DOS DIABLOS

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La abuela pandereta y el abuelo soplagaitas (motes) tenían  un huerto en la trasera de su casa, con un ciruelo de claudias, eran las ciruelas más ricas y dulces del pueblo. 
   

La buela pandereta siempre nos daba una a los rapaces  al pasar por su puerta. No se estiraba más, decía que más de una no se podía comer porqué nos producía cagalera y  nos iríamos por la pata abajo.

Los abuelos cogían las ciruelas hasta donde  podían con una vara, pero quedaban muchas en el árbol las cuales caían o eran comidas por los pájaros y otros bichos.

Otro  rapaz y yo  pensamos que era un desperdicio inútil. Mejor cogerlas nosotros, guardarlas en un lugar escondido antes de que se estropearan y darnos un festín con ellas. No pedimos permiso a los abuelos por vergüenza  miedo o respeto.

El plan era ir al oscurecer, subir uno al ciruelo, mover las ramas y el de  abajo  recogerlas con una tela extendida para que no se golpearan, así poder guardarlas entre paja en algún lugar libre de miradas indiscretas y solo saber nosotros el escondite.

Al tener un ventano en la cocina que daba al huerto fuimos descubiertos por el abuelo soplagaitas. Salió a ver qué bichos andaban en el árbol. El rapaz  de abajo al verlo salio por pies, yo al estar arriba me quede en el árbol sin saber que hacer, así que el abuelo se acerco al árbol, mirando las ciruelas caídas sin saber que un rapaz quedaba arriba.

Me dejé caer de la última rama con tan mala fortuna que caí encima del abuelo, el pobre entre que ya estaba mal de la vista, el golpe, el susto, la edad, el reuma, allí quedó medio espachurrado en el suelo. Escapé como alma que lleva el diablo a toda leche.

  Al contar los abuelos el incidente le preguntaban ¿Que rapaces hicieron esa faena? El abuelo decía  que no los reconoció al ser al oscurecer y el no estar bien de la vista.
 

Contó que no eran rapaces, que más bien pensaba que eran demonios porqué corrían mucho y desaparecieron volando, parecían seres de otro mundo con cuernos y rabo.
 

Había personas que  se lo creían y se ponían a rezar para espantar los demonios del pueblo.

 La abuela pandereta  no se separaba del rosario y  rezaba para que a los demonios le diera cagalera y no pudieran volver a comerle las ciruelas. Alguno de sus rezos fue escuchado.   

En cuanto me vio otra vez me dijo que no saliera de noche, que andaban sueltos los demonios y hasta me podían llevar para comerme las entrañas o sacarme el alma del cuerpo. (creencias antiguas) 

Eran de esos entrañables abuelos sin hijos, amables con todo el mundo, daban esas ciruelas al contrario de otros que no repartían nada y por coger una simple pera o manzana ya eras un ladrón para ellos, toda la vida.


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