Érase una vez en Rebis. Capítulo 14. AlPred

Por Arecibo
Enviado el 11/07/2018, clasificado en Ciencia ficción
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Los pequeños amos lo llamaban cariñosamente AlPred, los duques se limitaban a un respetuoso «56», y hacía 13 años, 6 meses, 1 día, 5 horas, 37 minutos y 50 segundos, y 51 segundos, y 52 segundos,… que un operario anónimo, que bien podría haber respondido al nombre de Víctor, ejecutó el protocolo Alfa de encendido por el que AP-56 encendió los fotorreceptores a la vida. La razón de semejante código sólo sería un misterio en ciertas novelas de ciencia ficción. La realidad, siempre más vulgar, era que la creatividad de las empresas de robótica a la hora de elegir el nombre comercial de sus productos dejaba mucho que desear, y por ello el androide había recibido las siglas AP por su condición de asistente personal y el número 56 por ser el quincuagésimo sexto de la serie en la cadena de montaje.

Nada más salir al mercado, AP-56 fue adquirido para el servicio doméstico de los duques de Lago Glauco, con residencia en el sector sur de Rebis, pasando a ocuparse en exclusiva del cuidado de los herederos en cuanto estos llegaron. El androide los atendía como sólo sabe hacer un artificial que no tiene más fin en la vida que el programado y había que verlo jugar con los pequeños, disfrazado del capitán Garfio con un sombrero de ala ancha calado a lo pirata sobre la imprescindible peluca negra de tirabuzones, el mortal gancho en la diestra, para terminar siendo devorado tras cruenta batalla contra el mismísimo Peter Pan por un gran cocodrilo que se movía a golpes de tic-tac.

Pero el destino también se burla de los pequeños androides domésticos y la desgracia se cernió sobre AlPred algunos meses atrás, durante la última actualización de su sistema operativo. Un militante radicalizado del grupo pro-androide Sueño Artificial consiguió manipular algunos de los nuevos paquetes con un virus asesino e intratable, a fin de castigar a los esquiroles que traicionaban la lucha por los derechos de los artificiales con su actitud sumisa. AP-56 sólo fue consciente de la infección cuando tardó un milisegundo más de lo necesario en evitar que un camión de reparto atropellara al pequeño amo Juan y desde entonces los fallos de sistema se habían producido cada vez con mayor frecuencia, hasta que no le quedó otra salida que solicitar la desconexión para seguridad de los pequeños.

Tras exponer fría y objetivamente los hechos a sus amos, el androide quedó en silencio a la espera de la concesión de la sentencia liberadora. El duque miraba fijamente los pulidos ojos en forma de prismáticos que buscaban obstinados una mota que quitar del suelo, las manos entrelazadas bajo el mentón de líneas afiladas, meditabundo, mudo ante las soluciones imposibles dichas en voz alta por su esposa entre lágrimas secas y pañuelos de papel mojados, hasta que el timbre del teléfono rompió el lúgubre silencio que acompañaba al segundo acto de aquella tragedia. Una voz chillona se encargó de responder y tras una carrera marcada por el sonido amortiguado de sus pequeños pies desnudos, el pequeño Juan entregó el teléfono a su padre, sin ser consciente de la dolorosa escena que se desarrollaba en el despacho. En vez de eso, preguntó en su inocencia cuando volvería AlPred a jugar con ellos, a lo que el duque respondió con un seco «Ahora mismo» que el pequeño supo interpretar, poniendo pies en polvorosa.

Una vez marcando en el teclado virtual el código que protegía la línea de oídos ajenos, la figura encorvada del duque anduvo por la habitación hasta el mueble-bar, contestando con monosílabos y frases ambiguas como siempre hacía con las llamadas del trabajo cuando estaba acompañado. En un momento determinado el duque quedó inmóvil, la mirada perdida en el líquido traslúcido con reflejos de oro viejo con el que llenaba dos panzudas copas de licor, la voz al otro lado de la línea respetuosamente a la expectativa. «Ahora te llamo», dijo, y colgó con el botón lateral, para encaminarse con una copa en cada mano hacia las dos figuras que le aguardaban inmóviles.

–AlPred –dijo mientras ofrecía una de las copas a su esposa, que lo miraba sorprendida de escuchar aquel apodo cariñoso en labios de su marido. Era la primera vez que llamaba así al pequeño androide, descubriendo al hombre tras la máscara de hielo y la alta estima que sentía hacia él–. No dejaremos que sufras más de lo necesario.

»Me encargaré personalmente de ello.

Era materialmente imposible que AP-56 llorara pues no contaba con el equipamiento de serie de los androides de compañía que incluía, entre otras sutilezas demandadas por el mercado, con unos minúsculos orificios en los ojos por donde fluían lágrimas artificiales cuando la situación era identificada como «emotiva». En su lugar, la placa base empezó a ganar temperatura de forma peligrosa, siendo necesaria una refrigeración de emergencia. Una vez pasado el peligro, AlPred volvió a pecar de humano e internamente, para su satisfacción personal, no dejó de reproducir en bucle las palabras de su dueño: «Me encargaré personalmente de ello. Me encargaré personalmente de ello. Me encargaré…». ¡Qué gran honor!

 

*        *        *

 

–Necesitaré un vehículo potente. Una de esas antiguallas que usan combustible orgánico. Ocúpate de conseguirlo.

»Yo llevaré al conductor y vigilaré que la misión se cumpla satisfactoriamente.

El duque cerró la línea telefónica protegida y quedó en la semioscuridad del despacho ahora vacío con la copa de licor de nuevo llena en una mano, reflexionando sobre la vida condenada del pequeño androide. ¡Cómo podía llegar a doler! AlPred era su confesor, su amigo, aunque jamás lo habría reconocido de no ser por las circunstancias, encadenado como estaba a su rígida educación, hecha ante todo y sobre todos de disciplinadas renuncias. El gran secreto que arrastraba la familia, su noble ascendencia que tan mal vista estaba por la clase dirigente de la estación, a la que debía pleitesía para garantizar la supervivencia de los suyos, siempre estuvo a salvo en la memoria del pequeño 56. AlPred era lo más parecido a un mayordomo al que un aristócrata de su generación podría aspirar, incorruptible a diferencia de sus homólogos humanos que siempre tenían un precio por el que venderse, y además estaba su entrega hacia los pequeños, aquel cariño con el que los cuidaba y que iba más allá de los cables y los microchips. Sus hijos... ¿Cómo les daría la noticia?

AlPred se merecía un final digno por tantos años de fiel servicio. Nadie más que él iniciaría el programa Omega de desconexión, y si calculaba el momento adecuado, el androide realizaría un último servicio a su amo, ayudándolo a rematar un peligroso cabo suelto. El duque estaría para siempre en deuda con el pequeño 56.

La línea abierta fue la que ahora llenó el silencio del despacho. El duque dibujó una mueca de desdén al comprobar en la pantalla que procedía de su otro trabajo, el oficial, aquel con el que se ganaba la vida a ojos de la estación, y tras apurar el licor de un trago, con voz firme y resuelta dijo:

–Instructor Ramiro Corbacho.

 

B.A.:2.018


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