DULCE VENGANZA (5 minutos)

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Eran como un pequeño ejército organizándose en la noche para atacar. Sus ojos resplandecían en la penumbra advirtiéndome que nunca se olvidarían de mí.

Cada día se mostraban más atrevidos. Nadie me creía cuando intentaba explicar que yo no era quien escondía las cosas, dejaba las luces encendidas o correteaba de madrugada por los pasillos.

Insistí para que los bajaran al trastero, que ya no los quería. Pero papá, después de soltarme un rollo del que apenas recuerdo nada, me dijo que lo mejor era dejarlos donde estaban, ocupando los estantes de mi habitación. Una vieja colección de trece marionetas, en la que el Clown, con su burlona sonrisa y su gorda nariz roja, era quien manejaba los hilos.

Desde luego sabían pasar desapercibidos. Eran muy cuidadosos y siempre dejaban las pruebas necesarias para señalarme como culpable de sus correrías. Ellos hicieron desaparecer a “Calcetines”, mi querido gatito, y ahora les escuchaba cuchichear de madrugada, al pie de la cuna de mi hermana, pero no iba a permitir que ganasen esta vez.

Lo tenía decidido, esa noche iba a tomar la iniciativa. "Saber esperar es la clave del éxito", eso le escuché decir a Bob Esponja en uno de sus episodios, y aunque no tenía muy claro a qué se refería eso hice, esperar.

Todo estaba preparado, oculto aguardaba con la respiración contenida. Apenas podía ver, sólo unas hebras de luz se filtraban por la persiana, pero no necesitaba más, conocía bien la habitación y por dónde iban a entrar... 

Un tenúe crujido me alertó. Habia sembrado el suelo de patatas fritas y era complicado sortearlas sin pisar alguna. Estabán ahí, trece sombras avanzando sigilosas hacia su objetivo. Podía ver al Clown a tan solo unos pasos,  un destello metálico en su mano derecha me recordó a quien me enfrentaba. Esperé inmóvil hasta que retiró bruscamente la sábana, pero para su sorpresa no encontró a mi hermanita en la cuna, su lugar lo ocupaba yo, y ante su mirada de perplejidad ataqué primero.

Fui una centella, un relámpago furibundo cansado de perder. Primero estiré el brazo izquierdo para bloquearle y con la derecha accioné mi espray de nata cegándole. Después, de un rápido palmetazo, le arrebaté el suyo, que cayó al suelo rodando lejos de su alcance. Aunque intentó reaccionar ya era tarde. El resto de sombras reían mientras accionaban sus espráis y jugaban a tirarse cojines.

Tanto ruido despertó a papá que no tardó en aparecer. Cuando abrió la puerta se quedó boquiabierto, no sabía que decir. Vi cómo se ponía rojo y parecía que me gritaba, aunque  le escuchaba como en las películas: distante y a cámara lenta. El castigo iba a ser muy, muuy gordo, y la verdad, lo tenía difícil para explicarme.

La habitación era un desastre-desastre, todo revuelto y salpicado de nata y patatas. Y mis archienemigos, los malditos títeres,  tirados por aquí y por allí parecían verdaderamente sólo muñecos. En esos instantes la única que se mostraba ajena al lío en que me había metido era mi hermanita, que salió gateando de debajo de la cuna, cogió al Clown entre sus bracitos  y mientras le chupaba la cara, dijo con   una gran sonrisa,  “Sophi tamben quere nata”...  :)

 

                   Para mi pequeña Sophie

 


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