Érase una vez en Rebis. Capítulo 29. Patrulla orbital

Por Arecibo
Enviado el 07/11/2018, clasificado en Ciencia ficción
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El oficial Mancuso, de la policía de patrulla orbital rebisiana, olfateó con deleite el glaseado de la rosquilla recién desenvuelta. El turno de tarde no había hecho más que comenzar aquel día de Reyes y no había nada mejor en el mundo que un vaso de café bien caliente y un bollo tierno para despertar el estómago adormilado.

–¿Te apetece un trozo, chaval?

–No gracias, Señor.

El patrullero en prácticas Guillermo Vómer agarraba los mandos con excesiva energía, el cuerpo inclinado hacia delante, forzando la vista hasta límites absurdos en un vano intento de ver más allá de lo marcado por la pantalla verde del radar. «Ya aprenderá a relajarse», se dijo para sí Mancuso y arrancó de una buena dentellada un cuarto del bollo. Ñam.

–No sé lo que os habrán enseñado en la escuela, chaval –alcanzó a decir tras empujar la masa azucarada con un largo trago de café. Glub, glub, glub–, pero puedo asegurarte que este trabajo es de mucha paciencia y poca acción.

–Sí, Señor.

–Olvídate de la apasionante vida que prometen las películas de policías.

–Sí, Señor.

–Tendrás mucha suerte si una vez a la semana aceleras esta monada –dos toques cariñosos al salpicadero del vehículo patrulla,  toc, toc–, para ir tras las luces de algún niño pijo al que le ha dado por probar la potencia del nuevo bólido que le ha regalado papá.

–Sí, Señor.

–No me gustaría que te desilusionaras.

–No lo haré, Señor.

–Cuanto antes aprendas esta lección mejor para los dos.

–Así lo haré, Señor.

Mancuso no era duro con el chico por mera demostración de poder. Detestaba malgastar el tiempo y no sería la primera vez que el cadete de turno abandonaba la patrulla de órbita a los dos meses de comenzadas las prácticas por destinos más… interesantes. «Somos pocos los que soportamos estas largas jornadas de vigilancia –se dijo el veterano patrullero tras una nueva dentellada a la rosquilla, Ñam–. Es necesaria la férrea disciplina de un maestro de Kung-Fu. Glub. Y si no se siente capaz de aguantarlo, mejor que lo diga cuanto antes y todos tan amigos. Ñam, ñam. Glub».

–Si no te sientes capaz de aguantarlo, mejor que lo digas cuanto antes y todos tan amigos.

–Lo aguantaré, señor.

–Eso espero, chaval.

Los compañeros de pentágono de Guille se hallaban afinados en el vehículo escoba que los seguía a varios cientos de metros de distancia y en piloto automático. Asistían en silencio a las aburridas lecciones que a través de los altavoces les llegaban de la astronave en cabeza, bostezando ostensiblemente ante la falta de actividad. Dos de ellos ya habían comenzado a jugarse la paga con una baraja manoseada para hacer más soportable la espera de su turno.

–¿Habéis escuchado los de ahí atrás?

–¡Sí, Señor! –respondieron al unísono los cuatro chicos y volvieron a sumirse en el hastío.

 

*        *        *

 

–¡Vaya! Al fin y al cabo parece que hoy va a ser vuestro día de suerte.

Mancuso podía distinguir pequeños brotes de luz en la dirección que le marcaba el radar de la patrullera. «Seguramente traficantes de juguetes electrónicos y productos perecederos ilegales –comentó en atención a sus jóvenes discípulos mientras se hacía con los controles del vehículo patrulla–. Todas las Navidades se repite la misma historia, aunque este año se han retrasado un poco».

–¿Base? Aquí Mancuso. Detectado posible delito de tráfico ilegal en marca 6 Punto 1. Solicito refuerzos.

–¿Oficial Mancuso? Base a la escucha.

»¿Qué tienes hoy para mí, Gerardo?

–¿Bea? ¡Qué alegría volverte a oír! ¿Dónde te habías metido?

