Enterrado (1 de 5)

Por George Peterson
Enviado el 19/08/2018, clasificado en Terror
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Cuando abrí los ojos solo vi oscuridad. Una oscuridad tan penetrante como si me encontrara en un ataúd. «Qué idea tan alegre», pensé para mis adentros.

Me sentía desorientado, muy desorientado. No recordaba nada de lo que había hecho antes de llegar allí. ¿Habría estado de fiesta? No sería la primera vez que me cogía una borrachera tan descomunal que ni siquiera era capaz de recordar cómo había llegado a casa.

Sin embargo había un pequeño problema: esa no era mi casa. Estaba casi seguro. O, por lo menos, ese no era mi cuarto. Junto a mi cama debería haber un reloj-despertador de esos que siempre proyectan la hora en el techo, y en el techo no se veía ningún rastro de los números rojizos. Tampoco me pareció que me encontrara en alguna de las otras habitaciones. Si de verdad había llegado a casa tan borracho como para no acordarme de nada me extrañaba mucho que no hubiera ido directo a mi cama, mucho menos ponerme a bajar las persianas de otro dormitorio que no fuera el mío.

Durante un momento dudé si aquella era mi casa, y al final decidí que no lo era. Quizás tuve suerte y conseguí seducir a una bella y atractiva mujer, y en aquel momento me encontraba en su cama, después de haber disfrutado de un buen rato —o quizás no, ya se sabe cómo puede resultar la mezcla de alcohol y sexo—. Pero tampoco parecía que aquello fuera lo que estuviera ocurriendo. Si otra persona duerme a tú lado puedes sentir su calor, sus pulsaciones, su respiración. No era el caso, allí solo estaba yo.

Sacudí ligeramente la cabeza y no noté los efectos de ninguna resaca, ni de las fuertes ni de las más suaves, así que pensé en aparcar de momento la idea de la borrachera.

Intenté con todas mis fuerzas recordar que es lo que había hecho para llegar a aquella situación, aunque resultó completamente imposible. Es más, ahora que me daba cuenta, ni siquiera recordaba nada anterior a haberme despertado en aquella oscuridad.

Empecé a ponerme un poco nervioso porque, ¿quién era yo? Parecía imposible que no me hubiera percatado hasta ese momento de que también había olvidado mi propia identidad. Pero así era. No tenía la menor idea de cómo me llamaba, ni la edad que tenía, ni en qué idioma estaba formulando todos aquellos pensamientos. Resultaba curioso porque solo un rato antes había rememorado como era mi casa. Ahora no podía estar seguro de que realmente tuviera una casa.

Eso no podía seguir así, por lo que tomé una decisión: había llegado el momento de saber dónde diablos me encontraba. Intenté incorporarme pero no pude, mi cuerpo no respondía. El nerviosismo se hizo un poco más acuciante. Volví a intentarlo, con idéntico resultado. Mi respiración comenzó a hacerse más agitada. Realicé un nuevo intento, pero seguía siendo incapaz de moverme lo más mínimo.

Intenté relajarme y respirar hondo, tomando aire por la nariz y expulsándolo por la boca. Con solo dos inspiraciones recobré la tranquilidad.

Algo más calmado me puse a evaluar la situación. Me centré en mis brazos, que estaban junto a mi cuerpo con las palmas abiertas pegadas a mis piernas. Intenté mover los dedos, y una súbita alegría me invadió cuando vi —más bien sentí— que lo conseguía. Azuzado por ese éxito volví a intentar incorporarme, y de nuevo me invadió la inmovilidad. Salvo que esta vez noté algo diferente.

Ahora que me encontraba mucho más sosegado comprendí la razón a mi parálisis. En realidad no es que estuviera paralizado, sino inmovilizado. Era como si estuviera atado, solo que no eran unas cuerdas lo que me retenían.

—¡Socorro! —grité cuando mi mente encontró la respuesta más lógica—. ¡Necesito ayuda!

Ya entendía porque aquel lugar estaba tan oscuro como el interior de un ataúd. ¡Era un ataúd! ¡Me encontraba en el interior de un maldito ataúd!

La cuestión era, ¿cómo diablos había llegado hasta allí?

Quizás me hubieran drogado, raptado y enterrado. Sí, aquella era la explicación más plausible porque, ¿qué otra podía haber? Eso también explicaba por qué no recordaba nada de mi pasado. Debía ser un efecto secundario de la droga que me habían administrado. Lo más probable es que en pocos minutos la desorientación fuera disminuyendo, recobrara mis recuerdos y fuera capaz de salir de aquella maldita caja.

De pronto otra duda me asaltó. ¿Cuánto oxigeno me quedaba? No tenía la menor idea del tiempo que llevaba allí metido. Tal vez hubiera agotado la mitad del aire mientras estaba inconsciente. A sabiendas de que, precisamente, era lo que debía evitar, la respiración volvió a dispararse, entrando de nuevo en un estado de nervios que podía llegar a ser contraproducente en una situación como aquella.

El miedo se apoderó de mí. Sé que comencé a gritar, aunque no tengo la menor idea de si dije algo con sentido o solo lancé alaridos ininteligibles. Lo más probable es que me limitara a soltar gritos e improperios a todo aquel que quisiera —y pudiera— oírme. Empecé a revolverme dentro de la caja, sintiendo el roce de la seda que separaba la fría madera de mi cuerpo.

Sabía a la perfección que así no iba a conseguir nada. De nuevo intenté relajarme, aunque en esta ocasión todos los esfuerzos fueron en vano. Cada vez me encontraba más nervioso. Notaba como mis músculos se contraían una y otra vez, como mis brazos, piernas y cabeza golpeaban las paredes y el techo del ataúd.

Me retorcía y gritaba allí dentro, y la tapa cedió un poco. Una ligera lluvia de tierra húmeda cayó sobre mi cara. Como si hubiera vertido un poco de gasolina sobre una llama con la intención de extinguirla, esa poca tierra avivó mis esfuerzos por salir de la caja.

Seguí retorciéndome, haciendo que cada vez cayera más tierra al interior del ataúd. Cuanta más tierra entraba, más energías tenía yo y con más fuerza me movía, permitiendo que entrara más tierra y alimentando de esa forma el círculo vicioso. Al final, casi como si estuviera poseído, conseguí abrir la tapa, provocando una autentica cascada de tierra y arena al interior que me cubrió por completo, llenando en mi boca y cegando mis ojos. Por un instante creí que moriría ahí enterrado, pero tuve suerte y la tierra no estaba muy compactada, por lo que no me resultó muy complicado alcanzar la superficie. Salí al exterior lanzando un grito y escupiendo tierra, como si del monstruo de una película de terror se tratara. De nuevo, y pese a que me estrujé fuertemente el cerebro, no recordé ninguna película, ni de terror ni de ningún otro tipo.

 

 

 

----CONTINÚA----


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