Amigos

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Hace años que conozco a Juan. Nos conocimos en la universidad y nos hicimos grandes amigos. Fuimos compañeros de juergas y borracheras durante esos 4 años y lo seguimos siendo ahora. Pasamos también las pertinentes resacas juntos. Cuando salimos de la universidad montamos una empresa, que aún seguíamos dirigiendo codo con codo. Teníamos nuestro propio idioma no hablado, entendiéndonos mejor de lo que nadie posiblemente nos entendería nunca. Nada más y nada menos que nueve años avalaban nuestra relación.

La empresa estaba en su mejor momento y creciendo, lo que implicaba muchas horas de trabajo, reuniones frustrantes con clientes que no saben lo que quieren y solo marean, comidas rápidas y escasas, quebraderos de cabeza... Pero el peor día llegó cuando no éramos capaces de ponernos de acuerdo en cómo tratar con el posible cliente que teníamos entre manos en esos momentos. Todos esos sentimientos que teníamos acumulados después de meses salieron aquella tarde en el despacho de Juan. Empecé por alzarle yo la voz, a lo que él me siguió. Durante lo que podrían haber sido 30 minutos, nos gritamos, nos faltamos al respeto y dijimos cosas de las que poco después nos íbamos a arrepentir. Cuando no pude más, di media vuelta y salí de su despacho dando un portazo. Me dirigí directamente al servicio que compartíamos y me encerré allí.

Nos habíamos visto muchas veces enfadados con otras personas y lo habíamos pagado con el otro, pero nunca nos habíamos hablado de aquella manera. Por algún motivo esa actitud de Juan, agresiva, de superioridad, me hizo sentir cosas que no entendía muy bien. Mientras mi cabeza rugía de furia entre mis piernas aumentaba un calor al imaginarme cómo habría sido en ese momento abalanzarme sobre él y perdernos el uno en el otro.

Me senté en la taza del baño, estaba muy cabreada y muy cachonda. Cuando quise darme cuenta, estaba recostada, metiendo una mano dentro de la camisa, dentro del sujetador para apretar mi pezón entre los dedos gordo e índice. Aquello se sentía bien, placentero. No pude evitar soltar un gemido en voz alta. Por un momento pensé que si Juan había salido tras de mí para arreglarlo podría escucharme. Pero ese maldito orgulloso no lo habría hecho, por lo que me atreví a meter la mano dentro de mis pantalones. Desabroche el botón, baje la cremallera y deje que mi mano se deslizara dentro de mi tanga. Estaba mojada. Muy mojada. Deslicé mi dedo entre mis labios, aprovechando la lubricación, me rocé, aumentando poco a poco el ritmo y con ello el calor. Mordía mi labio inferior para evitar gemir. La situación, estar en el trabajo, pudiendo ser descubierta, no hacía más que ponerme más cachonda.

Solté mi pezón para meter otra mano dentro del pantalón. Era incomodo, el vaquero apretaba mis manos, pero a la vez facilitaba el roce, por lo que de alguna forma lo hacía más placentero. Mientras con la mano izquierda rozaba mi clítoris con la derecha metí el dedo corazón dentro de mí, pensando que podría ser de Juan, que podría ser él el que me estuviera follando en el baño. Luego metí otro, sacándolos y metiéndolos cada vez más rápido. Sentía el orgasmo llegar, sentía el calor acumulándose, el placer... por lo que continué tocándome, penetrándome con mis propios dedos, hasta que me corrí.

Satisfecha me chupé los dedos que hacía unos segundos había tenido dentro de mi. Que rico sabía. Me abroché el pantalón, me recoloqué la ropa para abrir la puerta y encontrarme a Juan con un bulto entre las piernas esperándome apoyado en el quicio de la puerta.


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