Érase una vez en Rebis. Capítulo 28. Lágrimas para el día de Reyes

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Poco faltaba para que la cabalgata de los Reyes Magos recorriera la avenida Prometeo, repartiendo a manos llenas alegría, color y unas buenas dosis de caramelos marcados con el sello de garantía del Ministerio de Sanidad. Tras las celebraciones de Navidad y Año Nuevo, el día de Reyes suponía el fin de las vacaciones invernales, y aunque un par de días más tarde los nacimientos, los muñecos cantarines vestidos de Papá Noel y las buenas intenciones volverían a cubrirse de polvo y olvido en el rincón más oscuro de los hogares, era esperado con igual ilusión por grandes y pequeños.

César caminaba por las calles engalanadas con Julia de la mano. Para su primer día de Reyes juntos, el chico había invertido todos sus ahorros y el préstamo conseguido de los compañeros –a devolver en cómodos plazos en la forma de clases particulares de criptografía–, en una delicada cadena de plata de la que colgaba una gota de resina, de reflejos de miel y sin insecto lapidado, que suponía más falso que la sonrisa del vendedor que intentó endosárselo. Pensaba dársela tras el paso de la comitiva y esperaba, deseaba, que fuera del agrado de la chica. Julia, por su parte, se había adelantado a la tradición, entregándole nada más verlo una vieja cazadora de piel desechada por su padre tras el fatídico día en que la cremallera estalló presionada por la oronda barriga patriarcal, y sobre la que la chica había desplegado toda su habilidad castrense hasta darle un aspecto como jamás antes tuvo. Prácticamente tuvo que escaparse de casa con el regalo envuelto bajo el brazo para que el cabeza de familia no se la confiscara entre promesas de futuras dietas. César la lucía en ese momento, ajeno al intenso olor que desprendía la prenda engrasada y que provocaba alguna que otra mueca de desagrado entre la población circundante, el pequeño cofre que guardaba la cadena oculto en un bolsillo interior. Era inmensamente feliz.

Su relación con Julia sólo se veía empañada aquellos días en los que Pepito Grillo se levantaba con ganas de hacer su fastidioso trabajo, recordándole lo poco sincero que era con la chica, remordimiento que se hacía extensivo a toda Rebis. En esas ocasiones, lo único que podía disolver los densos nubarrones amasados por la mala conciencia era su férrea autoconvicción de que la anunciada guerra entre planetas jamás llegaría, de que nunca tendría que abandonar su vida en la estación. Entre tanto los meses pasaban, tiempo que ocupaba en asimilar las enseñanzas que les impartían una serie de especialistas sin rostro ni nombre que después no daban muestras de reconocerlo cuando se los cruzaba por la calle.

Los jirones de mensajes capturados a Nelson dejaron muy pronto de suponer un desafío para César y salvo una minoría que hablaba del movimiento de tropas, tan escuetos que hacían imposible su rastreo, no eran más que gajos de órdenes internas sin importancia estratégica que hacían pensar que, por muy alienígena que fuera, el enemigo tenía una manera de discurrir extrañamente humana.

Las fuerzas policiales ya abrían paso a la cabeza de la comitiva cuando un potente rugido se impuso al espeso barullo tejido por cientos de voces anhelantes, haciendo que todos giraran la atención hacia una motocicleta de gran cilindrada. A horcajadas sobre la Viggo rojo fuego –la dorada seguía en el dique seco desde el atentado de semanas atrás–, el cuerpo vestido de cuero de la monja se convertía en blanco obligado para todas las miradas. «Algo muy gordo debe estar cocinándose para que Constanza venga a buscarme llamando la atención de esa forma», pensó César, así que se despidió de Julia con un torrente incoherente de excusas que no logró mitigar su enfado, el beso que dibujaba con los labios perdido en el vacío tras una rapidísima finta de la joven, para saltar con urgencia sobre el asiento de la motocicleta que ya apuntaba hacia el tráfico abierto, sintiendo en sus espaldas las miradas de todos los ocasionales espectadores de semejante desaire para un día de Reyes.

–No sabes la que me espera cuando vuelva –se lamentó César–. ¿Qué puede ser tan urgente?

–Vamos a lanzar la flota contra Nelson –fue la lacónica respuesta de Constanza, y César no pudo más que pensar en la lágrima de ámbar empaquetada y sin entregar.

 

*        *        *

 

Nacho era el piloto de su pentágono, y uno de los jóvenes más íntegros de toda la estación. Noble, apasionado, defensor de las causas justas,… no era de extrañar que Sebastián Canela lo hubiera reclutado para la organización clandestina que lideraba bajo las mismas narices de las autoridades rebisianas. Por el contrario, con Tina jamás se había planteado el acercamiento, pues era incuestionable que su corazón y su lucha pertenecían a Rebis. Aún así, utilizando en beneficio propio sus prácticas de incursión, la joven se encontraba en ese momento en el hangar donde la rama humana de Los Hermanos se hallaba reunida al completo, y si bien Nacho debería haberse sentido seriamente enojado con ella, sólo pudo apresarla en un silencioso abrazo, buscando en el afiebrado cuerpo que tan bien conocía el sosiego que no alcanzaba desde que comenzaron los preparativos para el combate.

Los antagónicos cánticos y plegarias que guiaban los ministros de las distintas religiones operantes en Rebis se entrelazaban entre sí creando un Todo consolador que devolvía algunas migajas de paz a los aterrados corazones. Un grupo de no creyentes, respetando con su silencio al resto de compañeros entregados a la oración, fue haciéndose cada vez más numeroso bajo el morro de un entrañable navío comercial que había sido precipitadamente armado para la batalla, donde encontraron una reconfortante camaradería hecha de apretones de manos y sinceros deseos de buena suerte. Al poco se escuchó las primeras estrofas de una vieja canción marinera –«Ya me marcho de aquí, linda dama española…»–, y lo que comenzó como un susurro en boca de uno de los más veteranos fue ganando adeptos entre los congregados bajo la aeronave comercial hasta que todos terminaron cantando la tonadilla con intensa emoción, completando el estrambótico himno de aliento que inundaba el hangar. La actividad volvió con una explosión de órdenes dadas a gritos y chirrío de armamento arrastrado, y con ella llegó el difícil momento de la despedida.

–Tina. Sabes que te quiero. ¿Verdad?

–Sí ya, pero me lo dice un hombre condenado –respondió con amargura la chica, arrepintiéndose al momento de tan duras palabras fruto del miedo a la pérdida–. Perdona, no quise decir eso, pero es que aún no entiendo porqué te vas a jugar la vida por algo que nos es ajeno.

»Me prometiste que volverías a ser el Nacho del que me enamoré. ¿Recuerdas?

–Y lo volveré a ser. Digo… Lo soy, de verdad, pero ahora debo irme.

Nacho plantó un rápido beso en los crispados labios de Tina y salió disparado hacia donde se congregaba su unidad, lanzando una última mirada al lugar que segundos antes había ocupado junto a la chica, sombra que ya se perdía entre el gentío embutido en gruesos trajes de combate espacial. Sobre el suelo metálico, entre manchas de grasa y pisadas apresuradas, una única lágrima daba testimonio de su presencia en el hangar.

 

B.A.: 2018


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