EL DEMONIO EN EL LIENZO (parte 3 de 4)

Por Federico Rivolta
Enviado el 03/10/2018, clasificado en Terror
126 visitas

Marcar como favorito

Durante la exposición, algunos artistas fueron subiendo a un estrado para hablar sobre sus obras, y el más aclamado fue Nikolai Kolmogorov.

Todos querían saber el significado de su cuadro, aunque en el fondo de sus seres ya tenían la respuesta. Cuando llegó su turno de hablar frente al público, fue ovacionado.

El canoso autor tomó el micrófono. Casi no se lo veía desde atrás del estrado debido a que estaba encorvado y ni siquiera alzó la vista para mirar a la audiencia, solo se limitó a decir su discurso de mala manera:

– Los nativos kiokees de América del norte creen en un dios llamado “El Wingakaw”. Él es un ser superior a los hombres y por lo tanto no podemos comprender su manera de actuar. En la pintura hice a los kiokees rezándole mientras él los devora. Muchos no entienden por qué le rezan a un dios que luego los mata. Sucede que los dioses no están para cuidarnos, los dioses no se interesan por nosotros. Ellos nos matan y nos dejan vivir del mismo modo en que nosotros matamos o dejamos vivir a una hormiga. Esto no los convierte en malos. Aquellos que creen en un dios justo y generoso no se dan cuenta de que dejarnos solos es mejor que protegernos, pues somos entonces nosotros mismos los dueños de nuestras acciones y de nuestros destinos. Es por eso que, al igual que los kiokees, yo creo en el Wingakaw.

Nikolai dejó el micrófono y se retiró sin despedirse ante el silencio de todos los presentes.

Pocos días después, en una subasta, la obra fue comprada por un excéntrico magnate. Dos semanas más tarde, aquel millonario viajó a América del norte sin explicar el motivo, y nadie volvió a saber de él.

 

 

*** AZAZEL ***

 

La fama de Nikolai había crecido, pero él sentía que aquello era solo el principio. Luego de la venta de “El Wingakaw”, comenzó un nuevo cuadro:

– Esta será mi obra maestra, Ivana – le dijo una mañana a su mujer.

Ella apenas pudo reconocer a su marido tras esos ojos penetrantes, rojizos, llenos de una ambición insana.

– ¿Mejor que El Winkaman? – preguntó ella.

– Se llama “El Wingakaw”; y sí, será mucho mejor. Cuando lo exponga seré famoso; seré el artista del óleo más famoso de estos tiempos.

Ivana pensó durante unos segundos y luego se animó a decir algo que deseaba expresar desde la exhibición.

– Algo que no entendí sobre esa pintura es si los nativos que lo adoran saben que no son correspondidos por él.

Nikolai no respondió. Al menos no lo hizo con palabras. Solo la miró a los ojos, y aquella fue la conversación más sincera que tuvieron en largo tiempo. Fue un momento en el que ambos se conectaron, no desde el amor, sino desde la sinceridad. Una mirada en la que no había nada que decir respecto al cariño de ella y la indiferencia de él, una mirada con la que cada uno admitió el lugar que le tocó vivir en aquella relación de a dos, mal llamada “pareja”.

Luego del desayuno Nikolai salió a comprar pinturas y pinceles, dejando a su mujer sola en la casa. Mientras él estaba afuera, ella comenzó a escuchar unos ruidos provenientes de arriba. Subió las escaleras y supo que algo estaba sucediendo en el altillo. A su esposo no le gustaba que ella subiera, pues la costumbre de no mostrar una obra hasta que no esté terminada permanecía firme en él, pero los ruidos no cesaron y la curiosidad de la mujer superó el miedo a las represalias.

Al abrir la puerta el estado del lugar la sorprendió. No parecía ser solo una cuestión física, era como si un alma siniestra estuviera posesionándose del altillo. La humedad impregnada en las paredes parecía dibujar hórridas figuras que gritaban de dolor, y unas sombras que se retorcían en el suelo comenzaron a acercarse a las piernas de Ivana. Ella dio unos pasos hacia atrás asustada, haciendo rechinar las viejas maderas.

De pronto escuchó un ruido como los que la habían hecho subir; era la ventana que golpeaba a causa del viento. La cerró, y al mirar de nuevo el suelo y las paredes, las sombras no le parecieron tan malignas.

Estaba a punto de salir de allí cuando se dio la vuelta. El enorme cuadro cubierto por una tela negra parecía respirar debajo. Era como si la estuviese llamando, susurrándole que una mirada rápida no le haría daño a nadie. Ivana se acercó y removió la tela para ver la última creación de su marido; aquella creación que lo convertiría en el artista del óleo más famoso de sus tiempos.

Al ver la tela supo que las promesas de Nikolai eran ciertas. La obra era superior a las demás; estaba lograda en un modo que ella jamás había visto.

Se trataba de un demonio de piel blanca, cabello negro y lacio, y unas enormes alas retráctiles. Lo que más la impresionó fue su rostro. Tenía una sonrisa leve, nariz aguileña y unos ojos amarillos que parecían leerle el alma como un libro abierto. Fue tan fuerte la sensación que le causó, que la mujer tuvo que apartar la vista.

Pronto Ivana se volvió a sentir obligada a mirar la pintura, y se enfocó en los cuernos de la deidad. Eran espiralados, color hueso; un ornamento que, aunque de un modo vil, se veían muy sofisticados. La mujer luego miró el fondo de la obra, que no era menos terrible que el demonio. Se trataba de un infierno rojizo de suelo resquebrajado, con lava que brotaba a la superficie. Era un escenario desolador, lleno de almas arrastrándose suplicantes, prisioneras de sus deseos y obsesiones.

El cielo violáceo pintado en el lienzo parecía de otro mundo, y luego de mirar la obra por un tiempo comenzó a sentir que los colores cambiaban con el ritmo del viento.

En ese momento escuchó el ruido de la puerta; su marido había vuelto. Salió entonces del trance en el que la había apresado la pintura y volvió a taparla con la tela negra. La mujer bajó del altillo procurando no hacer ruido en las escaleras para que Nikolai no supiera de su intromisión.

El matrimonio se cruzó en la cocina, y él le lanzó una mirada amenazadora. Ivana tragó saliva creyendo que tendría que dar explicaciones por haberse entrometido en sus asuntos, pero Nikolai enseguida subió en silencio con las pinturas y pinceles que había ido a comprar.

 

   

 

Continúa en la cuarta y última parte

https://www.cortorelatos.com/relato/33290/el-demonio-en-el-lienzo-parte-4-de-4/

     


Compartir el relato

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

Ellas buscan... FarmaToday
Zapatos para bebés, niños y niñas con grandes descuentos Haz tu donativo a cortorelatos.com