–Disfrutando de unos días libres, aunque con los sobrinos de vacaciones y las compras de Navidad ya me dirás.

–No puedo decir que te envidie.

–Ja, ja. Créeme cuando te digo que no se lo deseo ni a mi peor enemigo. ¿Qué me cuentas?

–Posible tráfico ilegal en marca 6 Punto 1. Bea, necesito refuerzos urgentes. Y muchos, por lo que indica el radar.

–Cursando petición. ¿Te han detectado?

–No lo creo. Petunia activó el inhibidor de señales nada más establecer contacto.

–¿Petunia? Eres único bautizando a tus vehículos patrulla. Alguna vez tendrás que contarme la historia. Espera un momento, me llega respuesta… Mmmmm, lo siento, pero los refuerzos van a tardar. Se ha producido un accidente grave con muchas astronaves implicadas al otro lado de Rebis respecto a tu posición. ¡Vaya casualidad! Me preguntan si podrías acercarte para ampliar el informe.

–Voy con cinco cachorrillos, pero si mando de vuelta al vehículo escoba podré acercarme lo suficiente para observar. Listo. Allí van.

–¡¿Qué son esas burradas que oigo?!

–Nada, Bea. A los chicos les ha sentado fatal el perderse la diversión –el vehículo aceleró en silencio, alejándose rápidamente de la astronave rebosante de voces juveniles que mentaban a todo ser vivo o muerto en varios centenares de kilómetros a la redonda–. No se lo tengas en cuenta.

–Entiendo Gerardo. Las malditas hormonas… ¿Por qué no me explicas lo de «Petunia»? Tenemos tiempo.

–Qué cotilla eres.

–Porfaaa…

–De acueeerdo. Petunia era una tía mía a la que quería mucho. Murió de lampetra hace unos años.

–De lampreta… ¡Pobre mujer! Nadie podía imaginarse que existiera una enfermedad más terrible que el cáncer.

»Cuánto lo siento, Gerardo. No debería haberte preguntado.

–No seas tonta. ¿Qué ibas a saber? Además, me gusta recordarla y por eso bautizo con su nombre a mis vehículos patrulla. Este ya es el cuarto.

»¿Sabes? Ella fue la que me lo enseñó todo sobre las astronaves… y sobre las mujeres

–¿Y se puede saber qué te enseñó de nosotras?

–Pues la primera lección que me dio fue que a una chica con una voz tan dulce como la tuya hay que invitarla a una buena taza de café…

En esa línea continuó la conversación mientras el vehículo patrulla se acercaba cada vez más al punto de conflicto, con un Guille silencioso e invisible en su asiento de copiloto a fin de no parecer demasiado interesado en ella –aunque no perdía detalle de los recursos de su superior en el exquisito arte del flirteo, y ya tenía en mente el nombre de una compañera con la que no le importaría experimentar–. Absorto en sus posibilidades con Margarita estaba cuando la porción de universo que se abría ante ellos se transformó violentamente, escapándosele una sonora blasfemia a través de la fina línea que trazaban sus jóvenes labios.

–Chico, contrólate.

–¿Qué pasa Gerardo?

–Aquí el figura, que se ha asustado. Parece ser que nuestros amigos no han llegado a un acuerdo y se están zurrando de lo lindo. Bea, necesito esos refuerzos ¡ya! Todos los que puedan venir. Fragatas y cañoneras si es posible. Esto es muy gordo.

El campo visual se había llenado de astronaves, disparos de energía y explosiones, y restos de múltiple procedencia flotaban en todas direcciones. La palidez del chico aumentó varios grados cuando un rostro deformado chocó contra la luna de la patrullera para seguir su camino hacia la eternidad, envuelto en una nube de sangre congelada que destellaba como un puñado de rubíes.

–¡Bea! Aquí no puedo hacer nada yo solo. Haz lo que tengas que hacer pero envíame a todo el mundo.

–¿A todos, Gerardo?

–¡¡¡¡Atoooooodoelmundooooooooooooooo…!!!!

–Chaval, o te controlas o te arreo un bofetón.

 

B.A.: 2.018


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