Enterrado (3 de 5)

Por George Peterson
Enviado el 19/08/2018, clasificado en Terror
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3

 

Lo que vi fue un rostro tan pálido que no era blanco, sino azulado. El labio inferior era de un morado intenso, y el superior… el labio superior había desaparecido, o al menos la mitad; en su lugar veía unos dientes amarillentos, como si estuviera forzando una sonrisa macabra. La nariz no parecía una nariz; estaba hundida en la cara, con el tabique nasal asomando por encima de las dos fosas nasales, de una de las cuales parecía caer algo que, descubrí con horror, resultaron ser gusanos. Mi ojo izquierdo parecía haber saltado de su órbita, a pesar que podía ver con ambos ojos; los iris eran de un color grisáceo muy claro, como si estuvieran velados por cataratas, y las pupilas estaban tan contraídas que apenas parecían un punto de negrura en medio de aquellos pozos plateados. La piel estaba cubierta de pequeñas laceraciones de aspecto húmedo; no sangraban, supuraban, y en algunas de ellas se podían ver pequeños gusanos dándose un festín con la carne que, sin lugar a dudas, comenzaba a estar podrida.

Horrorizado con la imagen que veía en aquel pequeño espejo, me separé con una mezcla de terror y asco de la furgoneta. Aquello no podía estar pasando. ¿A caso había estado muerto? ¿Por eso estaba enterrado en aquella tumba? ¿Era la razón de que no recordase nada de mi vida anterior? Me llevé las manos a la cabeza, entrelazando los dedos en una pequeña melena sucia y blanquecina. Temí que, al hacerlo, el cuero cabelludo se desprendiera del cráneo, pero no fue así. Por suerte el pelo aguantaba en su sitio.

Aquello era imposible, seguro que todo se trataba de una broma. Todo lo que había visto era maquillaje. Me habían drogado, maquillado y enterrado en una tumba para gastarme una broma. De muy mal gusto, por supuesto, pero una broma al fin y al cabo.

Seguía lamentándome cuando vi a un hombre salir de una de las casas. Al principio no reparó en mi presencia. Iba encogido, vestido con un grueso abrigo y llevaba puesto un gorro con orejeras. Las manos las llevaba embutidas en unos mitones de aspecto cálido y reconfortante. A pesar de su indumentaria, no me di cuenta de que hacía mucho frío hasta que reparé en las nubes de vaho que expulsaba al respirar. En ese momento también me fijé en que yo no sentía ningún frío, y que no era mugre lo que había retirado del retrovisor de la furgoneta, sino una fina capa de hielo que no me produjo ninguna fría reacción.

El hombre se montó en un coche azul y arrancó el motor, esperando unos minutos a que se descongelase el parabrisas. Pensé en acercarme hasta él para pedirle ayuda pero, pensando en la imagen que me había devuelto el espejo, no me atreví. Entonces el hombre dio marcha atrás para dar la vuelta, en una maniobra que probablemente realizaba todas las mañanas, y puso el vehículo mirando en mi dirección. Comenzó a avanzar hacia mí, todavía sin verme, y fue cuando se me ocurrió salir de mi escondite.

En cuanto los conos de luz de los faros me iluminaron, el hombre dio un brusco volantazo. No iba tan rápido como para chocar contra una pared, pero sí dio un fuerte golpe al bordillo. Asustado, el hombre salió corriendo del coche en mi dirección.

—¿Estás loco? —me gritó irritado—. ¿Cómo se te ocurre salir de esa manera en mitad de la noche? Podía haberte…

No llegó a terminar la frase. «Atropellado», o quizá «matado», era la palabra que fue sustituida por un gritó de terror. Yo también me asuste de aquel grito, aunque todavía lo hice más de mi reacción. Juro por lo más sagrado que existe que me acerqué a aquel hombre con la intención de pedirle ayuda, pero de pronto me descubrí saltando con violencia e intentando morderle el cuello.

Lo derribé sin apenas ningún esfuerzo. Su gorro había caído a un lado, mostrando una cabeza con muy poco pelo. De un fuerte tirón le arranqué el cuello del abrigo, dejando al descubierto la rosada piel del hombre. Era suave y palpitante, llena de vida. Era lo que —sin saber exactamente por qué, imagino que se trataba de un instinto primitivo— yo más deseaba y temía en ese momento.

Sin poder evitarlo, víctima de una pulsión incontrolable, clavé mis dientes en el cuello del hombre. Desgarré sin ningún miramiento la piel, el músculo y los tendones. La sangre me llenó a borbotones la boca, descubriendo que nunca había probado nada tan delicioso. Arranqué la carne, engulléndola sin masticar, mientras el hombre intentaba forcejear cada vez con menos fuerzas. Mientras tanto yo comía con ansia, como si cada bocado pudiera ser el último en este mundo.

Por fin el hombre dejó de luchar. Se le había escapado la vida por la horrible herida que yo le había infligido, aunque no me importó. Al contrario, cuando me di cuenta de que estaba muerto, comencé a devorarlo con más ímpetu. Mordí las zonas más carnosas de la cara, intentando llegar a los tejidos blandos. No conseguí llegar al cerebro, así que me deleité con la lengua, que me pareció un manjar.

Un alarido me distrajo de mi festín. Lo más probable es que el grito del hombre hubiera llamado la atención de alguien más. Levanté la cabeza a tiempo de ver como el vuelo de una bata se metía dentro de una de las casas más cercanas.

Durante unos instantes no supe cómo actuar, dudando entre las opciones que se presentaban ante mí: seguir devorando la carne de aquel hombre, intentar encontrar al dueño o dueña de aquella bata, o huir de aquel maldito lugar para pensar con claridad en lo que debía hacer.

Aunque seguía horrorizado por el desayuno tan monstruoso que me había procurado, estaba disfrutando de cada bocado. Además, sentía cómo energías renovadas inundaban mi cuerpo. Pero no me pareció seguro quedarme allí, plantado en mitad de la calle devorando el cuerpo de un vecino del pueblo.

Huir no me parecía mal plan. Podía salir corriendo hacia unas colinas que había al norte del pueblo, donde había unas cuantas cuevas donde podría esconderme. Allí tendría tiempo de pensar en qué es lo que me había ocurrido. Con un poco de suerte, encontraría una explicación a toda esa pesadilla, y entonces sería mucho más sencillo encontrar una solución.

¡Las cuevas! Otra vez estaba recordando cosas. Debían ser evocaciones de mi vida, pero en el momento en que intentaba pensar en esos recuerdos desaparecían, se esfumaban igual que los sueños cuando uno se despierta, dejando una frustrante sensación. En mi caso, lo que quedaba era un enorme vacío de desesperación, una negrura sin principio ni fin. Solté lo que quedaba del cadáver de aquel desafortunado hombre y empecé a gemir, compadeciéndome de mi mismo y de mi miseria. ¿Es que nadie podía ayudarme?

«Para que alguien me ayude primero tengo que pedir ayuda», pensé. Y la única persona que se me ocurría era la dueña —había llegado a la conclusión de que tenía que tratarse de una mujer— de la bata.

 

 

 

----CONTINÚA----

 

 


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