Un regalo para Lena

Por Chus Luvi
Enviado el 11/10/2018, clasificado en Intriga / suspense
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La noche había transcurrido según lo planeado. Tenía todavía el sabor a fiesta en los labios y me hubiera gustado continuarla, pero les había fallado tantas veces que esta vez sí cumpliría lo dicho. Llegaría sobrio a casa antes de la una de la madrugada,  sin la policía y limpio de problemas. Había conseguido ganarme su confianza y no iba a fallarles, sería especialmente cuidadoso, no volvería a mancharme las manos.

 Hacía sólo seis meses que había acabado en el hospital apestando a alcohol barato  y la cabeza abierta. Quince días en cama enganchado a goteros y máquinas dan margen para la reflexión  pero no para cambiar una vida. Mis padrastros habían demostrado quererme, les sentí allí en todo momento,  la mano de ella agarrando la mía, velando por un demonio que no veían. Les debía al menos la posibilidad de creer...

Tras mi estancia hospitalaria los estudios empezaron a mejorar, me alejé de la noche y de sus inquilinos, empecé a sentir que tenía una familia, a valorar mi suerte. El año académico terminó, y fueron ellos los que  insistieron para que asistiera a la fiesta de graduación... sólo tres condiciones: volver entero, feliz y a la hora pactada.  Ellos no estarían para vigilarme, tenían una cena importante. Un posible ascenso laboral estaba en juego y llegarían tarde, sin hora prevista de vuelta. Yo sí la tenía, y cumplí.

¿Se puede pedir a un gato que no juegue con ratones? Creían  que sí... El amor transforma la percepción de la realidad aunque la realidad siga siendo tozuda.

Lena iba a ser mi compañera de graduación, mi chica para el baile. Cuando se lo pedí sabía de antemano su contestación. En cierta forma  ella era muy especial, mi alma gemela, capaz de mantenerme la mirada  y sonreír. Sabía quién era y eso curiosamente no la alejaba, quería más de mí.

La fiesta de graduación se celebraba en el pabellón del Instituto. Entramos por separado, ella con su grupo de amigos, yo sólo. Salvo nosotros nadie conocía nuestra relación. La música no me gustaba, aparentaba seguir el ritmo, divertirme, pero mi mente estaba en otro sitio. Nos mirábamos continuamente, nos buscamos, incluso mantuvimos unas palabras cruzadas, unos gestos de complicidad que pasaron desapercibidos para el resto. Era parte de nuestro juego. Me susurró algo al oído. Después la vi salir  a la hora acordada. Detrás de ella una sombra, y tras ambos, mis pisadas.

Mis pupilas están hechas para la noche,  se abren en la oscuridad hasta captar cada uno de sus matices, cada una de las hebras que la tejen. No me costó seguirlos en la distancia. La espalda de él ancha, pesada, en un principio no me permitía verla a ella que debía caminar por delante a escasos metros de su perseguidor. Pasado el parking doblaron por una de las calles que vertían al Café Central, pero antes de llegar a él se internaron en un callejón. Les di algo de tiempo. Después seguí sus pasos hasta esconderme tras unos contenedores y  observé.

Veía tan claramente como si la luna  estuviera exclusivamente a mi servicio, iluminando  aquello que le pedía. Se besaban. Estaban dentro del coche de él, un descapotable con el que le gustaba seducir a sus jóvenes conquistas. Sabía quién era, todos creían conocerle  en el Instituto, el nuevo profesor de deportes, un chico joven por el que madres e hijas suspiraban, el yerno perfecto. Yo lo escogí para nuestro juego, una obra con tres actores en la que ninguno representaría el papel que el guion recogía.

Los hombres son curiosos, el sexo les ciega literalmente, anula todos sus sentidos periféricos. Mientras la desnudaba precipitadamente no me vio acercarme. Mi corazón se aceleró cuando mi mirada coincidió con la de Lena. Me sonreía, estaba excitada, degustando  el momento que estaba por llegar. Sus ojos eran dos pozos negros sin alma que brillaban a la espera de mi primer golpe. Ella quería ver la muerte en primera persona,  disfrutar de cada matiz: la expresión de sorpresa, la incredulidad, la angustia, la sensación máxima de poder. Era el pequeño secreto de Lena, un secreto que ahora compartíamos... 

Lo habíamos planeado minuciosamente. Ella debía insinuarse los días previos a la graduación, dejarse querer, poniendo las miguitas necesarias que lo guiaran a ese lugar y ese momento, donde yo aguardaría como el tercer actor de  nuestro teatrillo particular.

Vi sorpresa en sus ojos, angustia e incredulidad mientras  la vida se le escapaba... El era fuerte, grande, y le presionaba el cuello cada vez con más intensidad... Hasta el mismo momento en que se apagó,  Lena no dejó de buscarme en la oscuridad esperando un cuchillo salvador que nunca llegaría. Uno, dos, tres tajos que la liberasen del troll que tenía encima. No entendía que estaba pasando, ella no era la que debía morir.

También observé cómo él la contemplaba después de romperle el cuello,  con una expresión que identificaba como mía, podía sentir su ritmo cardiaco acelerado, excitado... Vi como la introducía en el maletero, cómo arrancaba el coche, cómo recomponía su rostro y afloraba de nuevo la sonrisa seductora con la que se disfrazaba cada día del yerno perfecto.

Mientras se alejaba guardé, en el cajón secreto de mi memoria, las fotografías de esos instantes en espera de las muchas que estaban por venir, y que alimentarían mi alma sin necesidad de matar, otros lo harían por mí. Sonreí a la noche mirando el reloj. Antes de la una estaría en casita durmiendo plácidamente, entero y muy feliz... Empezaba a valorar a mi nueva familia y no quería decepcionarlos, su hijo sería bueno para ellos... :)

 


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