EL TERREMOTO EMOCIONAL

Por franciscomiralles
Enviado el 30/09/2018, clasificado en Cuentos
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Rafael Santos que era un hombre de cuarenta y cinco años, al salir de su casa que estaba uicada en un pueblo marítimo del Litoral de Cataluña se dirigió a una peluquería bisexual que se hallaba a escasos metros de la misma para cortarse el pelo.

Una vez allí le atendió una exótica mujer bastante joven; de una tersa piel morena, delgada, y de unos sensuales ojos negros como la noche, la cual trajinaba por el local con gran diligencia barriendo con una escoba el local, y poniendo en orden los objetos que habían en las estanterías. por lo que a Rafael le dio tiempo para cerciorarse que dicha feménina venía de algún país oriental.

Cuando el cliente le hubo expuesto lo que deseaba, una vez acomodado en una silla goratoria y frente al espejo, tras hablar un poco del tiempo él le preguntó:

- ¿De dónde eres?

- Soy de Pakistán; aunque llevamos aquí unos quince años - respondió ella con amabilidad.

- Pues yo venía a este pueblo desde que era pequeño a veranear- confió Rafael-. Y esto ha cambiado mucho desde entonces.

- Lo supongo.

En aquel instante a Rafael la atrayente figura de la peluquera, y sobre todo su exquisito trato le hizo rememorar el hundimiento de su vida. Su mujer después hacerle la vida imposible haciéndole sentir culpable de cualquier contrariedad doméstica por insignificante que fuera, y despreciar su afición a la pintura le había dicho que ya no le quería, y lo había dejado para irse a vivir con una amiga en un piso del centro de Barcelona.

Pero lo más difícil de soportar, lo más penoso fue que sus dos hijos mayores no habían hecho más que darle disgustos. En efecto, su hijo primogénito hacía unos años que se había encaprichado de una "camello" que sólo buscaba el dinero de su familia, y al cabo de varios altercados con el chico por fin se consiguió que éste rompiese con la delincuente. Por otra parte su querida hija se había casado con un sujeto muy celoso que a la mínima sospecha de que ella le engañaba con otro, no dudaba en abofetearla.

Mas lo que a Rafael no le entraba en la cabeza había sido que cuando él trataba de mostrarse comprensible y dialogante con sus vástagos, ellos aún le despreciaban más; era como si les molestase la buena actitud del padre. Claro que si por el contrario Rafael se enfadaba y les amonestaba por sus insolencias, por su falta de respeto sus hijos le tachaban de intolerante, de anticuado y prescindían de él.

Pero los hijos volvieron a rehacer sus vidas con otras parejas del Reino Unido, y se fueron a vivir y a trabajar en lo que fuera a aquel país.

Rafael que de vez en cuando iba a hablar con su padre, que siempre había sido para él un guía en todos los órdenes de la vida, un buen día éste murió estúpidamente al ser atropellado por un coche que se había saltado los semáforos, por lo que se quedó irremisiblemente solo en el mundo.

Y como no se adaptaba bien a las nuevas tecnologías del momento, la empresa que fabricaba electrodomésticos en la que trabajaba desde hacía años, decidió prescindir de él. Suerte tuvo que gracias a un vecino de su misma calle que era un concejal del ayuntamiento de su localidad entrase a trabajar de conserje en un Edificio en el que había la Biblioteca Municipal, y el Mercado.

Rafael sentía que aquella estabilidad tanto profesional, como familiar en la que él había confiado tanto desde siempre se había volatilizado como si de un terremoto social se tratara, sin saber qué dirección tomar, ni cómo asimilar aquella situación.

Pero ahora el hombre al ver aquella peluquera tan agradable le parecía que tal vez podría volver a rehacer su vida.

- Oye, tú ¿cómo te llamas? - preguntó el cliente.

- Me llamo Safa. ¿Por qué?

- Por cuiriosidad. Como somos casi vecinos...- respondió algo nervioso el cliente-. Yo me llamo Rafa.

-¡Ah!

-Oye Safa. Supongo que cuando tú y tu familia llegastéis aquí, os drebió de chocar nuestras costumbres.

- ¡Huy y tanto! - expresó ella-. En mi país se respeta mucho a la familia, y a los maestros de la escuela. En cambio aquí los hijos mandan  a la mierda a sus padres, y a los profesores. Y las mujeres mandan en las casas. Es como si los hombres no contaran para nada.

A Rafael, el hecho que una persona de otra cultura viera con objetividad la manera de vivir de su lugar de origen y denunciase la decadencia social de ahora mismo, le llegó al alma. Al parecer al irse a pique las viejas tradiciones - religiosas, políticas- en las que se habían apoyado generaciones anteriores, había repercutido en las conciencias de la gente, y por eso Rafael se sentía tan perdido.

El cliente tenía necesidad de vivir con alguien que le respetara de verdad, y que le supiese amar. Se imaginó pasar las noches envuelto en un sutil erotismo con aquella mujer como si viviese un cuento oriental de "LAS MIL Y UNA NOCHE".

De manera que cuando Rafael le hubo pagado el servicio a Safa le propuso:

-¿Qué tal si te vengo a buscar esta tarde al salir del trabajo, y vamos a tomar algo en algún sitio?

- Quieres salir conmigo, vaya. Pero es que yo tengo unas costumbres muy diferentes a las tuyas. Ya te lo he dicho. Y no creo saliese bien - respondió la mujer con resolución.

- Bueno mujer. Mira yo no soy racista. Pienso que se puede tener la idea que quieras, la creencia que quieras; pero sí lo que hay que evitar es ser fanático con lo que sea. Y para ello hay que cultivar a la razón. Al fin y al cabo todos somos humanos, y buscamos las mismas cosas.

-¿Aceptarías la tradicional vestimenta femenina con el uso del velo? Piensa que nuestra forma de vivir está directamente relacionada con la religión Islamista - insistió Safa.

-Me hablas como si yo tuviera que adaptarme a vuestras costumbres. Pero sin ánimo de ofender, también vosotros podríais adaptaros un poquito a las nuestras porque al fin y al cabo estáis aquí - replicó él.

- Si yo me uno a tí con todo lo que representas, ten por seguro que mi familia pasaría de mí, como ya le ocurrió a una amiga mía.

Seguidamente a Rafael se le hizo una montaña el tener que asumir una cultura que era muy diferente a la suya, y la fantasía de vivir noches eróticas como las de "LAS MIL Y UNA NOCHE" se le esfumaron de su mente, y se despidió cortesmente de la peluquera.

Y es que al parecer no somos tan abiertos como nos suponemos que somos.

 

 

 

 

 

 


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