ELREGALO (4 minutos)

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Dentro de la infinita gama  de colores  que existían en el mercado sólo el berenjena era el apropiado para el bolso que me disponía a buscar. Tampoco podía ser grande ni pequeño. El cierre de cremallera, con solapa imantada,  y debía contar con bolsillos y departamentos interiores suficientes. Respecto al  peso, liviano y fácil de llevar.

Estos eran  los pequeños detalles que sutilmente, mi  futura amada esposa, me había proporcionado para su regalo navideño y, por supuesto, no podía fallarla.

La empresa no parecía complicada teniendo en cuenta que me encontraba en la calle comercial más importante de Madrid, cuyos escaparates en esas fechas estaban a rebosar de bolsos y otros complementos.

Así  inicié la que iba a ser una prometedora tarde navideña. Primero el regalo, y después una esperada  velada de  arrumacos y amor incondicional que me iba a  transportar -dicho en boca de mi querida-  al nirvana...

Vistas las diez primeras tiendas empecé a dudar del bolso y por ende de los arrumacos…, aunar todas esas características en el mismo artículo no iba a ser tarea sencilla. El berenjena no parecía estar de moda, ni de venta en las tiendas. Era hora de realizar una llamada y proponer cambiar  el citado tono por otro más versátil y comercial como el negro o un beige suave, o incluso arriesgar con un fucsia o un verde pistacho.

Tras el tercer “NO” telefónico de mi amada -el último, por cierto, un tanto hostil-  entendí que la noche de desenfreno corría serio peligro, por lo que decidí virar la nave a un “Sí cariño”,  y continuar con la búsqueda de la berenjena perdida.

La cosa pintaba mal. Cansado y aterido de frío, empezó a nevar. Bajo los geométricos copos el  tiempo transcurría sin freno,  y por mi mente empezaban a pasar ideas tan peregrinas  como hacerme con un spray de pintura o en su defecto cambiar de mujer. Pero pronto deseché ambas posibilidades. La primera debido a que los tiempos de secado eran excesivos, y la segunda porque  me había hecho ya a la idea de lo de llegar al nirvana esa misma noche y estaba, por tanto, perdidamente embravecido.

De repente se hizo la luz. Allí, tras aquel escaparate brillaba, con la fuerza propia del color berenjena, el bolso más lindo que mis ojos habían visto jamás, con su cremallera y solapa imantada, su tamaño y apariencia liviana…, era perfecto. Antes de entrar en la tienda me incliné en señal de agradecimiento y recé una breve oración.

Cerrada la compra no pude dejar de llamarla para confirmar el hallazgo. Emocionado respondía a cada una de sus preguntas sobre las características del bolso con un "Sí" categórico, sin ambigüedades ni medias verdades. Lo había conseguido...

O eso pensé, hasta que me recordó algo, el segundo regalo que por lo visto había comprometido. Unos zapatos a juego, de medio tacón, con lazo arriba, y por supuesto, berenjena...  :)

 


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