La chica del pueblo (Primera Parte)

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La casa de mi tía se encuentra en un pequeño pueblo escondido entre montañas. Aquel verano quería huir de la ciudad, del trabajo y encontrarme con la naturaleza.

- ¡Tengo una sorpresa para ti! - Anunció mi tía con entusiasmo.

- Vas a conocer a la hija de mi amiga. ¡Verás que maja es! Le he dicho a su madre que tengo un sobrino muy guapo. -

- Tía... deja de decir esas cosas... la gente va a creer. - Protesté.

- Anda, anda que no andas nada... a ver si no voy a saber yo cuando veo un tío guapo.

Discutir con mi tía era perder el tiempo, no había nada que hacer. A pesar de estar un poquito molesto, en el fondo, la idea de conocer a una chica de aquel pueblo y poder pasar unos días en compañía no me desagradaba en absoluto... además, mi tía podía tener un concepto de la belleza masculina un tanto exagerado, pero con las chicas solía acertar.

- Mañana hemos quedado en la plaza, no te olvides.

- No me olvidaré. -

Hasta esa mañana prometedora faltaban todavía varias horas, la tarde pintaba tranquila y larga y el calorcillo invitaba a hacer el vago más que a otra cosa.

En lugar de ello, decidí desmontar unas sillas viejas que ocupaban espacio y no servían nada más que para leña. Suelo poner cuidado en lo que hago, pero esa tarde, el destino tenía otros planes.

Una abeja se coló con ganas de marcha en el cobertizo donde estaba deshaciendo las sillas, se puso nerviosa y empezó a volar muy cerca de mí. El nerviosismo del insecto era contagioso.

- ¡Largo! - dije haciendo aspavientos con las manos.

Al volver a mi labor, distraído intentando ver si la amenaza voladora cumplía mis órdenes, rocé el dedo incide de mi mano con una fea punta oxidada que traidoramente se ocultaba en la carcomida madera.

La herida no era profunda, pero tampoco se trataba de un simple rasguño. Sangraba.

Volví a casa y descargué medio frasco de agua oxigenada sobre el corte con el fin de desinfectarlo. Mi tía me preguntó qué me había pasado y se lo conté. Me miró la herida y dijo.

- ¡Tendría que vértela un médico! -

- Es un rasguño, tía... además aquí no hay médico, tendría que irme a otro pueblo. -

- Es cierto, no hay médico, pero hay farmacia, allí podrán atenderte. -

 Mi tía se empeñó en acompañarme a pesar de mi insistencia en que no hacía falta. Era un caso perdido.

Llegamos pronto a la farmacia, esta se encontraba totalmente integrada con el resto de casas y señalizada con una cruz verde.     

En el mostrador estaba un chico joven.

- Hola. mi sobrino ha estado jugando con puntas y se ha cortado. - Dijo mi tía con ironía a modo de presentación.

- Ya veo. Se lo digo a Laura. -

En unos segundos apareció la tal Laura, una chica joven de pelo corto, cara bonita y ojos negros. Vestía una bata blanca.

- ¡Laura! - Exclamó mi tía al verla. 

- Esta es Laura, la hija de mi amiga de la que hablé... no te lo dije, ¡verdad! esta estudiando enfermería.... Lo que no sabía yo es que trabajabas aquí. -

- Hago prácticas. Me vienen bien.

- Soy Juan. - Me presenté rápidamente antes de que mi tía fuese a decir algo inoportuno. La chica me gustaba, me gustaba mucho.

- Veamos, sí, no es muy profundo. ¿Con qué te lo has hecho? - comentó mientras me sujetaba la mano y me ponía una tirita.

- Con una punta algo fea -

- Oxidada... -

- Sí, puede ser. -

- Bueno Juan... podría ser peligroso y más vale prevenir que curar. Te vamos a poner la antitetánica. Acompáñame.

