UNA MALA ELECCIÓN (5 minutos,)

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Recién duchado disfrutaba observando su cuerpo. Estaba muy bueno, y cuando ponía su media sonrisa de ligar se consideraba irresistible. Siempre el mismo ritual de poses frente al espejo. Primero realizaba una sucesión de guiños pectorales, después se ponía en escorzo, apretaba los glúteos y también los movía, elevando los cachetes al ritmo del reggaetón que salía de su móvil.

«¡Estoy para follarme! exclamó en voz alta mientras se peinaba con los dedos untados en gomina. Hoy nenas os voy a hacer un favor, papá va a salir y pienso quemar la ciudad».

No tardó en aplicarse sus tres toques de desodorante; el último, bajo el slip, le hizo poner una mueca de escozor. Se ajustó el vaquero y, tras abotonarse su camisa de la suerte, cerró la puerta en busca de la noche. Sin prisas echó a andar hacía el local que le había recomendado la recepcionista del motel:

Son diez minutos a pie le indicó señalándole la salida. Según salgas por esa puerta sigue todo recto hasta el Puente Mayor. Y justo antes de cruzarlo verás a la derecha una bifurcación. Toma la calle que discurre paralela al río. No tiene pérdida, seguro te sorprenderá, concluyó guiñándole un ojo.

Madurita pero no estaba mal, y se le había insinuado descaradamente apoyando sus enormes tetas sobre el mostrador. Quizá cuando volviera,  si aún le quedaba algo de gasolina,  podría regalarle un ratito de su atención.

De camino al garito echó en falta su chaqueta de cuero, hacía más frío del esperado. Para entrar en calor apretó los brazos al cuerpo y continúo andando con la cabeza gacha. Aunque si la hubiera levantado, tampoco hubiera visto nada especial. Una ciudad más donde pasar unos días antes de proseguir su camino. La jornada había sido larga y muy poco provechosa. Mañana tocaba carretera y nuevo destino. De aquí no sacaría mucho más. Pero antes, como en cada una de sus paradas, tenía que probar un chochito de la zona. Eso no podía faltarle, ni su cuerpo ni su ego podían permitirse el lujo de no conseguir un nuevo trofeo. Y a decir verdad, hasta ahora, siempre que había salido de caza había acertado con el tiro.

Tal y como le habían indicado no tardó en localizar el antiguo puente. Pero allí no había ninguna bifurcación, solo un estrecho camino de tierra que se internaba en un jardín abandonado. Después de cerciorarse que era la única alternativa, decidió continuar. El sitio no debía de andar muy lejos, y la luna proyectaba la suficiente luz como para distinguir dónde ponía los pies sin miedo a matarse. Necesitaba un cigarrillo. Así que no tardó en encender uno y antes de que le diera tiempo a apurarlo, acompañado únicamente por sus pensamientos, llegó a su destino.

Lo que tenía frente a él era una antigua casona de dos plantas. En su fachada un pequeño cartel ponía nombre al lugar: Madame Bovary.  El sitio no era lo que esperaba. Quizá cuando preguntó por un garito para pasarlo muuuy bien, no se explicó con claridad. Joder, aquello era muy distinto a los antros que frecuentaba, olía a antigualla. Aun así, se agarró al nombre. Lo de Madame le sonaba muy bien. Quiso imaginarse un montón de chicas bailando sin control entre luces de neón y decibelios a tope. Pero ni lo uno ni lo otro.

Aunque afuera no había nadie, el runrún que brotaba del interior le invitaba a pasar. Además, sentía curiosidad, tenía frío y necesitaba imperiosamente echarse un trago. Así que, tras dar una última calada, puso su sonrisa de ligar y empujó, con la decisión del que se sabe guapo, la puerta que tenía ante él.

En el ambiente flotaba una suave melodía de saxo, percusión y piano. «¿A quién cojones puede gustarle esto?», murmuró mientras escuchaba a una pareja hablar sobre el jazz y un tal Miles David. La música por lo visto era suya, y parecían disfrutarla tamborileando con los dedos y siguiendo el ritmo con leves movimientos.

Apoyado en la barra pudo apreciar lo extraño de ese bar de copas. Hasta dónde alcanzaba a ver distinguía libros por todas partes. La gente leía o charlaba bajo los escasos   puntos de luz que rompían la oscuridad.   Una   oscuridad densa que se desparramaba por el local impidiéndole poner límites a sus dimensiones, aunque por el bullicio y movimiento que percibía le pareció muy grande.  Salió fuera un momento, confirmó el nombre del letrero, Madame Bovary, y tras fumarse otro cigarrillo volvió a entrar. Tampoco parecía tener otras opciones.

De nuevo en la barra puso su sonrisa irresistible para ganarse el favor de una de las camareras, la más joven. No estaba nada mal. Ese mechón de pelo lila tipo manga le atraía casi tanto como sus pechos, que parecían levitar bajo su breve camiseta. Atendía a unos y otros sin prestarle aparente atención.   Tendría que alargar la pose. «Un, dos, tres, cuatro, cinco…», contó despacio y nada, como si no estuviera allí. Aquel tugurio empezaba a irritarle.

Por fin la guapa camarera se acercó para preguntarle que le apetecía. Necesitaba una copa, así que pidió un doble de lo más fuerte que tuvieran. Al rato volvió, pero para su sorpresa lo hizo con una gran taza de café entre las manos y dos galletitas de jengibre, que por lo visto le daban un puntito ciertamente picante a la infusión.

«No puede ser, me están tomando el pelo en esta mierda de pueblucho», masculló sin poder creer lo que le estaba pasando.

Se levantó dispuesto a largarse sin pagar, pero antes alguien le retuvo tomándole de la muñeca. Un pivón digno de su mejor fantasía, le sonreía insinuante.

Qué tal, veo que eres nuevo por aquí, y mis amigas y yo nos preguntábamos si…, ya sabes..., si quieres unirte a nosotras para pasar un buen rato.

La cosa se enderezaba. Él era poco de orgías. Le gustaba disfrutar de sus conquistas de una en una, pero tampoco le desagradaba la idea, y además, la chica lo merecía. Sí..., ¿por qué no?, aceptaba, ese culito respingón no se merecía otra respuesta:

Ok guapa respondió con su sonrisa de ligar , soy todo tuyo.

Genial nos faltaba uno más para nuestro juego especial. Hoy va sobre la Generación del 27, ya sabes Alberti, Lorca, Vicente Aleixandre... Pregunta respuesta, si ganas no nos olvidarás nunca, y si pierdes..., pues mueres dijo sin abandonar su oscura y perturbadora mirada. Claro que un chico tan listo como tú no tendrá problemas en salir airoso.

Generación del 27, Lorca, muerte...Todo aquello le sonaba a chino, no podía ser. Sin duda se trataba de un mal sueño, pensó, mientras una misteriosa fuerza le arrastraba irremisiblemente al interior del local. Quiso huir, gritar, pero no podía, era como un dócil corderito directo al matadero.

Yo solo quería echar un polvo . Fue lo único que le salió por la boca en ese momento.

Al errar las tres preguntas del juego, al tiempo que escuchaba el percutor de un arma junto a su cabeza, pudo oír la voz de su mamá repitiéndole machaconamente: 

«Niño estudia, estudia, utiliza tu linda cabecita para algo más que lucirla, o algún día te pesará, como a mí, no haber estudiado».

 Jam Louvier, marzo 2019


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