Esa rara enfermedad que no era una enfermedad

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Las heladas del invierno humedecían el techo de chapa y se formaban pequeñas gotas que caían sobre mi cama. Para no mojarme me tapaba hasta la cabeza con las frazadas como escondiéndome de un fantasma. Dormía en la parte de arriba de la cama cucheta que compartía con mi hermano.

La casa tenía una cocina, dos habitaciones divididas por un viejo ropero de madera y un baño que quedaba afuera. Como el baño era una heladera, y mamá no quería que saliéramos de noche para que no tomáramos frío, nos dejaba una palangana en la cocina para hacer pis.

El baño afuera siempre fue un problema. No tenía inodoro y era frío. Papá había construido una letrina con ladrillos rojos. El piso era de tierra con algunas baldosas grandes que había colocado a manera de islas para que no pisaramos el barro. Recuerdo que mientras me secaba pisaba con cuidado las baldosas para no salpicarme con barro los pies.

En la mañana, antes de ir al colegio, nos bañábamos con un calefon eléctrico, de esos de plástico con resistencia de aluminio. Mamá ponía una estufa eléctrica, de esas con dos velitas de cuarzo, para calentar el ambiente. Teníamos que bañarnos lo más rápido posible porque el calefon contenía 22 litros de agua que se terminaban en un abrir y cerrar de ojos.

Mientras mi hermana se bañaba y yo daba vueltas en la cama, mamá preparaba el desayuno. Tenía 10 años y me costaba levantarme. Pero cuando el aroma del mate cocido y las tostadas, untadas con manteca y dulce, llegaban a la pieza, yo saltaba de la cucheta para ir a desayunar.

Mientras desayunábamos, mamá improvisaba una tabla de planchar en una esquina de la mesa: desplegaba un toallon y allí nos planchaba los guardapolvos. A ella le gustaba que fuéramos impecables a la escuela. ¡Cuiden el delantal!, nos decía antes de irnos.

En el camino, Sandra, mi hermana, siempre se encontraba con alguna amiga. Juntas se adelantaban unos metros mientras se reían haciendo travesuras. Yo caminaba detrás, pensativo y angustiado, estaba preocupado porque el tiempo pasaba y no me curaba de esa rara enfermedad que me hacia gustar de los hombres.


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