aún viven sus habitantes.

–¡¡¿PERDÓNNN…?!!

Sebastián apuntó al chico con el índice, haciéndolo callar, y en voz baja le preguntó:

–Como militar podrás decirme por qué casi el cincuenta por ciento de los rebisianos forman parte del ejército...

–Para defendernos del ataque de fuerzas invasoras y… –la respuesta fue inmediata, en ningún momento pensada, condicionado a salivar como el perro de Pávlov. César había repetido aquel himno en cientos de ocasiones durante su corta vida, la vista clavada en el holograma del libertador, pero nunca antes lo habían cortado a la mitad. Y eso era precisamente lo que Sebastián acababa de hacer, estampando la palma de la mano contra la mesa de metacrilato, ¡Plaf!, que se tornó blanca alrededor de los amoratados dedos.

–¡Mentiras! –rugió el empresario– ¡Engaños! Mira hijo, el problema de una rebelión no es ganarla, sino mantenerla, y la naciente república necesitaba un poderoso medio de vida que garantizara su subsistencia. Como militar que era, Prometeo buscó la solución en aquello que mejor conocía. ¿Qué podría ofrecer la estación a un planeta al borde de la sobrepoblación y con los recursos naturales agotados? Tras meditarlo concienzudamente, añadió una cláusula a la Carta de San Lorenzo para asegurar su continuidad... Y digo «asegurar» con todas las comillas que puedo dibujar con mis dedos, pues nunca fue su intensión atacar el planeta. Una cláusula por la que obtuvo en exclusiva la protección de las futuras colonias planetarias.

»Y esa es la razón de tan desbordante milicia –afirmó rotundo el presidente–; el principal soporte económico de Rebis es el alquiler de tropas mercenarias.

Aunque César deseaba parar aquel bulldozer que derribaba sin misericordia los cimientos de certidumbre que habían sustentado su vida hasta ese momento, un pálpito tras su ojo izquierdo le aseguraba la veracidad de todo lo dicho. Y así, sin obstáculos que sortear, Sebastián le explicó que Prometeo, perro viejo que era, no quiso exponerse a un golpe de estado como el que él mismo había protagonizado, dando forma al «Sistema», la bien engrasada maquinaria que privaba de consciencia a toda la milicia y, por extensión, al resto de habitantes de la estación.

–Desde pequeños se os ha enseñado a amar a la estación por encima de todas las cosas, revistiéndoos de una coraza de fe inquebrantable por la que siempre les seréis fiel; por la que nunca dudaréis de sus decisiones. «Unidos y libres por Rebis» –agregó con sarcasmo–. ¿No es ése vuestro lema? Un plan terriblemente diabólico… y de una efectividad espeluznante.

»Terminaría este cuento diciendo aquello de: «Y vivieron felices y comieron perdices», pero entonces no sería justo con todos los que han sufrido en sus carnes la ira del Sistema. Como le ocurrió a tu amigo Enrique.

–¿A Quique...?

 

B.A.: 2.018


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