Mi querido ángel

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Ella tenía un don. Desde muy pequeña había sentido la carga  de esa responsabilidad. Un legado que le pesaba desde antes de nacer, y que le había acompañado desde el  primer latido de su corazón, cuando su mundo se reducía al vientre materno.

 Aunque su madre ya no estaba, seguía escuchándola tan cercana que podía sentir su presencia.  Aquella voz sin aristas se percibía como una melodía difícil  de olvidar...

 "Eres un ángel, le repetía una y otra vez, un ángel muy especial mi querida Bella, algún día  continuarás sola el camino...Ven pequeña, mira el mundo que te rodea, aprende a observar, a distinguir la verdad y la mentira (...)

(...) Ves cómo se retuerce, sabe que el esfuerzo es inútil pero se niega a reconocer su final. Pronto llorará, nos implorará, maldecirá, gritará, pero al final todos se derrumban, y cuando eso suceda podrá liberarse de sus pecados. Uno a uno te los irá contando Bella, entonces estará listo para abandonar este mundo. 

 El dolor purifica, les acerca a la luz. Tienes que aprender querida, no apartes la mirada mientras te enseño dónde y cómo debes aplicar el bisturí...

 Ven pequeña, ahora prueba tú,  mi ángel... Muy bien, que no pierda mucha sangre, tiene que darle tiempo a contarnos todos sus secretos (...)"

  Sí, aquella cálida voz siempre despertaba cuando iniciaba una nueva búsqueda. Sentía cómo mamá se retorcía en su interior, sus bocados de advertencia, el desplegar de sus alas al avistar un monstruo. Mamá podía oler la podredumbre del alma. Daba igual el disfraz que utilizara, ella siempre captaba ese olor...

El coto de caza de Bella no eran las  cloacas del inframundo, tenía otras prioridades. Sabía que las almas corruptas que pudiera encontrar allí, acabarían pagando con creces el camino elegido. El destino de sus moradores estaba decidido de antemano.  Traficantes, proxenetas, pandilleros no exigían de su talento ni de su tiempo...

 Bella escogía sus manzanas en otros cestos, de entre fruta lustrosa y exquisita donde la herrumbre arraigaba oculta tras el brillo de la apariencia. En los días de trabajo mamá se agitaba nerviosa siguiendo rastros ocultos, buscando almas que merecieran nuestra atención...

 Sin duda, aquél  era un buen vecindario. Calles limpias y seguras, orilladas por amplias casas  ajardinadas, donde era habitual ver gente hacer running o disfrutar de su suerte. Un lugar para ver crecer feliz a una familia.

 Una de esas casas esperaba a Bella. Mientras se acercaba sintió como mamá se retorcía en su interior, sus susurros de advertencia, manteniéndola  alerta, marcando los tiempos para no errar. Bella sabía quién se ocultaba tras la puerta que acababa de abrirse. Un rostro afable y risueño la recibió, un Alma por purificar...

  “Hola Bella, te has adelantado, no te esperaba tan temprano querida. Diste sin dificultad con la casa, ¿verdad?...Pero pasa, pasa, no te quedes ahí, hace frío y no me gusta ver padecer más de lo  necesario (una mentira).

Los niños han salido un rato mientras les preparo las camas (una mentira). Como te comenté, más de un día tendrás que quedarte aquí con ellos, en casa del abuelo.  Es un viejo gruñón, un militar de los de antes, pero no te dejes intimidar por el General (risas).

Acompáñame querida, te enseño las habitaciones y el resto de estancias que vais a utilizar… ¡Ah!, y una pequeña sorpresa, el nuevo cuarto de juegos. Lo ha preparado especialmente el General para que los niños tengan su rincón. Serás la primera en verlo tiene muchas cositas con las que divertirse (una verdad)...” 

Bella la siguió con una sonrisa. Parecía feliz y despreocupada aunque sintiera con más fuerza los susurros de mama, “no te confíes mi pequeña, presta atención a cada detalle, y nunca dudes...”

Era una casa grande de tres plantas y sótano. Todo extrañamente limpio y ordenado. Una tenue melodía de música clásica flotaba en el ambiente. Los dormitorios de los niños, los aseos, la cocina, cada rincón parecía una secuencia de fotografías de una revista de decoración, y como en las revistas solo se echaba en falta una cosa, la vida.

