Enterrado (4 de 5)

Por George Peterson
Enviado el 19/08/2018, clasificado en Terror
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4

 

Haciendo acopio de toda mi fuerza de voluntad, conseguí sacudirme el miedo y el tormento que me acosaban. Me puse en pie y, con paso lento pero firme, me acerque a la puerta por la que había visto meterse a la mujer.

Intenté pulsar el botón del timbre, un sencillo interruptor con una campanita dibujada, pero no conseguí que sonara. Debía estar estropeado, porque era imposible que una persona adulta fuera incapaz de accionarlo. Así que probé con la alternativa: golpeé con suavidad la puerta, deseando no alarmar demasiado a las personas que vivían allí. Pero en lugar de oírse el toc-toc educado que yo buscaba, lo que se escuchó fueron los desquiciados golpes de un loco que quiere entrar a la fuerza. No me di cuenta de que estaba golpeando la puerta con ambas manos hasta que uno de mis puños atravesó uno de los paños de cristal biselado que decoraban el lateral de la puerta.

Pude escuchar una serie de gritos asustados provenientes del interior de la casa. No podía verlos, pero me pareció identificar las voces de una mujer y dos niños, y me sentí un poco culpable al saber que yo era el causante de su miedo. Intenté calmarlos, pero algo en mi garganta no me dejaba hablar y no conseguí articular ninguna palabra coherente. En su lugar proferí una serie de gruñidos incomprensibles. Lo mejor era entrar en la casa para apaciguar los gritos personalmente.

Durante unos instantes forcejeé con la puerta, intentando alcanzar el picaporte a través del cristal roto. Abrir esa puerta me resultó mucho más complicado de lo que nunca hubiera creído. Por mucho que lo intentaba, no conseguía encontrar la manilla. Además, los restos de la pequeña ventana no dejaban de hacerme cortes en el brazo, lo que me irritaba y enojaba cada vez más. Hasta que perdí los papeles.

Saqué de un tirón la mano del agujero, desgarrándome la piel, y me puse a golpear la puerta con todas mis fuerzas, embistiéndola con el hombro. Los cortes no me dolían, tampoco los golpes que me estaba dando contra esa maldita puerta. Por fin, tras varios intentos, una de las bisagras cedió. Cargué una vez más contra ella y cayó hacia el interior de la casa. De forma milagrosa yo conseguí mantener el equilibrio.

Lancé un grito de triunfo, y al igual que antes solo pude articular una serie de graznidos guturales. Intenté aclararme la garganta, carraspeando con fuerza, y noté como algo se soltaba en mi interior. Escupí la flema, sintiendo un alivio instantáneo. Sin embargo se me revolvió el estómago —en realidad no se me revolvió, pero sentí que esa hubiera sido la reacción que debería haber tenido— cuando vi que lo que había escupido era mi propia lengua.

Frente a mí, al fondo de un largo pasillo, apretados contra una puerta y abrazados el uno al otro había dos chiquillos. Un niño y una niña que no tendrían más de diez años. En cuanto me vieron, se pusieron a llorar, chillando como locos y apretándose un poco más contra la puerta. La niña era algo más pequeña que el niño, y sujetaba contra su pecho un osito de peluche. El niño no dejaba de desviar la mirada de mí a la lengua del suelo y de nuevo otra vez a mí.

Quise calmarlos, decirles que no sucedía nada malo, pero tuve la certeza de que cuanto más me acercaba a ellos más miedo me tenían. El no tener lengua tampoco me ayudaba. Si antes solo era capaz de pronunciar gruñidos, lo único que ahora salía de mi boca —aparte de saliva y sangre— eran unos gorgoteos informes. Resultaba frustrante intentar comunicarse y ser incapaz de hacerlo.

De pronto al lado de los niños apareció una mujer. Sentí un enorme alivio y una inmensa alegría al reconocer que esta era la mujer de la bata que había visto entrando en la casa. Aquella era la mujer que me podía ayudar. Lo que me costó un poco más fue comprender para qué llevaba una escopeta.

Sin saber muy bien que había pasado, me vi lanzado hacia atrás un par de metros en el mismo momento en que una terrible explosión retumbaba en mi cabeza. Caí justo en el umbral de la puerta, con la cabeza y la mitad del tronco fuera y las piernas y la otra mitad dentro.

Afuera la gente había comenzado a salir de sus casas, alarmada por algo que les había despertado. Tendido en el suelo como estaba, vi a unas cuantas personas señalándome, horrorizadas y asqueadas. No pude sentirme sino ofendido y avergonzado.

Intenté levantarme, pero me costó mucho más de lo normal. Al apoyarme en mi brazo izquierdo lo notaba raro, casi sin fuerza. Al mirármelo me quedé boquiabierto al ver que lo tenía destrozado. La manga del traje casi había desaparecido. En su lugar, se podía ver una masa sanguinolenta de carne salpicada de fragmentos de hueso y perdigones. También me di cuenta de que mi pecho presentaba un aspecto similar. Una vez en pie, até cabos rápidamente. ¡Esa bruja me había disparado!

No me había dolido, pero estaba indignado. Lo único que yo quería era pedirle ayuda, y ella me respondía pegándome un tiro. Y lo peor de todo es que, por lo visto, quería repetir. Tenía la escopeta abierta por la mitad, apoyada en la sangría del brazo mientras metía otro par de cartuchos.

Me acerqué a ella con la intención de detenerla, solo quería evitar que volviera a dispararme. Aparté con suavidad la escopeta, que ya se estaba levantando para apuntarme, y sujeté a la mujer por los hombros. Abrí la boca para decirle que no pasaba nada, que únicamente necesitaba un poco de ayuda, pero cuando me quise dar cuenta estaba clavando mis dientes en la suave piel de su cuello.

Los dos caímos al suelo, donde de nuevo sucumbí al ansia. La sangre de la mujer era muy parecida a la del hombre, pero su carne era mucho más tierna. Los niños gritaban a nuestro lado, aunque eso no me molestó demasiado. Estaba absorto en el festín que me estaba regalando.

Me sentí saciado mucho antes de lo que esperaba, obligándome a reconocer que ese era el segundo plato de mi desayuno. Abandoné a la mujer en el suelo, con la cara desfigurada por mis mordiscos, aunque todavía seguía viva. Al verla allí tirada, boqueando con la mirada perdida y el rostro ensangrentado, me sentí horrorizado por lo que había hecho y no pude reprimir el impulso de salir corriendo de aquella casa.

 

 

 

----CONTINÚA----

 


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