La tarea de la U (Parte 2)

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Han pasado varias semanas desde aquel primer encuentro sexual con Sara, la sobrina de mi mujer, y las tareas de la U han tomado un rumbo inesperado, dando origen a aventuras y situaciones inesperadas y asombrosas pero atrayentes. 

Según ella misma relata, lo hacía antes y sigue haciéndolo ahora, a propósito, para provocarme, para excitarme, permanece en su habitación con la puerta abierta, y eso no sería relevante si no fuera porque lo hace, en pequeñísimos pijamas de cacheteros y blusas cortas de tirantes muy reveladoras y sugestivas.

 Otras veces deambula por la casa, principalmente cuando no está mi mujer, vistiendo tops y shorts tan pequeños y ceñidos, que hacen preguntarse: ¿cómo entró en ellos?, y que la hacen verse como dicen los adolescentes: "reventada, pasada de rica".

 Pero lo más llamativo es que vestida así, en esas diminutas prendas, se tiende sobre su cama o el sillón de la sala, en poses super provocativas, dizque a leer o estudiar, dejando a mi vista un panorama exquisito de su delicioso cuerpo y su rico trasero, como invitando a poseerla.

Pero lo más tortuoso, es que Sara al detectar mi presencia, acompaña adrede, pero con disimulo, esa deliciosa visión con sugerentes movimientos de su cuerpo y de sus piernas. Y disfruta tanto que la vea como saber que la veo y que eso me excita.

Pero además de gozar con su exhibicionismo, Sara es insaciable y asidua a unas actividades sexuales inusuales, y si no fuera por sus clases, mi trabajo o la presencia de la tía, todo el día pasaríamos en esos juegos y prácticas.

 Digo prácticas inusuales porque sé no es a todas las mujeres que les gustan, pero ella no solo les gusta y las goza sino que las provoca. Descubrí que Sara es adicta al fellatio, pero más al semen, su textura y su sabor.

Disfruta practicarlo hasta producirme la eyaculación para saborear y culminar tragándose el tibio líquido blanco, pero no sin antes jugar y mostrarme su boca llena y su lengua completamente emblanquecida. Ver mis distintas reacciones ante tales actos, le produce a ella inmenso placer, excitación y ganas posteriores de otras prácticas mas ortodoxas.

Otras veces inicia con la felación, para luego masturbarme hasta lograr la eyaculación sobre su cara, otras en sus pechos y a veces en el estómago, esparciéndolo con sensuales movimientos eróticos con sus manos. El placer y disfrute es mutuo, pero en ella es orgásmico lo que logra, y las imágenes cuando lo ha hecho son memorables.

También disfruta del cunnilingus a lo grande, pero lo curioso es la solicitud que me hizo desde la primera vez. Me pidió, me exigió, que cepillara mis dientes con abundante dentífrico y hasta usara un enjuague bucal mentolado antes de practicárselo.

 Igual petición me hizo, si yo pretendía mamar sus pechos y pezones o jugar en su ano con mi lengua. Y aunque raro e incómodo la complací, primero para averiguar de qué se trataba, y segundo porque no quería perder tal diversión, y por dicha no era un asunto de higiene bucal, y sí una característica que nunca antes había oído, ni tampoco después.

 Resulta que el frescor del mentol en esas partes íntimas de su cuerpo le genera a Sara, placer sexual adicional. Sentir mi aliento, lengua y saliva mentolada en su clítoris, labios vaginales, ano y pezones, acelera e incrementan el clímax de sus orgasmos.

¿Y cómo descubrió Sara esa práctica? Me cuenta un día mientras se cepillaba sus dientes, apoyó su pubis contra el lavabo, produciéndole una excitación, que prolongó restregándose contra él.

Pero no se detuvo ahí, y era tal la excitación que sin percatarse que tenía dentífrico en sus manos, empezó a masturbarse, tocándose labios vaginales, clítoris y hasta pezones, sorprendiéndose con el placer que el frescor del mentol le proporcionaba y desde ese momento se hizo adicta. Y logra orgasmos apoteósicos. 

 Yo, por mi parte, gustoso la complazco, para seguir siendo partícipe, no solo de esas increíbles y exquisitas rutinas inusuales, sino también de las usuales, comunes y corrientes. Verla gozar de esa manera y ser testigo y partícipe de ello, no tiene precio.


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