CACHITOS DE FELICIDAD (5 minutos)

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Hace un mes mi pediatra me confirmó lo que no quería escuchar. Tras valorar las radiografías de mi muñeca y carraspear para colocar la voz, nos informó que a mis catorce años ya había crecido todo lo que tenía que crecer. Con un poco de suerte podría sumar un par de centímetros, lo que acompañado de unas buenas alzas quizá me permitiría alcanzar el metro y medio de estatura.

Lástima, mis sueños de dejar de ser el más bajito de la clase se complicaban sobremanera. Todavía me quedaba la esperanza de ser tocado por un rayo divino y convertirme en superhéroe. Con superpoderes todo se sobrelleva mejor.

Mientras intentaba asimilar el golpe, la doctora pasó a explicar la situación a mis padres. Utilizó para ello un gráfico en el que aparecían una sucesión de siluetas de tamaño decreciente acompañadas de su percentil correspondiente. Su dedo índice se desplazó lentamente de derecha a izquierda hasta fijarse encima del último hombrecito. Ese parecía ser yo. Por detrás de mi percentil, el diez, solo habitaba un perturbador vacío.

“Por suerte, concluyó la doctora, el niño está bien proporcionado, y tanto la longitud de todas sus extremidades como el tamaño de la cabeza están dentro de los cánones clásicos de belleza, además no tiene fimosis”.

Estas palabras, a la espera de convertirme en superhéroe, me tranquilizaron bastante. No era cabezón por mucho que mi madre se empeñara en llamármelo cada vez que discutíamos. Menos mal, bajito y con aspecto de Pin y Pon era demasiado para un adolescente lleno de inseguridades. Lo de la fimosis ya lo buscaría en la tablet, aunque fuese lo que fuese era una preocupación menos a la que atender.

La verdad es que el veredicto de la pediatra ya lo veía venir. De siempre he sido el más pequeñito de todos: en la sala de neonatos, en la guarde, en primaria y también ahora en secundaria. En general este hecho me ha dado más problemas que alegrías. Mis compañeros tienden a confundirme con “Buzz Lightyear“, y  les resulta especialmente divertido lanzarme por los aires para comprobar  cuánto aguanto en vuelo. Menos mal que en esos malos momentos ahí está Tinita Bolt para ayudar a levantarme.

Dicen de Tinita que tiene los pechos mejor colocados de secundaria, y que son magnéticos, y que, aunque uno lo intente no puede dejar de mirarlos. Debido a ello, y al resto de sus generosas formas, su cabeza pasa totalmente desapercibida. Creo soy el único que no está afectado por ese influjo y que la puede mirar a la cara sin dificultad. Por eso sé qué hace veintidós meses lleva bracket, y que debajo de sus gafas hay unos ojos preciosos, y que quiere ser veterinaria, y que le encantan los hámsteres y llora cuando un gorrión se cae del nido.

A Tinita siempre le ha gustado hablar conmigo, y me sonríe cuando nuestras miradas se cruzan. Incluso me ha acompañado a casa alguna vez. Creo que le gusta que la escuche. Por lo que cuando me preguntó si iba a ir al baile de fin de curso, algo en mí me dijo que tal vez tuviera alguna oportunidad. Los sueños a veces dejan de ser sueños y se hacen realidad. Y para mi fortuna, así fue…

Qué guapa estaba. Subido al taburete la veía al otro lado de la pista de baile. Era un fruto prohibido, un ángel tocado por todas las bendiciones. “¡Fíjate en mí, fíjate en mí, fíjate en MIII...!”, gritaba por dentro con la respiración contenida. Hasta que “Lionel Richieo quizá esos superpoderes que tanto ansiaba, obraron el milagro.

Nada más empezar a sonar “Endless Love” nuestras miradas se encontraron y vi cómo se acercaba…Se abría paso entre la multitud como Moisés lo hizo en las aguas del Mar Rojo. Estaba en una nube. Solo ella y yo. Con ternura me bajó del taburete y en volandas me arrastró al centro del universo.  Sus cálidos pechos abrazaban mi cabeza por ambos lados, amortiguando todo sonido exterior, Lionel sonaba tan distante…

Cientos de planetas giraban a nuestro alrededor. Volábamos por encima de las miserias, de los malos momentos, de las penas que acechaban. Por primera vez tuve conciencia de que mi vida merecía ser vivida. Tinita y yo éramos piezas de un mismo puzle, que por separado no significan nada,  pero que una vez se encuentran cobran todo el sentido. Sí, durante el tiempo que dura una canción, puedo decir que fui simplemente feliz... 

Jam Louvier, abril 2019.


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