De vuelta a la planta baja observo el sinfin de fotos familiares que tapizaban la pared de la escalera. En varias pudo distinguir al Alma junto a su padre, una llamó su atención. El General vestía de uniforme, como en muchas otras, pero sus ojos eran distintos, creyó distinguir algo en ellos, pero antes de que pudiera acercarse el Alma tiró suavemente de su mano...

Ya tendrás tiempo de entretenerte querida.. Los niños están al llegar y quiero enseñarte el sótano, allí está el cuarto de juegos”.

La penumbra inundaba aquella estancia. Era muy grande, de paredes lisas y frías. Tres pequeñas ventanas filtraban los últimas hebras de luz, que parecían consumirse por instantes pintando de gris cada rincón del sótano. No había muebles, solo un montón de cajas apiladas aún por desembalar, y al fondo un armario y una sucesión de estantes a medio vestir que ocupaban toda la trasera de la habitación.

¿A ver si lo encuentras? -dijo el Alma con un brillo diferente en los ojos-. El General ha hecho un gran trabajo, un cuarto de juegos muy especial -prosiguió, señalando una de las puertas del armario- . Se entra por ahí, tras los abrigos, el fondo del armario se desliza hacia tu izquierda, ¿No es genial? , qué niño no quiere tener su cuarto secreto. Entra tu primero Bella..., a tu derecha está el interruptor"

Mientras abría la puerta, Bella percibía la excitación contenida del Alma, el martilleo de su corazón, las prisas por empezar a jugar...El ratoncito estaba a punto de caer en la trampa...

Menuda alegría se van a llevar los niños. Sería increíble que los esperaras dentro, les encantaría…Venga pasa, están a punto de llegar”

Bella pareció vacilar, aunque si alguien hubiera visto su rostro podría haber distinguido algo parecido a una sonrisa. Dentro no le costó deslizar el fondo del armario, ni  localizar el interruptor, pero no encendió la luz, la oscuridad era su amiga y decidió abrazarla como tantas otras veces…

Un..., dos..., tres..., cuatro, contó el Alma extrañada. Ningún ruido, ningún grito. Algo fallaba pero el Alma no entendía qué. Siempre era igual, el General lo preparaba todo el día antes, los plásticos, la limpieza, los nuevos juguetes..., todo listo para conducir a la confiada oveja al redil. La chica sólo tenía que pasar el umbral y el General se hacía cargo de la situación, una descarga seca antes de que sus manos dieran con el interruptor y asunto terminado, empezaba el juego.

En la penumbra del sótano un miedo inexplicable empezó a asfixiar al Alma, un temor que la erizó la piel. Percibía una presencia que no entendía, una presencia densa y fría que le hacía sentirse ratón. Quiso dar un paso atrás, pensar unos instantes, pero su mano avanzaba hacia el cuarto, hacía el interruptor. Lo sintió bajo sus dedos y lo pulsó. Después del  “Click”,  luz.

¡Dios!, no podía ser…Le costó reconocer al General tendido en la camilla de juegos,..., su cara, sus brazos, su cuerpo, qué le habían hecho. Aquello   iba mucho más allá de sus oscuras fantasías... Aún se movía..., sus cuencas vacías se dirigieron hacia donde estaba, y emitió algo parecido a un grito, un sonido gutural que la atravesó, rasgándole cada una de las células. Creía conocer los límites del horror, del dolor, del placer, pero ante aquello el Alma supo que era una simple aprendiz.

¿Quién, quién, quién...?", repitió sin comprender, pero no le dio tiempo a girar, una descarga en el costado le nubló la mente, después un golpe, el suelo... dolor y oscuridad...

 Bella cerró despacio la puerta insonorizada. En una sola noche había sacado todos los secretos al General, y en verdad eran muchos.  El Alma también hablaría, todos lo hacían, sólo requería unas horas, tal vez días, de su atención y habilidad...El dolor purifica, limpia los pecados, pensaba Bella, mientras escuchaba la cálida voz de mamá guiar sus pasos…

 "Muy bien mi ángel, que no pierda mucha sangre, tiene que darle tiempo a contarnos todos sus secretos..." 

 

 

 


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