Vecina un poco de leche (parte 1/3)

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Era un lunes por la mañana. Cuando desperté el reloj ya marcaba las 9:00 AM, mi tía había salido de compras y su esposo a su trabajo. Yo me encontraba de vacaciones, pero aun así mi tía me hizo despertar temprano para que limpiara la casa. Aun medio dormida bajé a la cocina y me preparé un cereal para desayunar. Mientras desayunaba paseaba por la casa (es mi costumbre caminar cuando como cereal), abrí la puerta corrediza del patio y salí para contemplar el día.

Hacia un día soleado con unas cuantas nubes, el césped se sentía agradable bajo mis pies desnudos, el calor del sol también me resultaba agradable y el viento movía ligeramente mi cabello. De pronto sentí que alguien me miraba; giré hacia mi izquierda y vi que se trataba de uno de mis vecinos.

Este vecino es nuevo en el vecindario, solo hacía dos semanas que vivía en la casa de al lado. Era un tipo alto, de al menos 45 años, características afroamericanas, ojos de color negro, sin cabello y un poco llenito, brazos algo marcados y con vello. Me miraba detenidamente y era algo que me perturbaba. Lo miré unos instantes y lo saludé sin querer, el me devolvió el saludo con una sonrisa y pude ver que sus dientes eran de un color amarillento.

- Hey niña, buenos días, qué linda amaneciste hoy – me decía mientras se acercaba a la cerca que dividía nuestros patios –.

- Amm hola, buenos días… gracias… jejeje – le devolví el saludo más fingido del mundo –. Era un tipo que no me agradaba en lo más mínimo; no sabía por qué, había algo que no me gustaba.

- Veo te vas despertando – me dijo mientras me miraba de arriba abajo –. Me gusta tu pijama, niña, deja ver unas lindas piernas. Cuando lo escuché caí en la cuenta que había salido al patio solo en una camisola grande y vieja.

Dejé caer el plato de cereal en el césped y me metí de inmediato a la casa, roja de vergüenza. Subí hasta mi habitación y me quedé recostada un tiempo. Una vez pasada la vergüenza me quité el camisón quedando solamente en pantis. Me puse frente al espejo y comencé a mirarme: estaba toda despeinada después de levantarme. Como mi cabello es largo y de color castaño, me gusta llevarlo suelto. Seguí mirándome y noté que mis pezones comenzaron a ponerse duritos ya que hacia un poco de frio dentro de mi habitación.

Al final me puse una blusa top negra sin mangas, debajo un bra rosa, un short corto de mezclilla y unos tenis negros. Me encanta usar short ya que me deja lucir mis piernas. Al fin y al cabo, tenía que limpiar la casa y quería andar cómoda.

Cuando bajaba las escaleras escuché que llamaban a la puerta, pensé que era mi tía que regresaba de las compras y necesitaba ayuda, así que abrí la puerta sin preguntar de quien se trataba. Sin embargo, no era mi tía quien llamaba si no mi vecino de antes. Me quedé parada en la puerta sin decir nada hasta que el habló.

- Hola vecina, ¿está tu tía en casa? – me preguntó mientras me miraba como antes –.

- No, lo siento, salió de compras – le conteste casi al instante –.

- ¿Me dejas pasar? voy a buscar un poco de leche.

- Claro que no puede pasar – le conteste casi riéndome por la forma tan altanera en la que lo dijo –, si quiere leche vaya al supermercado a comprarla.

- Vecina no seas así, déjame pasar – decía mientras penetraba en la casa.

- Vecino... usted no puede pasar a mi casa así como así. Salga, por favor, o tendré que llamar a la policía – mi voz se escuchaba chillona y asustada –.

- Dame la leche y me voy, solo eso, está ahí en la nevera; ve, te espero aquí, – lo miré incrédula y de mala manera fui a la cocina por la leche –. Regresé al instante con un brick de leche y se lo acerqué para que se lo llevara.

- Vecina, está muy linda.

No respondí nada y ambos quedamos un momento en silencio, hasta que yo lo rompí.

- Aquí está la leche; retírese por favor.

De pronto se me acercó y comenzó a mirarme los pechos, me tomó de un brazo y me hizo dar media vuelta y me abrazo por detrás.

- ¿Qué... está haciendo? ¡Suélteme!

Pero él me abrazaba fuerte por la cintura y me tenía sujeta junto a él.

- Usted me tiene loco vecinita, cada vez que sale a hacer algún mandado hace que me den ganas de… – restregó su pelvis contra mis nalgas y de pronto sentí que algo crecía y empujaba mi pompis –.

Comencé a pelear para zafarme de él, hasta que le di un pisotón. Me soltó y yo salí corriendo hacia arriba; subí las escaleras y rápido me metí al baño; cuando estaba a punto de cerrar la puerta, el vecino me alcanzó y me derribó para que no la cerrara.

- Vecina, mire cómo me tiene el pene – se agarraba su entrepierna obscenamente mientras me miraba –. Me puse en pie para no mirarlo y tratar de salir del baño.

Cerró la puerta detrás de él y comenzó a desabrocharse el pantalón hasta que se sacó la verga. Sin saber cómo, me tomó la mano y la llevo hacia su pene.

- ¡¿Qué estás haciendo?! – grite, al mismo tiempo que trataba de retirar mi mano –.

- Solo tócala un poquito, siente como me la pones al verte – decía al tiempo que se acercaba hacia mí –.

- ¡¡¡Ayuda, ayuda!!! –comencé a gritar. Cosa que aprovecho para soltarme y colocarse detrás de mí, solo que esta vez me tomo de los pechos y comenzó a apretarlos suavemente.

- Quítate la blusa vecinita, me gustaría ver tus tetas – me decía con tono lujurioso –.

Como no le hacía caso, se llevó una de las manos a su bolsillo y sacó una navaja.

- Quédate quieta preciosa, no querrás que te haga daño – me tomó de la blusa y me la rompió por detrás, junto con el brasier –. Mis pechos dieron un pequeño bote por lo ajustado de las prendas e inmediatamente estas cayeron al suelo.

Instintivamente tapé mis pechos con mis manos y lo miré a la cara.

- Eres un pervertido.

- ¿Quieres salir de aquí, preciosa?

- Déjame en paz.

- ¿Quieres salir?

- Solo vete.

- Haz lo que te diga y te dejare tranquila o si no… – Puso su navaja en mi cuello y con eso capté el mensaje –.

- Me tienes loco – me tomó de la mano y me llevó hasta mi cuarto, cerró la puerta una vez que pasamos y me tiró sobre la cama.

Ahh… - caí boca abajo y de inmediato me tomó de los pantalones y me los empezó a quitar. Comenzó a sobarme las piernas y a besármelas.

- ¡Que piernas tan deliciosas tienes! ¡Me vuelves loco cuando usas faldas o shorts! - Me decía mientras las acariciaba -.

Y es que no lo culpo, mis piernas son lo mejor de mí; como salgo a correr, mis piernas están firmes y suaves al tacto. Después me abrió las piernas y comenzó a tocar mi coñito.

Comencé a gritar, cuando sentí sus dedos en mis labios vaginales.

– Cállate, trato de chupártelo. –


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