El último viaje (parte 2ª)

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De nuevo  evoca la imagen de su abuelo y del orgullo que seguro sintió llevando a tantas personas a sus quehaceres diarios, cuando no había prácticamente más medios en los que desplazarse y cada viaje era en sí mismo una aventura, teniendo incluso que bajarse a veces los usuarios a empujar cuando la máquina se averiaba o la adversa climatología hacía impracticables los otrora caminos de tierra. Buenos tiempos de solidaridad y aspiraciones modestas y por ello en cierta forma quizá más felices, hoy ya desaparecidos y que solo viven en el imaginario colectivo, perpetuándose en la cada vez más escasa tradición oral.

Hay cosas que no debieran desaparecer y perderse para siempre porque con ellas se va parte de lo que hemos sido y por lo tanto de lo que es nuestra esencia, y aunque los modernos tiempos, caprichosos y veloces, quieren borrar todo vestigio de lo que no es el ahora y el ardiente e insatisfactorio deseo de lo que vendrá, todavía queda tiempo para hacer una última cosa.....

Sentada en mi asiento, al lado de la ventanilla, me dispongo a vivir el último viaje de una línea de autobús rural que a partir de mañana ya no se realizará más. Probablemente la razón de tal decisión radica en la multitud de espacios vacíos que me rodea y que al final, siempre más bien pronto que tarde, trae como consecuencia este tipo de decisiones económicamente incontestables pero también en cierto sentido socialmente injustas, pues penalizan la vida de las personas que aún hoy precisan de este nexo entre su vida cotidiana y los servicios de todo tipo que necesitan, la mayoría de los cuales no se encuentran próximos.

La salud de cualquier ser vivo estriba entre otras cuestiones en que la vida fluya por sus redes arteriales  desde los puntos importantes hasta los más alejados, permitiendo que todos estén interconectados formando un sistema y esto mismo ocurre de alguna manera con el territorio. Nos hemos dejado seducir por una vida frenética que nos impone desplazamientos más largos y en el menor tiempo posible y nos hemos olvidado de la escala de lo cercano, de la calma, del viajar descubriendo un paisaje y detenerse en su contemplación, avistar un ave en su vuelo, disfrutar del discurrir de un río desde sus márgenes, o divisar las estrellas y la luna en el cielo nocturno.

Buena parte de mi vida la he pasado viajando por carretera en transporte público, de pequeña en las líneas que unían la ciudad con el pueblo, los días de feria acudiendo a ella, peregrinando en tardes de verano a la playa y más recientemente en ese semanal ir y venir entre la universidad y el hogar, donde los viernes son siempre felices en tanto que los domingos por la tarde son inevitablemente tristes.

En más de medio siglo muchas han sido las personas han hecho posible con su profesionalidad y entrega que este país se pusiese en marcha desde una difícil posguerra donde los motores eran casi exclusivamente de gasolina y unos pocos visionarios se propusieron con más audacia que medios transformar los jirones de una contienda fraticida en la semilla de un cierto progreso, que luego, con la llegada de la democracia se terminó de afianzar. Fueron esas primera décadas las que vieron rodar a los míticos Barreiros, Pegaso, Leyland o Avia entre otros, posibilitando la movilidad en un país adormecido en muchos aspectos aunque tremendamente vital en otros, en el que el ferrocarril no conseguía ser competitivo, algo que aún hoy se sigue evidenciando a pesar de las grandes inversiones.

Mucha gente como mi propio abuelo, dedicaron y dedican gran parte de su vida a esta vocación de trasladar a las personas, sin desanimarse ni desfallecer ante las interminables jornadas y las largas y sinuosas carreteras, al calor del estío y al crudo frío del invierno, siempre firmes y serenos al volante de sus vehículos, sin quejarse por sus muchas horas fuera de casa y las tan escasas al lado de sus seres queridos, porque su familia, también lo fuimos cada una de las personas que les acompañamos, y  por ello mismo  testigos de su buen hacer y su compromiso con su oficio, con sus máquinas y sobre todo con la gente que estuvo y esta bajo su responsabilidad cada día.

Han sido parte de nuestra historia y de nuestras vidas, personas anónimas pero a las que reconocemos en cada nuevo viaje tras unos rostros más jóvenes que toman el relevo, todos ellos leales servidores de un cometido profundamente social que contribuyó en la medida de sus posibilidades a que la sociedad superase el endémico aislamiento y avanzase.

Así pues en este último viaje, en esta día que ya termina, al menos expresar el recuerdo y reconocimiento a todos aquellos que al igual que mi abuelo consideraron su trabajo como algo más que un empleo y pusieron su tiempo y su vida al servicio y ayuda de los demás.

Gracias por ello a todos.


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