La mujer del bar

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Nada es mejor que ir al bar después de un largo viernes de trabajo. Siempre que finaliza diciembre la oficina se vuelve caótica, eran las 3:00 p.m y ya estaba desesperado por salir.

Ahora son las 9:00 y le pudo al barman una cerveza. "El Moroccio" es mi bar favorito, siempre es cálido y con una luz tenue y música suave, también porque por alguna misteriosa razón, muchas mujeres asisten ahí. Todas van con vestidos diminutos y escotes pronunciados en busca de un poco de diversión, siempre que vengo follo con alguna desconocida cuyo nombre olvido en la mañana. Hoy no va a ser la excepción, aunque esté caprichito ni es como las demás. 

La hermosura trae unos vaqueros que le marcan el enorme culo, que se oculta bajo su melena castaña. La chica está en la barra, bebiendo vino y absorta por un libro de Lovecraft. Ni siquiera nota que la miro y me alegro por ello su rostro pálido tiene las mejillas algo sonrojadas, sus preciosos ojos verdes se mueven de lado a lado leyendo entre líneas mientras se muerde los jugosos labios. Levanta la mirada y me mira, es tan hermosa que podría venirme Viéndola leer.

Me sonríe ampliamente.

Le devuelvo la sonrisa y ella cierra el libro, toma su copa y se acerca meneando las caderas. Se detiene a mi lado y veo que sus pezones erectos se marcan en su camisa de Guns and Roses. Es más bonita de cerca.

—Me llamo Ana. —dice sonriendo mientras mira mi boca, alguien quiere divertirse.

—Eric. —estrecho su manita y me la imagino haciendo barbaridades con ella.

Entre cervezas, charla entretenida y un par de miradas, la pícara Ana posa su mano en mi muslo. Me lanza una mirada seductora en busca de aprobación y se lo confirmo probando sus gruesos labios. Siento como jadea contra mi boca cuando me acaricia con suavidad. Huele a flores y vino y sabe a gloria.

Necesito probarla. La tomo de la mano y la invito a mi departamento. Le ofrezco una bebida cuando la veo entretenida con los afiches de bandas de rock enmarcados en la pared y la rechaza. Me empuja y caigo sentado sobre el sofá, y ahí, en medio de la sala comienza a desvestirse. Me es un placer desnudar a mis chicas, pero me encanta la sensualidad que se toma al hacerlo. Siento como mi polla tiene espasmos cuando veo sus braguitas de encaje rojo y sus preciosas tetas, que gritan mi nombre, exigiéndome que las chupe.

Se arrodilla frente a mi y comienza a descalzarme, yo por otro lado, le ayudo deshaciéndome de mi camisa. Mira mis pectorales y mi abdomen trabajado con morbo que me pone a mil. Toma mi cara y me da un delicioso beso, acariciando mi lengua mientras acaricio sus pálidas tetas, que caben bastamente en mis manos. Su lengua baja por mi cuello y pectorales, dando un lametón en mi pezón izquierda y una mordidita en el derecho. Besa con ternura mi cuerpo. Desabrocha mi cinturón y tira de mi pantalla y lo saca por mis piernas. Sus lindos ojos se abren de par en par al ver mi polla durísima y pegada a mi vientre.

Así es nena, es toda tuya...

La escupe y la empapa, la acaricia de arriba a abajo con delicadeza mientras lame con timidez la punta, sin meterla por completa. Sus ojos están clavados en los míos y me mira con maldad, con perversión. Rodea mi entrada con la lengua y me hace gemir, joder, me tiembla hasta el alma. Quiero que se la meta toda, está jugando conmigo, me tortura...

—Chúpala toda, bonita.

—¿Cuál es la palabra mágica? 

—Por favor, chúpala toda —se mete casi toda la polla hasta la garganta y grito de placer— ¡Joder, Ana!

La obligo a mirarme, sus ojos lagrimean y yo quiero correrme en su cara. Estoy ansioso, desesperado por estar dentro de ella. La tomo con fuerza del brazo y la arrojo boca arriba en el sofá y abre sus largas piernas para mí. Le arranco las bragas y su coñito color rosa completamente depilado brilla de lo empapado que está. Le meto el pulgar a la boca y le acaricio su hinchado clítoris, respinga al sentirme y no evito reír. Me acerco a sus tetas y beso  cada centímetro de su piel, mientras le meto dos dedos con agilidad. Me apoyo con mi brazo junto a su cabeza y pego mi frente a la suya.

Me encanta sentir sus cálidos jugos en mi mano, meto un tercer dedo y gime mi nombre. Me da suaves besitos en la cara mientras se aferra a mis hombros.

—Fóllame, Eric.

—Suplícame —le susurro y la masturbo más duro, se retuerce y gime.

—¡Fóllame, por favor, por favor! —chilla en mi oído y mi corazón se detiene por un segundo.

La penetro con fuerza y grita. Está muy apretada y empapada, el morbo me hincha el ego al saber que su vientre se retuerce y palpita por mi, me pone a mil escucharla gruñir y maldecir, gemir mi nombre.

Poseo su rica boca y me dejo llevar por el olor del sudor y su exquisito perfume, por la placentera sensación de mi dura polla deslizarse por su empapado coño, mientras gemimos al unísono. 

Salgo de ella y la volteó para follármela desde atrás, le doy un par de nalgadas hasta que se enrojecen y se la vuelvo a meter. Ella pega su pecho en el sofá y separa sus nalgas para joderla más profundo. Entro y salgo con fuerza y siento como me empapa las piernas. 

¡Qué imagen!

Su enorme y pálido culo abierto para mí, con la marca de mis manos en sus nalgas de un cálido rosado. Le meto un par de dedos y siento como le tiemblan las piernas.

—¡No puedo más! —se corre con fuerza brutal, gritando tan fuerte que hace eco incluso con su jadeante respiración.

Se siente de maravilla su interior pero necesito verla llena de mi. La volteo y me piso sobre su cabeza, con gusto ella me agarra la polla y se la mete a la boca por iniciativa. Le follo la boca con fuerza, choco contra su garganta y ella disfruta de ello. Con la mano me acaricia los testículos con suavidad y sin avisarme, mete su pulgar en mi culo. Me dispongo a detenerla pero el placer que siento es incomparable. Mete un segundo dedo y me vengo tan fuerte en su boca que la cabeza me da vueltas y me relajo poco a poco, la chiquilla se traga todo sin asco o inconveniente alguno y limpia toda mi piel.

Ha sido el sexo más rico, duro y sucio que me ha regalado una chica. Me acuesto a su lado, apretados por el limitado espacio del sofá y dejo que me bese todo lo que ella quiera.

—Después de todo, creo que quiero esa cerveza...

Se levanta desnuda hacia la cocina y regresa con cerveza y galletas de chocolate. Se acuesta en mi pecho comiendo galletas y robándome besos. Bebemos cerveza y lo único que quiero es que está noche sea eterna.


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