Si tiene que suceder, sucederá. Parte 1.

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Siempre he pensado que cuando las cosas están destinadas a suceder, suceden, sin que haya que forzarlas.

 Cierto día al fallar mi auto algo lejos de casa, acudí al taller más cercano y debí esperar por la reparación varias horas, por lo que me sugieren "matar el tiempo" en un balneario cerca al taller. Al llegar al restaurante, me acomodo en una mesa con vista a la piscina. Pido unas cervezas, y al rato noto viniendo de la piscina tres llamativas figuras femeninas, y al acercarse descubro que una es Hannia, en un seductor, diminuto y revelador traje de baño.

Ella es mi concuña y vecina, mujer preciosa que observo casi a diario, pero, con muy poca relación entre nosotros. Poseedora de una figura deliciosa de 1.68 cm, y probablemente por el calor de esta zona usualmente viste shorts muy sugestivos, tops y minisetas, que dejan visible su fina cintura y su atractivo ombligo, que resaltan ese sabroso cuerpo y silueta de 32 años.

 Al vernos y reconocernos, nos dirigimos un simple "hola", ambos algo asombrados. ¿En que anda por aquí tan lejos de la casa? dice ella, y yo contesto con un: "Lo mismo te iba a preguntar". Ando paseando con mi hermana, prima y sobrinos. Yo replico: "el auto me falló, está cerca en reparación y estoy haciendo tiempo". Sin dejar de mirar mis cervezas, agrega: "Ah, ok, nosotras vamos por unos refrescos. Dichoso Ud., con este calor, cervezas" esbozando una pícara sonrisa. Yo con gesto de invitación digo: "si gustan". A lo que señalando a los niños, su hermana, dice: "si no anduviéramos con cola", ríen y se alejan. Yo quedo observando el bamboleante trasero de Hannia alejarse, ella voltea, me pilla, sonríe pícara, y continua su camino.

Al cabo de poco más de una hora de entretenimiento mirando la gente en la piscina, y varias cervezas, veo que Hannia y Sofía, vienen hacia donde yo estoy. Al llegar junto a mi mesa, pregunta: ¿Hasta qué hora vas a estar aquí? Yo asombrado por la pregunta respondo: "sigo esperando el auto, asumo por lo menos dos horas más. ¿Y por qué la pregunta?". Hannia explica: "a mi hermana la llamaron de emergencia y es la del carro. Pero es temprano y nosotras no queremos irnos todavía, ¿tal vez podríamos acompañarlo un rato? Respondo: "claro, no es problema, más bien sería un placer".

 Luego de despedir a los niños, Hannia y Sofía, se acomodan en la mesa, pedimos cervezas. Charlamos, llegan las bromas de doble sentido, miradas pícaras, fantaseo al ver tanta piel rica y desnuda, no puedo evitar admirar y desear sus carnosos pechos, sus deliciosas y bronceadas piernas y sus hermosas caderas, ellas lo notan, pero no se disgustan ni inmutan. Transcurre el tiempo y pasado un rato muy, muy ameno, me avisan el auto está listo. Indico voy por él, y al regresar lo primero que preguntan ambas es: "debemos irnos ya?". Respondí: "yo tengo tiempo". Sofía manifiesta "nosotras también", y estamos solteras hasta el fin de semana. Ambas rieron. Mas bromas y luego de otras cervezas más, nos dirigimos al auto.

Se colocan enaguas diminutas y tops, encima de los trajes de baño, Hannia se sienta a mi lado y yo sigo sin poder evitar la atracción que ejerce su cuerpo en mí. Al llegar a la casa, Sofía nos invita a pasar por una última cerveza, que se transformaron en algunas más para mí, y no sé cuántos "shots" de tequila con limón y sal para ellas. Entre más chistes, bromas y temas de doble sentido, risas, miradas pícaras y sugestivas, la prima desapareció, dejándonos solos a ella y a mi.

Hannia se acercó, me dio un pequeño y fugaz primer beso, pero al instante nos besábamos y nos acariciábamos salvajemente apasionados. Nuestras lenguas luchaban entre sí, mi boca recorría su boca, su cuello, su nuca, sus hombros, ella se retorcía, murmuraba y gemía al tiempo que su cuerpo temblaba ligeramente cuando pasaba mis manos por sus piernas, espalda y nalgas. Rápido dejé al descubierto los hermosos senos canela, que resaltaban los ricos pezones rosados visiblemente ya duros y erectos.

Con la boca aprisioné uno, con firmeza, pero con delicadeza, y al ser succionado, chupado y recorrido por mi lengua, la hacían a ella gemir, gozar y pedir más y más. A ese momento, ya habíamos olvidado quiénes éramos, la hora, dónde estábamos y quién podía estar cerca. Mientras mi boca y mi lengua recorría sus pechos, su mano acariciaba mi erección sobre el pantalón buscando desabrocharlo. Yo por mi parte, subí su falda, bajé la tanga de su traje de baño y acaricié su pubis, sintiendo su zona genital perfectamente rasurada.


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