Un regalo para Lena (reescrito, 6 min)

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La noche había transcurrido según lo planeado. Tenía todavía el sabor a fiesta en los labios y me hubiera gustado continuarla, pero les había fallado tantas veces que esta vez sí cumpliría lo dicho. Sería un buen chico, llegaría a casa antes de la una de la madrugada, limpio de problemas y con una sonrisa en la cara. Había conseguido despejar sus dudas, formar parte de una verdadera familia, y quería conservarla.

Hacía sólo seis meses de mi alta hospitalaria. Quince días en cama enganchado a goteros y máquinas dan margen para la reflexión. Para seguir jugando sin defraudar a mis padres debía ser más cauteloso, no dejar detalles al azar. Ellos siempre habían estado ahí, cuidando de su niño, daba igual las mentiras que les contara. Les debía al menos la esperanza, la posibilidad de creer...

Tras mi estancia hospitalaria los estudios empezaron a mejorar, me alejé de la noche y de sus inquilinos, empecé a sentir que tenía una familia, a valorar mi suerte. El año académico terminó, y fueron mis padres los que insistieron para que fuera a la fiesta de graduación... sólo tres condiciones: volver entero, feliz y a la hora pactada.  Ellos no estarían para vigilarme, tenían una cena importante. Un posible ascenso laboral estaba en juego y llegarían tarde, sin hora prevista de vuelta. Yo sí la tenía, y cumplí.

¿Se puede pedir a un gato que no juegue con ratones? Creían que sí... El amor transforma la percepción de la realidad aunque la realidad siga siendo tozuda.

Lena iba a ser mi compañera de graduación, mi chica para el baile. Cuando se lo pregunté sabía de antemano su contestación. En cierta forma ella era muy especial, mi alma gemela, capaz de mantenerme la mirada y sonreír. Sabía quién era y eso curiosamente no la alejaba, quería más de mí.

La fiesta se celebraba en el pabellón del Instituto. Entramos por separado, ella con su grupo de amigos, yo sólo. Salvo nosotros nadie conocía nuestra relación. La música no me gustaba, aparentaba seguir el ritmo, divertirme, pero mi mente estaba en otro sitio. Nos mirábamos continuamente, nos buscamos, incluso mantuvimos unas palabras cruzadas, unos gestos de complicidad que pasaron desapercibidos para el resto. Era parte de nuestro juego. Me susurró algo al oído. Después la vi salir a la hora acordada. Detrás de ella una sombra, y tras ambos, mis pisadas.

Mis pupilas están hechas para la noche, se abren en la oscuridad hasta captar cada uno de sus matices, cada una de las hebras que la tejen. No me costó seguirlos en la distancia. La espalda de él ancha, pesada, en un principio no me permitía verla a ella que debía caminar por delante a escasos metros de su perseguidor. Pasado el parking doblaron por una de las calles que vertían al Café Central, pero antes de llegar a él se internaron en un callejón. Les di algo de tiempo. Después seguí sus pasos hasta esconderme tras unos contenedores, y desde allí observé.

Veía tan claramente como si la luna estuviera exclusivamente a mi servicio, iluminando aquello que le pedía. Se besaban. Estaban dentro del coche de él, un descapotable con el que le gustaba seducir a sus jóvenes conquistas. Sabía quién era, todos creían conocerle en el Instituto, el nuevo profesor de deportes, un chico joven por el que madres e hijas suspiraban, el yerno perfecto. Yo lo escogí para nuestro juego, una obra con tres actores en la que ninguno representaría el papel que el guion recogía.

Los hombres son extraños, el sexo les ciega literalmente, anula todos sus sentidos periféricos. Están a lo que están, el resto no existe. Así que mientras la desnudaba precipitadamente me acerqué sin dificultad hasta el coche. Mi corazón se aceleró cuando mi mirada coincidió con la de Lena, me sonreía, estaba excitada. Sus ojos, dos pozos negros tan oscuros como su alma, brillaban en espera del momento que estaba por llegar. Ella quería ver la muerte en primera persona, disfrutar de cada matiz: la expresión de sorpresa, la incredulidad, la angustia, la sensación máxima de poder. Era el pequeño secreto de Lena, un secreto que ahora compartíamos... 

Lo habíamos planeado minuciosamente. Lena debía insinuarse los días previos a la graduación, dejarse querer, poniendo las miguitas necesarias que lo guiaran a ese lugar, donde yo aguardaría como el tercer actor de nuestro teatrillo particular.

Lena, mi querida Lena, lo había conseguido. Iba a presenciar ese momento mágico, de poder absoluto, que había experimentado desde muy pequeña con insectos y otros animalillos que se prestaban a jugar con ella. Pero esta vez iba a ser distinto, cruzaría una frontera sin retorno. Era mi regalo, el regalo que esperaba mientras se dejaba manosear, besar, mordisquear, por esa asquerosa ovejita que tenía encima. Un peaje barato que pronto nos cobraríamos con creces. En unos minutos todo habría terminado...

Es curiosa la percepción del tiempo. Inventamos el reló en un intento de domarlo, de controlarlo, a través de rígidos mecanismos que solo sirven para atarnos a rutinas, de encajar nuestra vida en un corsé tejido por reglas horarias. Pero el tiempo es mucho más que una sucesión de segundos, el tiempo tiene mil aristas que se amoldan a cada situación, estirando o acortando los instantes en función de nosotros mismos, del color cambiante de nuestra alma. En esos momentos previos al final de esta historia, el tiempo discurría como una sucesión de fotografías. Podía detenerme en cualquiera de ellas para degustar cada uno de sus pixeles, o bien pasarlas sin más en busca de la siguiente.

La primera instantánea se centraba en  Lena, en su expresión de sorpresa, de angustia, de incredulidad. No entendía que estaba pasando, el troll la estaba apretando el cuello cada vez con más intensidad, le faltaba el aire, intentaba revolverse escaparse de unas manos que llevaban la muerte impresa. Los ojos de Lena no dejaron de gritarme, de luchar, de buscar el cuchillo prometido hasta el mismo momento en que se apagaron. "Rájalo ya, rájalo ya, a qué esperas cabrón…”

En la siguiente fotografía el troll contemplaba a Lena después de romperle el cuello.  Podía sentir su ritmo cardiaco acelerado, la adrenalina que circulaba por sus venas , el miembro a punto de estallar... Nuestras almas se fundieron, éramos uno, y nos gustaba, nos gustaba mucho. Aún convulso me fundí en las sombras para ver cómo el troll introducía el cuerpo de Lena en el maletero, cómo arrancaba el coche, cómo recomponía su rostro y afloraba de nuevo esa sonrisa seductora con la que se disfrazaba cada día del yerno perfecto. La cacería había terminado.

Mientras se alejaba guardé, en el cajón secreto de mi memoria, esas instantáneas en espera de las muchas que estaban por venir, y que alimentarían mi alma sin necesidad de matar, otros lo harían por mí. Sonreí a la luna tras mirar la hora. Antes de las doce de la noche estaría en casita durmiendo plácidamente, entero y muy feliz... Empezaba a valorar a mi familia y no quería decepcionarlos, su hijo sería bueno para ellos... :)


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