Vida a bordo (parte 2/3)

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Al día siguiente, entre inmersiones, desembarcamos algunos a en una isla y un miembro de la tripulación nos hizo pan sobre la misma arena al estilo nativo. Una vez acabó y mientras nos lo comimos allí mismo, el sol se fue y empezó a hacer un poco de viento. La verdad es que hacía fresco, sobre todo para los que no se habían llevado camiseta.

Al subir a la barca para volver al barco, Bárbara, una de las plastas, me dijo que tenía frio y que tenía el bañador mojado porque se había caído al agua al subirse. Un chaval de la tripulación de dio amablemente una camiseta de manga larga que ella miró con un poco de asco y con razón, la tela estaba dura del salitre y no olía rosas precisamente. Hizo de tripas corazón y se la puso aprovechando para quitarse la parte de arriba del biquini que la tenía mojada.

Se sentó a mi lado y me dijo que le pasara el brazo por los hombros para darla calor y que en estos casos lo importante era la supervivencia. Yo no soy rencoroso y acepté su solicitud.

Sentada al lado se inclinó hacia mi quedando su espalda pegada a mi pecho. Mis brazos la estrecharon para darle calor y ella me los cogió pegándoselos al cuerpo para calentarse. Me cogió las manos y se las colocó directamente sobre sus diminutos pechos. Solo note los pezones de punta, duros, clavándose en mis manos. En ese momento se me ocurrió pensar que yo tenía más tetas que ella. Cada vez se las apretaba más. Ni yo me inmuté, ni mi lívido sufrió alteración alguna. 

Separé un poco los dedos y un pezón quedó entremedias a través de la tela de la camiseta. Cerré los dedos y se lo presioné un poco. Se apretó más contra mí, lo que me dio a entender que le gustaba. Lo presioné más y tampoco se retiró. Todos la teníamos por una estrecha en el terreno sexual y carente de atractivo y eso me picó para ver hasta donde era capaz de llegar.

Con su mano encima de la mía, cogí el pezón entre los dedos anular e índice a modo de pinza y lo apreté esperando su reacción. Se apretó más contra mí pero no me retiró la mano. Empecé a tirar del pezón, estaba seguro que tenía que estar haciéndola daño pero como ella ni se inmutaba, aumente la presión y tire con un poco más fuerza. Su mano atrapó la mía y fue ella, con mis dedos, quien empezó a tirar de su pezón al tiempo que se lo retorcía. La llegada al barco dio por finalizada la sesión.

Sin decirnos nada, se fue inmediatamente a su camarote a darse una ducha de agua caliente para recuperar la temperatura del cuerpo. Estaba tiritando, pero después de lo ocurrido yo no sabía si era de frío y de excitación. Pensé que seguramente se masturbaría mientras dejaba caer el agua caliente sobre su cuerpo. En ese momento me pareció que la escena había sido un poco sub-realista, sobre todo por ocurrido en una barca llena de gente apiñada. En esas estaba cuando caí en la cuenta de que mi lívido no se había alterado. Tenía la polla totalmente flácida y ningún atisbo de que se fuera a poner dura, al menos un poco.

Esa noche me tomé unas cervezas con los compañeros de viaje y le dijimos a Nadin que se uniera al grupo para que no se sintiera desplazada por la barrera del idioma. Había algunos que no hablaban inglés, pero recordaban algo del francés aprendido durante el bachillerado y eso facilitó mucho las cosas, ya que ella era bilingüe.

Bárbara estaba en su grupo de amigas y el marido de la casada, pero de vez en cuando dirigía la vista hacia nuestro grupo y la detenía en mí. A Nadin que como mujer no se le escapó el detalle de sus miradas, aprovechaba para pasarme el brazo por los hombros, acariciarme el pelo o decirme tonterías al oído.

La velada finalizó sin pena ni gloria y nos fuimos a dormir temprano porque a las cinco de la mañana nos teníamos que levantar para, después de un breve café, hacer la primera inmersión del día. Yo acabé con cierto calor en el cuerpo y la polla morcillona por el contacto con la canadiense, pero pasé de cascármela y me dormí.

 

(Continúa en la parte 3)


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