Petrificando el Mal. 1

Por cclecha
Enviado el 11/03/2018, clasificado en Varios / otros
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     Desde que entré como aprendiz del maestro Reinard des Fonoll, la vida se ha vuelto más intensa, por un lado el trabajo escultórico y ornamental en que estamos sumergidos y por otro lado la dureza de la vida monacal que también tenemos que respetar.

     Formamos un conjunto de artesanos y picapedreros bastante numeroso; varios de mis compañeros se dedican a cincelar las finas arcadas del claustro y yo, junto con operario superior, tallo las primeras formas vegetales de los capiteles, también estamos grabando los escudos de la corona en el portal del claustro, sin embargo lo que realmente me fascina son los capiteles con figuras de animales y motivos bíblicos, de los cuales se ocupa personalmente el maestro Reinard.

     Dentro de pocas horas anochecerá y el fio invernal ha impregnado en las piedras que estamos tratando. ¡Qué ganas tengo que la primavera aparte este maldito frio! Parece que sea un truco del mismísimo abad: a la que dejas de trabajar la piedra, un frio glacial se apodera de mis pies y sube rápidamente hacia mis encallecidas manos. ¡Daría lo que fuera por expulsar definitivamente este moquillo que cuelga perennemente de mi congelada nariz! ¡Si por lo menos el abad no hubiera tenido la peregrina idea de suprimir todas las chimeneas del monasterio, salvo en una minúscula sala para los más viejos y enfermos…!

       Ya falta poco para la única comida del día – como es invierno, la regla de San Benito ordena que se haga una sola comida al día hacia las tres treinta de la tarde- y desde ya hace horas que se me revuelven las tripas. Mientras comemos observo como los monjes Agustín y José se obcecan en limitar todavía más la frugal comida. A ambos se les apoda “los místicos” ya que su esquelética figura flota por los claustros…

       He de reconocer que hasta mí me sobrecoge aquel continuo rumor de rezo que se escucha por todas partes. San Benito ordena cuatro horas y media para la oración pública y en cuanto a la privada, no se especifica, pero se recomienda que sea breve, pura, humilde y afectuosa. Cuando por unos instantes paras en tu ruido particular de tallar las piedras, inmediatamente llega a ti, el ronroneo de los monjes en sus palabras de acercamiento a Dios. Este continuo rumor de palabras me afecta la mente dejándome a veces en suspenso, como enajenado; la constante llamada a Dios por parte de los monjes… aturde.

       No me extraña tampoco e Agustín y José tengan este acercamiento místico con el Todopoderoso, estos hombres casi sin cuerpo, con la debilidad del ayuno, con la penumbra de la iglesia, con el sopor de los rezos… ¿Quién no perdería su identidad, quien en el letargo de la embriaguez no se fundiría con Dios?

       La iglesia con sus oscuridades, su majestuosidad, su olor a incienso, su decoración sublime… ¿Qué puede hacer cualquier monje sino sentirse aplastado por la divinidad? ¿Y los símbolos? Todo en la religión son mitos y símbolos. En la misma iglesia cuando el monje va para el canto de laudes, ve salir el Sol por la cabecera –nacimiento del día asociado a Jesús y cuando regresa para el canto de las vísperas, contempla la puesta de Sol por la fachada – muerte de Jesús- la misma iglesia es un símbolo: tiene forma de cruz; la cabecera es la cabeza, las naves son el cuerpo, el crucero los brazos y el altar el corazón.

       Durante un par de meses estuve trabajando en el rosetón principal situado en la cabecera de iglesia…. Mi maestro Reinard se vio obligado a sustituirme en el trabajo de rosetón de iglesia y trasladarme a los claustros. En la iglesia me ahogaba aquella falta de vida que se respiraba en su interior debilitándome y volviéndome un inútil para mi trabajo… ¿Por qué ir contra la vida? ¿Por qué la falta de luz? ¿Para que este continuo interiorizarse y sentirse culpable? ¿Por   qué del ayuno, la continencia, el remordimiento, la pobreza mal entendida? ¿Qué de malo encontraban en placer natural?

     La verdad es que no podía entender que los monjes quisieran alejarse de los placeres de la vida. Quizá mi juventud no me capacitaba para entender todo esto, pero la verdad es que mi naturaleza no se sentía nada cómoda con esa manera de percibir las cosas. ¿Cómo habían llegado a asociar el Mal con el placer? En relación con el Mal, mi juventud y falta de conocimientos, a menudo me transportaban a un estado de miedo e indefensión. Me tenían muchas noches insomnes en mi celda oscura y fría. Para luchar contra el Mal tenía al mismísimo abad que era el verdadero especialista en taponar cualquier rendija por donde el demonio se pudiera colar…los fríos y enigmáticos ojos de nuestro abad eran capaces de percibir cualquier cosa emparentada con el Mal A mí particularmente, me daba más miedo el abad que el mismo Lucifer

 


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