EL CLUB PRIVADO

Por franciscomiralles
Enviado el 08/09/2018, clasificado en Cuentos
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Aquel domingo por la tarde del año 1979 estábamos mi novia y yo sentados en la terraza de

un bar tomando una cerveza, en una céntrica calle de Barcelona, y entonces le propuse:

-Mira Martina. Como llevamos un tiempo siendo una pareja estable creo que estaría bien que

vinieras a pasar un fin de semana en mi piso de soltero.

-¡Ya! Quieres decir acostarnos juntos ¿no? - dijo ella, que era una mujer muy sugerente con un

parecido extraordinario a la Gioconda, la famosa modelo del cuadro en el Louvre de Leonardo

da Vinci, poniéndose a la defensiva.

- Bueno. ¿Por qué no? - respondí con una sonrisa.

-¡Ah! Mira que espabilado. ¿Y de casarnos qué? Yo no me acuesto con nadie sin antes pasar

por el altar. Desde luego Xavi, eres un fresco, un sinvergüenza que sólo poensas en tí sin

pensar en ninguna responsabilidad. ¡Me has decepcionado Xavi! - expresó Martina en un tono

agresivo, desencantado.

Desde luego yo había pasado por alto que Martina estaba completamente influida por una

rígida moral puritana que derivaba de un rancio catolicismo, y en la que ella contribuía

incondicionalmente criticando con dureza a las féminas más liberales, puesto que dicha

intolerante actitud daba pie a que la chica  fustigara a quien fuese con un sentimiento de culpa

en el que iba implícito un chantaje emocional, o sexual. Por esta razón ya que yo me sentía

unido sentimental a ella, me sentí como un gusano.

Hay que aclarar que en aquella época la mayoría de las mujeres del lugar en el que vivía más

o menos reaccionaban de la misma manera que Martina. En consecuencia muchos jóvenes de

mi generación, yo incluido, al llegar el verano no dudábamos en ir a la Costa Brava en busca

de las turistas extranjeras que venían de países en los que se vivía con más libertad, y sin

prejuicios de ninguna clase.

Mi relación con Martina cada vez iba de mal en peor, y me sentía muy incómodo con sus

silencios cargados de reproches, y sus desplantes. No había confianza entre los dos. Hasta que

como es lógico la relación amorosa se fue al traste.

Mientras tanto yo seguía con mi trabajo en una empresa de Seguros, y saliendo con mis

amigos de vez en cuando, hasta que cuando se derrumbó como un ruinoso edicificio aquella

moral católica que durante muchos años formaba parte también del poder político, las

costumbres de la sociedad empezaron a cambiar de un modo frenético.

Como yo siempre he sido curioso, y me ha gustado visitar nuevos ambientes, un día paseando

por una calle estrecha me hallé de pronto frente a un Club Privado que tenía una fachada

similar a la de cualquier bar musical, pero tenía las puertas celosamente cerradas. Así que

decidí llamar a un timbre.

Entonces me abrió un tipo perfectamente trajeado, el cual me hizo pasar a un elegante

vestíbulo que daba a a una pequeña discoteca en la que había un selecto público ataviado con

sus mejores trajes y vestidos; en cuya pista de una forma exhicionista una chica rubia que

llevaba un elegante vestido morado bilaba una pieza de Rock, que en la medida que se

embriagaba con las enervantes notas musicales, se dedicó a ofrecer al respetable público un

espontáneo Strip-Tase hasta quedar completamente desnuda, a la par que unas lujuriosas

manos masculinas la manoseaban por todas partes.

En aquel momento una empleada de aquel sitio se me aproximó y me puso en antecedentes.

- ¿Estás casado? - me preguntó aquella mujer.

- No.

- Pues aquí vienen muchos matrimonios que cambian a su pareja por otra, porque no creemos

en la posesión conyugal. No es lo mismo apreciar de verdad al ser amado, que implica un

sentimiento de generosa entrega personal hacia el mismo, que el querer, que está animado

por el egoísmo y los celos.

-Ah.

- Sí. Además la mayoría de los que estamos aquí somos bisexuales - continuó la empleada-.

En un momento dado todos podemos ser ambivalentes. Hasta los hombres tienen una parte

mental femenina que deberían estimular. Pero si fueses casado, o con pareja podrías venir

con ella, y ya verás lo libres que os sentíréis si dejáis de lado los viejos prejuicios. Por

ejemplo, tú aquí rozas con la mano los muslos de una señora que venga con su marido, y si

se aparta es que no quiere acostarse contigo, pero si se te arrima es que desea que le des un

revolcón. Y otro tanto puede suceder con tu mujer. Pues aquí nadie es dueño de nadie, porque

cada uno se pertnece a sí mismo.

Para mi lo que estaba claro era que al ser la ciudad tan grande cabían toda suerte de

sensibilidades, de maneras de ser  que se agrupaban en diversos colectivos. Por tanto si podía

haber un colectivo amante del alpinismo, ¿por qué no haber otro colectivo dado a un libertinaje

sexual?

Mas de pronto, como si de una aparición se tratara, vi que en local estaba Martina que iba

cogida de la mano de un sujeto rechoncho y cabezón, el cual con toda seguridad era su

marido, y venían acompañados de otra pareja.

-¡Ay hola! - me saludó ella cuando me vio aparentando una naturalidad que estaba lejos de

sentir.

-Hola. ¿Cómo es que vienes a este lugar? - quise saber.

- Ya ves. Es divertido. ¿Y tu? - dijo ella.

- He entrado por curiosidad.

Seguidamente me acordé de la reprimenda que me dio en su día cuando le propuse de

acostarnos juntos; del chantaje emocional al que me quería someter, y no pude resistir de

cuestionarle:

- Dime una cosa Martina. Si en la actualidad todavía mandara el nacionalcatolicismo; la moral

puritana de la Iglesia, ¿seguirías tan cerrada como antes? Yo creo que sí. Pero claro, como

ahora el Poder es más permisivo, más liberal, tú al igual que muchos también se han

cambiado de un modo pendular hacia el otro extremo. Pues los extremos se tocan.

Y dicho aquello Martina miró a otro lado, y volvió con su marido.

Poco después aquel Club Privado desapareció, y aquel colectivo se refugió en diversos pisos

para seguir con su filosofía de la vida.

 

 

 


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