LA CONSULTA (4 minutos)

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A decir verdad no me sorprendió que estuviéramos allí sentados tan sólo dos personas. En las últimas citas había comprobado que la sala de espera cada vez tenía menos pacientes. Desde luego el hecho no lo atribuía a que Don Emiliano fuese más ágil en sus diagnósticos, sino a la fuga paulatina de pacientes a otros médicos del ambulatorio.

Don Emiliano, ciertamente, se tomaba su tiempo en cada valoración y eso provocaba voces airadas y quejas de aquellos que no aceptaban que para una simple receta tuvieran que esperar hasta el desespero. Desde su llegada, hacía un año, su media diaria de pacientes había pasado de veinte a tan solo tres o cuatro, entre los que me encontraba.

Aquella mañana era el primero de su exigua lista así que Don Emiliano no me hizo esperar. Una vez dentro de su consulta me preguntó extrañado si conocía el motivo por el que útimamente acudía menos gente a visitarle. Por respeto, y cierta admiración a su persona, quise dulcificar un poco la realidad, y dentro del abanico de respuestas que se deslizó antes mis ojos me decanté por una universal:

-El calentamiento global - le dije sin más.

- Por supuesto -repuso tras unos instantes de reflexión- La subida de la temperatura debe de incidir positivamente en la disminución de los casos de gripe y otras enfermedades comunes. Es usted una caja de sorpresas mi querido paciente.

Mientras hablaba escribía a su ritmo habitual. Sus movimientos podían ser hipnóticos si mantenías la mirada fija. Parecía dirigir un adagio. Su mano derecha flotaba sin rumbo aparente sobre el teclado hasta localizar la letra deseada. Seguidamente hacía descender con gran precisión su “dedo de pulsar” para, por último, presionar delicadamente el objetivo. Así, letra a letra, hasta formar una palabra, una frase, un párrafo.

Pasados diez minutos, y con mi nombre y apellidos ya tecleados, levantó la mirada del ordenador y aunque tan sólo quería cambiar de antihistamínico decidió hacerme una exploración completa bajo el incontestable argumento “es mejor prevenir que curar”.

La evaluación duró un par de horas, no más, debido a que  el otro paciente había amenazado con largarse en varias ocasiones, cosa que Don Emiliano no podía permitirse, por lo que agilizó la  última prueba, el palpo rectal, al que dedicó -según manifestó- menos tiempo del que merecía un paciente tan cortés como yo.

Al tiempo que me vestía, empezó a prescribirme, letra a letra, una analítica completa, escáner cervical y un electrocardiograma. Por supuesto me fui sin los antihistamínicos. Después de tan exhaustiva exploración se me olvidó el objeto de la visita. Daba igual, me había dado cita para el día siguiente, quería determinar con exactitud el motivo de los continuos estornudos y picor de ojos que me estaban consumiendo... :)


 



 

 


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