DIARIO DE UN PAJERO (III)

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Por alguna razón, simplemente no podía dejar de hacerlo, era un impulso irracional que por más consciencia que intentase tomar, me ganaba. Cuando llegaba a dichos extremos solo me dejaba llevar, olvidándome de cualquier juicio y sumergiéndome en la plástica experiencia de soñar despierto, con los ojos pegados al vacío.

Llevábamos unas cuantas semanas sin tener sexo, sí, ya hasta había perdido la cuenta; y todo eso solo incrementaban mis tendencias hacia el placer solitario, incluso había llegado a rechazarla un par de veces, diciendo que estaba cansado o que tenía mucho trabajo.

Un par de veces la había escuchado decir que las mujeres tienen mucha más facilidad para la destrucción que el hombre, claro, si es que se lo proponen. Eso simplemente me aterraba, creía que en cualquier momento solo llegaría a mi casa del trabajo y la encontraría ahí, desnuda con un hombre grande y fuerte (así llamaba ella a esos hombres que tanto le gustaban) sobre nuestra cama; o que la encontraría con mi mejor amigo ahí, pues todos vivíamos en el mismo edificio y no era difícil imaginar una situación como esa. A pesar de que quería mucho a Charlie, no confiaba en él, pues, lo conocía lo suficiente como para considerarlo un libertino, que no solo paraba con una y otra mujer cada semana, sino que también gozaba con la idea de que esas mujeres tenían maridos cachudos y estúpidos.

Cuando Charlie me contaba sus historias era inevitable no sentirme incómodo. Siempre intentaba no mostrarme reacio ante sus historias por una razón: que de esa manera lo estudiaba y por lo tanto, podía estar siempre tres pasos por delante de él.

Estos últimos días pensaba, invadido por mis paranoias, darme unas vacaciones del trabajo y fingir que aún estoy yendo a este, para espiar a mi esposa sin que ella sepa, y ver qué es lo que hace durante las mañanas cuando no estoy, aparte de trabajar; pues, a diferencia de mí, ella tenía mucho más tiempo a solas.


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