Vida a bordo (parte 1/3)

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VIDA A BORDO

Tres días llevábamos a bordo de un barco para cruceros de submarinismo. El mar que rodea cientos de islas de Filipinas era el espejo sobre el que nos deslizábamos mientras la proa de barco se iba abriendo camino rompiendo su quietud.

Ese suele ser el plazo de tiempo en este tipo de cruceros para que la gente empiece a interactuar con los compañeros de viaje que no conocía de antes.

La convivencia entre los que amamos este deporte suele ser muy cordial y cercana. Vivir en un espacio tan reducido no es fácil con dieciséis personas que bucean y unos diez tripulantes que se suelen mezclar poco con los clientes. Con algunas de ellas es complicada la comunicación por las barreras del idioma, estos viajes suelen ser internacionales, pero siempre nos acabamos comunicando unos con otros, aunque sea por señas, idioma con el que estamos familiarizados al ser el único que podemos utilizar bajo el agua.

En aquella ocasión los españoles éramos mayoría y el aforo lo completaban cuatro personas suizas y una chica canadiense. La chica, Nadin, era preciosa y llamó la atención de todos desde la primera vez que la vimos en biquini, cuerpo moreno y trabajado seguramente en el gimnasio, para deleite de los hombres y envidia de las mujeres.

Entre algunas españolas se había formado un grupito de tres que siempre estaban juntas, a una la acompañaba el marido y estaba menos integrada, pero no por eso dejó de hacer piña con las demás. Se habían convertido en un auténtico coñazo, abusando de la confianza que enseguida se fragua a bordo, pronto se dedicaron a incordiar a los demás, sobre todo a los que por deferencia y por no crear malos royos las aguantábamos unas veces mejor que otras.

Como casi nadie de los españoles hablaba inglés, yo por deferencia y para que no se sintiera aislada hablaba y gastaba alguna broma con Nadin. Hecho que no pasaba desapercibido por el grupito coñazo.

Una tarde, al hacer los grupos para última inmersión del día, ya casi de noche, nos quedamos descolgados de compañero ella y yo y le dije que bajábamos juntos porque es obligatorio bucear siempre en pareja por seguridad. Las dos plastas solteras, las más jóvenes, pero con los cuarenta ya cumplidos, enseguida empezaron a lanzarme indirectas aprovechando que la chica no entendía nada de español. Las miré con cara de guasa y les dije que si se portaban como adultas al día siguiente bucearía con ellas, dejando claro que una sola inmersión con cada una.

En plan de broma, les estaba diciendo muchas otras cosas, pero con cara de estarles siguiendo la broma. Como no eran tontas se dieron enseguida cuenta de que las estaba dejando en ridículo delante de los demás. Intentaron disimular su cabreo y aguantaron el tipo.

Nadin me dijo que a ella no le gustaba bajar más de veinte metros, pero podíamos bajar hasta los veinticinco porque era consciente de mi experiencia y se sentía segura buceando conmigo de compañero. Acordamos que los dos íbamos a ir a la misma profundidad y si yo decidía bajar a más profundidad a filmar algo interesante, ella se quedaba con el grupo y yo me unía a ella después.

Llevábamos un rato de inmersión cuando vio un tiburón a unos cuarenta metros de profundidad y me lo señaló. Por señas le dije que iba a bajar para filmarlo que no me perdiera de vista, por mi propia seguridad.

Piqué hacia los cuarenta metros de profundad y me deleité grabando el tiburón que en vez de asustarse y alejarse, se quedó quieto observándome sin perderme de vista mientas yo me deslizaba alrededor de él. Cinco minutos más tarde ascendí hasta la profundidad de mi compañera y me cogió la mano, felicitándome por la grabación que seguramente había conseguido.

Cuando subimos a la a la barca neumática para ir hasta el barco, las tres Marías empezaron a tomarme el pelo diciéndome que había bajado hasta el tiburón para hacerme el chulito delante de mi compañera a la que señalaban descaradamente sin ningún respeto. Nadin me miraba como preguntando qué pasaba al ver las risas de las tres mientras la señalaban. La verdad es que estaba empezando a cabrear con la situación, no por mí sino por ella. Le dije que nada, tonterías de niñatas y que la envidia que a veces corroe a los estúpidos y que luego hablaba con ella en el barco. Bárbara, la más joven de las tres que si hablaba inglés, me miro como si quisiera asesinarme, pero no dijo nada. 

Al llegar al barco, me fui directamente al camarote a ducharme y después me abrí una cerveza y comenté lo ocurrido con los compañeros de confianza que no habían hecho la inmersión. Una mujer no daba crédito a lo que les estaba contando y los otros coincidieron en que se estaban convirtiendo en un verdadero problema.

Al poco apareció en el comedor de popa Nadin y les dije a los demás que iba a hablar con ella. Le pedí disculpas por la escena creada y ella me contesto que no me preocupara, que, aunque no sabía lo que habían dicho era consciente de lo que estaba ocurriendo. Nos fuimos a sentar para cenar cada uno donde lo hacíamos habitualmente. Al separarnos, delante de todos, me dio un pico en los labios y después me abrazo.

- Ahora sí que les vamos a dar motivo para que hablen - me dijo susurrándome al oído.

Nos separamos riéndonos al unísono y sin ningún disimulo, mientras todos nos miraban. Unos con la sonrisa en los labios y alguna con cara de pocos amigos.

 

(Continúa en la parte 2)


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