Vecina un poco de leche. (Parte 2/3)

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Yo empecé a sentir cómo su lengua húmeda me tocaba por dentro.

En ocasiones la metía hasta dentro, lenta y suavemente para después recorrer mis labios menores. Yo estaba completamente a su merced, e inmediatamente empezó a torturar mi clítoris con la punta de su lengua. Las sensaciones que sentía hicieron que mi espalda se arqueara y dejara escapar un pequeño gemido.

Después comenzó a tocarme los pechos, con sus dedos apretaba mis pezones de una forma delicada pero fuerte, haciendo que el placer que estaba sintiendo se multiplicara, después sus manos bajaron a mi cintura, mis nalgas, todo lo que quería de mí.

- Me gusta… ahh… me gusta la calidez de tu sapito vecina… - decía mientras entraba y salía de mí -. Me gustan los coñitos con poquitos vellitos vecina… mmm… nunca imaginé que fueras tan perfecta.

De pronto con sus dedos separó mis labios vaginales.

- Qué rico clítoris tienes vecina, me gusta cómo se te hincha hasta parecer un botoncito.

Y diciendo eso le dio unos ligeros toques con la punta de la navaja y sentí unos ligeros espasmos en mi pelvis.

- ¿Te gustó, vecinita? – decía al mismo tiempo que pasaba la navaja por mi clítoris, por mis pezones y por todo mi cuerpo –.

– ¿Qué… es… lo… que quiere… de mí? – pregunté apenas recuperándome de todas las sensaciones que había sentido –.

- Quiero follarte, vecina; desde que te vi he querido follarte toda.

– Por favor no, se lo suplico, no me haga nada...

Me abrió las piernas y comenzó a besar mi coñito, sentía como me lo humedecía al pasarme su lengua llena de saliva, después comenzó a chuparme los pechos, primero el izquierdo y luego el derecho, con sus labios apretaba mis pezones mientras pasaba su lengua rápidamente por la punta de mis pezones. Sentí unas cosquillas en ellos a la vez que sentía que se me ponían duritos. En eso el vecino agarró su pene mientras me ponía de rodillas en la cama.

 - Mira vecina, este es un amigo que ha querido conocerte desde que te vi

Su pene era grande y un poco grueso. Era la primera vez que veía el pene de un hombre; anteriormente había visto los penes de los caballos cuando intentaban montar a las yeguas en el rancho de mi abuelo y eran muy grandes, sin embargo el pene de mi vecino era muy parecido, menos en lo grueso. Me tomó del cabello y me metió su pene en la boca.

Puse cara de asco y cerré mis ojos, pero me ordenó que los abriera y que lo mirara directamente a la cara.

– Mírame a la cara y chúpalo… vamos… mmmm… métetelo todo en tu boquita, vecinita…

– Brbr… brbrb… rbrbrb… – sentía arcadas cada vez que me penetraba y mis ojos comenzaron a lagrimear por lo mismo –.

Me tomó con sus dos manos la cabeza y me empujó para que se lo chupara más profundo. Su pene apenas cabía dentro de mi boca aun así mi lengua recorrió cada centímetro de su pene y pude conocer el sabor de ese negro pene. Sentía que no podía seguir teniendo su pene en mi boca, así que como pude me separé de él, lo miré mientras tosía y noté que estaba completamente cubierto de mi saliva; pequeños hilos de saliva caían sobre la cama y unos cuantos conectaban su pene con mi boca.

De pronto me tomó y me tiró sobre la cama. Sin darme tiempo de reaccionar abrió completamente mis piernas, lenta y suavemente introdujo su pene, aun mojado por mi saliva, en mi coñito mientras me miraba a los ojos.

– ¡Mírame! – me grito –.

Sentía como su pene entraba poco a poco y el dolor que me causaba me hacía temblar.

– Qué apretadito está aquí dentro vecinita, nunca imagine que fueras virgen. Creía que alguien más ya te habría desflorado antes.

Me tomó de las caderas y de una sola embestida me metió su pene; sentí cómo me desgarraba al entrar y salir completamente de mí. Dejé escapar un leve grito al tiempo que me la metía con más fuerza, sentí como algo caliente emanaba de mi coñito y escurría por mis piernas.

– ¡Uy!... sí… mmm… qué rico se siente mi pene dentro de tu vagina apretadita.

Me lo metía con más fuerza con cada embestida, me tenía bien agarrada por la cintura y me embestía salvajemente. Sentía como su pene chocaba con la entrada de mi útero pero en vez de dolor, lo que sentía eran pequeñas descargas de placer.

Al poco rato el dolor había desaparecido y en su lugar un mar de sensaciones que nunca había sentido me ponía la piel chinita.

– Mmm… mmm… mmm… mmm… – gemía con cada embestida –

Al escuchar como gemía me puso como una perrita en la cama, me agarró el pelo y empezó a metérmela despacio y al final fuerte, completamente hasta dentro, como a él le gustaba. Después me la metía más rápido, más rápido y más rápido.

– Mmmmmmm… aaahhhhh…–ahhh ahhh ahhh… mmmm…

Por la forma en cómo me trataba sabía que le gustaban mis gemidos, y yo gemía con cada una de sus embestidas.

–Te gusta ehh... ahh ahhh ahhh… eres una vecinita muy putita… ¿lo sabias?… ahh... Ahhh… ¿te gusta que te la meta duro verdad?

Me mordí el labio inferior y puse cara de niña buena; me miro y pude ver cómo lo excitaba mi gesto.

De pronto me cargó en sus brazos y me la comenzó a meter. Me subía y me bajaba, me subía y me bajaba en su pene solo para escucharme gritar mientras me la metía toda.

– Ahhhh ahhhh… dete...nn...tee…ahhh… mmm ¡¡¡paraaa!!!

– No puedo… me gustas mucho vecina… no puedo.

Seguía más y más rápido dándome continuas embestidas con su polla, penetrando mi coño hasta el cuello de mi útero.

– Ya no puedo maaas.... ahhhhhh decía yo entre gemidos constantes.

– Vecinita, qué bien te estoy follando, creo que estoy a punto de correrme.

 Yo siento cómo llega mi primer orgasmo y como mi cuerpo se tensa cada vez que siento llegar un espasmo.

– Si…córrete encima de mi… si… ven si… más rápido, le pido, presa del placer que estaba sintiendo. 

Me daba fuerte con su polla cada vez más rápido, mientras me chupaba las tetas y me daba pequeños mordiscos en mis pezones.

Mis pezones pasaron de su color rosa oscuro a rojos a causa de los mordiscos que me había dado.

– Ya, por favor te suplico dejameeeee.

En eso su lengua recorrió mi pezón y me excité todavía más.

– Suplícame, me gusta escucharte pedir piedad.

Me puso contra la pared y dejo de cargarme para después levantarme una pierna y seguir follándome. Me miro y me besó.

– Dime si te gusta así… mmm… vas hacer que me corra en cualquier momento… que putita eres y no querías al principio.

De pronto se salió de mí y me tiro al suelo. Caí acostada al tiempo que él se agarraba la verga y comenzaba a masturbarse.

– Uiii si… ahh… prepárate vecina… que te bañaré toda.


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