EL DEMONIO EN EL LIENZO (parte 1 de 4)

Por Federico Rivolta
Enviado el 03/10/2018, clasificado en Terror
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Muchos artistas aman tanto lo que hacen que olvidan sus quehaceres. Luego, cuando despiertan de sus sueños en vigilia, deben realizar montones de tareas apurados, abstraídos, pensando en el momento en el que podrán regresar al lápiz y al papel, al cincel y a la escultura, o a su querido instrumento musical.

A algunos, sus amigos y familiares los llaman “excéntricos”, a otros los llaman “bohemios”, y hay algunos personajes a los que el simple “loco” los describe a la perfección. Pero existen ciertos artistas, pocos entre millones, cuyas vidas sociales han sido absorbidas por completo, y cuyas alienadas personalidades van más allá de los apodos y las cuestiones anecdóticas. Son aquellos que, mientras sus mundos se derrumban, miran a los demás con ojos extraviados, con ojos que parecen vacíos por no reflejar la profundidad que esconden en el interior. Nikolai Kolmogorov era esa clase de artista.

 

 

* ASTAROTH *

 

Ivana había terminado de cenar desde hacía varios minutos cuando su marido por fin bajó al comedor. El plato estaba frío, pero Nikolai no pronunció palabra al respecto. Comenzó a devorar sin siquiera tomarse un momento para saborear la comida, sin siquiera saber qué era lo que estaba comiendo.

– ¿Cuándo arreglaremos el techo? – preguntó Ivana.

Su esposo no contestó. Quería terminar el plato para regresar al altillo a seguir pintando. De hecho, mientras masticaba, seguía realizando trazos en el aire con el tenedor.

Afuera diluviaba, y las viejas tejas negras filtraban el agua que pudría la madera. Ivana debía poner ollas en el suelo por toda la casa para combatir a las goteras, pero éstas pronto se llenaban y comenzaban a salpicar el suelo y las paredes.

Nikolai terminó de cenar y entonces, mientras se limpiaba con la servilleta, contestó a la pregunta que le había hecho su mujer varios minutos atrás:

– No tengo tiempo ni dinero para arreglar el techo ahora – dijo –. Debo terminar una pintura para la exposición. He estado trabajando en una nueva técnica. Tendré mucho éxito; pronto solucionaremos el problema de las goteras.

Ivana sonrió, confiaba en su marido; necesitaba hacerlo. Ella aún veía en él al joven talentoso del que se había enamorado, aunque Nikolai distaba mucho de verse como aquel muchacho encantador. El artista se había convertido en un hombre desgarbado y el cabello se le había llenado de canas, andaba siempre con la mirada perdida y las manos le temblaban a causa de sus nervios e insomnio. Pero a pesar de todo, aquellas manos envejecidas seguían pintando los preciosos paisajes que tanto respeto le otorgaron en la comunidad artística. 

Nikolai había logrado vivir de sus pinturas, pero él quería más. Deseaba alcanzar la fama mundial, deseaba surgir de lo que él consideraba mediocridad, y un día decidió tomar un camino diferente. Abandonó su zona de confort y comenzó a pintar lo que lo apasionaba de verdad en lugar de hacer lo que a la gente le gustaba. Así fue como se alejó de los paisajes impresionistas de cielos despejados para sumirse en escenarios mucho más oscuros. Sus obras se volvieron agresivas y hasta demoníacas, pero tenían mucho más de él que las anteriores.

Al principio, él y su mujer conversaban mucho sobre arte, pues de jóvenes habían sido compañeros en la academia, pero cuando él decidió cambiar de estilo, dejó de mostrarle su trabajo y pedirle su opinión. Al final casi no tenían contacto; él se pasaba la noche en el altillo pintando y se acostaba luego de que ella se levantara.

En las comidas siempre sucedía lo mismo: Nikolai parecía un fantasma sumergido en plataformas de pensamientos vacíos, y no había comentario que Ivana pudiera hacer para despertarlo de su trance:

– Preparé un pastel de chocolate – dijo ella –, ¿quieres una porción?

– Sí – dijo él sin mirarla.

Luego se paró y le dio una árida indicación:

– Sube y déjalo junto a la puerta. Voy a seguir trabajando.

El artista volvió a recluirse en el altillo. Minutos más tarde su esposa subió las escaleras con una porción de pastel cortada de manera impecable. La mujer entró con rostro alegre, pero su gestó se transformó apenas abrió la puerta.

– ¡Te pedí que dejaras el plato junto a la puerta! – dijo él – Sabes bien que no me gusta que vean mis obras antes de que estén terminadas.

Ivana apartó la mirada, pero ese instante en que miró la pintura fue suficiente para que se le grabara en la retina.

Se trataba del retrato de un demonio de alas corroídas, sonrisa socarrona y mirada lasciva, rodeado por bestias a las que acariciaba con sus garras desproporcionadas. Aquella pérfida deidad era nada menos que Astaroth, “el gran duque del infierno”.

– Perdón – dijo ella –. De todos modos no vi nada. Aquí tienes el pastel.

La mujer se estaba por ir cuando se frenó para decirle una última frase con intenciones de arreglar la situación:

– Ya no volveré a molestarlo, señor gruñón.

Ivana se quedó en la puerta esperando una disculpa por parte de su esposo; esperó algo, una sonrisa, un guiño, un gesto cualquiera que le indicase que todo estaba bien, pero él siguió pintando sin respiro.

Dos semanas después el artífice había terminado su preciado Astaroth, y lo envió junto con otras nueve obras para la exhibición. Las demás telas eran de paisajes aterradores coronados por cielos nublados. Estaban muy bien pintadas, pero ninguna era comparable a la del demonio.

El día llegó y el pintor se dirigió a la exposición acompañado por su esposa. A pesar de tener la misma edad, Ivana parecía diez años menor que él. El esfuerzo por terminar la pintura a tiempo había hecho estragos en el aspecto de Nikolai, pero él sentía que todo había valido la pena. La obra hacía ver a las otras que presentó en aquella oportunidad como unos tristes intentos fallidos.

La exposición se realizó en la Galería Nacional de Arte, y el lugar fue preparado como nunca para la velada. Las columnas jónicas de mármol estaban adornadas con luces doradas y plateadas. Diversos banderines colgaban con los nombres de los artistas y de las creaciones más famosas que se verían allí. Gente de toda clase asistió, tanto expertos críticos de arte como inconformistas que deseaban ver una exposición de vanguardia que los distrajera de la monotonía.

Las alfombras negras fueron lavadas para la ocasión, quedando como nuevas, contrastando más aún con las paredes color marfil. Había pedestales en cada esquina, arreglados con rosas blancas, y no había una lámpara faltante en las arañas de cristal que colgaban de los techos hemisféricos.

Montones de pintores y escultores formaron parte del evento. Era la oportunidad de ver cientos de obras de primer nivel, todo en un día.

 

 

 

Continúa en la segunda parte...

 https://www.cortorelatos.com/relato/33288/el-demonio-en-el-lienzo-parte-2-de-4/

                   


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