La seguí detrás de unas cortinas. Había un armario de muchos cajones que tenía pinta de ser el sitio donde se guardaban las medicinas, además había una camilla y una mesita.

Laura sacó de los cajones un frasquito, una jeringa y una aguja metida en plástico.

- En la camilla por favor. - Me indicó la futura enfermera.

Yo me senté en la camilla y comencé a arremangarme. La chica me miró divertida y sonrió. 

- La antitetánica se pone en el culete. - Me informó.

Me puse colorado. 

- ¿Dónde habré puesto el algodón? Ok lo tengo y aquí está el alcohol, veamos.

Preparó todo ante mis ojos de perrillo asustado. La verdad es que todo aquello me parecía irreal, que no estaba sucediendo.

 - Listo Juan, mejor túmbate en la camilla... antes bájate los pantalones por favor.

Obedecí y me bajé los pantalones y tiré de mis calzoncillos un poco para abajo. Ella se acercó con la jeringa coronada con la temida aguja y el algodón empapado en alcohol.

- No me seas vergonzoso, los calzoncillos más abajo, necesito que el área este bien despejada.

Su voz era bonita, cercana. Pero yo estaba nervioso y sus comentarios juguetones no ayudaban a calmarme. Obedecí y descubrí totalmente mi trasero.

- ¡Uy! que pelitos más monos crecen por aquí... relájate, eso es. - continuó con tono travieso mientras frotaba vigorosamente mi nalga derecha.

- Ahora cuento hasta tres y pincho ¡vale!. ...Una, dos...

Y sentí el picotazo. Luego, poco a poco, una sensación como si alguien me estuviese pellizcando el culo y no lo soltase mezclada con algo de escozor.

- ¿Duele? Relájate y dolerá menos... ya casi hemos terminado. -

Después de que Laura extrajese la aguja y limpiase con el algodón la zona, me subí los pantalones.

- ¿Qué tal? - me preguntó.

- Bien, escocía un poco, pero bien... se nota que sabes pinchar.

- ¡A qué sí! - Dijo entusiasmada por el cumplido.

- Oye, ya que nos conocemos... Bueno, mi madre había quedado con tu tía mañana y todo eso para las presentaciones. Ya sabes cómo son...

- Sí, lo sé. - Dije entendiendo por donde iba. - Podríamos quedar en otro sitio... y bueno, me enseñas el pueblo si tienes tiempo.

- Me parece bien. Pero el pueblo no tiene mucho que ver, me gusta más el bosque, el río... un chico de ciudad como tú no tiene que tener mucha experiencia con estas cosas. 

- Vale. Quedamos entonces - dije con entusiasmo.

- Por cierto, no olvides ponerte cómodo. -

- Y tú también. - respondí.

En parte porque me molestaba todavía algo el pinchazo y en parte porque no podía quitarme de la cabeza a Laura, esa noche tarde en conciliar el sueño.

Más tarde, soñé con ella, uno de esos sueños donde te encuentras desde amigos del colegio que no ves desde hace años hasta compañeros del trabajo, todos mezclados. Estábamos en una casa, en el campo. Laura estaba conmigo. De repente, por algún absurdo motivo que no recuerdo, querían que Laura y yo entrásemos en un cuarto pequeño y nos quitásemos la ropa. Yo no me atrevía a tanto, bastante tenía con estar tan cerca de ella. Pero ellos gritaban que querían pruebas. Así que empezamos a quitarnos la ropa hasta quedar en cueros y dejamos entrar a una testigo. En ese momento, cuando más interesante se estaba poniendo todo, me desperté.

Mi pene cálido y palpitante marcaba paquete resguardado bajo mis calzoncillos. Me sentía muy bien, pensativo, tratando de recordar más detalles del sueño. Decidí levantarme, ir a la cocina y beber un vaso de agua. Dicen que beber después de soñar ayuda a recordar lo soñado... Y yo no quería olvidarme de aquel cuarto oscuro.

(Continuará)


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