Memorias de Tito Flaco (7 minutos)

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Hola, me llamo Tito, aunque todos en casa me llaman Tito Flaco, y soy el primogénito que más se hizo esperar en todo el barrio de la Cava Alta.

Si estoy aquí, contando mi historia, se lo debo al rasgo más distintivo de papá, su perseverancia. No había nada que no se propusiera y no consiguiera. Para él, suspender dieciséis veces el carné de conducir, con dos siniestros incluidos, no era motivo para desistir, papá lo consideraba un acicate.

“Lo que más cuesta, solía decir, es lo que más se aprecia”.

Así que cuando nacieron mis primeras seis hermanitas, y yo seguía sin aparecer, tampoco se vino abajo. Al revés, cada noche lo intentaba de nuevo con verdadero entusiasmo. Lo tenía claro, no pararía hasta tener un santo varón.  A mamá, bastante dada a satisfacer los deseos de papá, este encabezonamiento empezaba a inquietarla, por lo que que cuando nació Luisita, mi octava hermana, estuvo unos meses llamándola Luisito. Incluso le dibujo un pitin bajo el ombligo, hasta que papá descubrió el engaño, con gran disgusto para él.

“ Por qué Margarita, por qué…,¿cómo has llegado a esto? ¡Ay!, cuánto duele mi Luisito…”, clamaba de dolor papá, por la pérdida del hijo que creyó tener y nunca tuvo. Pero lejos de rendirse llamó al orden a su amada y le prometió, no se sabe con qué criterio, que esa misma noche y no otra concebirían a un verdadero primogénito.

Fue entonces cuando el abuelo viendo que el asunto se empezaba a despendolar y que su soleada habitación, con tanto ir y venir de muchachos, corría el riesgo de dejar de ser solo suya, decidió tomar cartas en el asunto, y recurrir a una solución de emergencia, a “San Belarmino”.

San Roberto Belarmino, le dijo a mamá con tono monacal, llega a donde el hombre no llega.  Solo debes dedicarle un par de avemarías en el momento de la concepción, y él se ocupará de que las cosas sean como deben ser”.

Aunque mama era reacia a meter a terceros en asuntos de cama, decidió hacer caso al consejo del abuelo. Y para asegurarse que el santo la escuchase, consideró oportuno gritar su nombre en el mismo instante en el que papá, de rodillas tras ella, también gritaba el suyo: “¡Marga, ¡Marga, Margarriiiii…ta!”. Y así los nombres de San Roberto y Marga, Margarita, se fundieron en uno solo, que voló por el cosmos con un solo propósito: encontrarme. Y cansado del mundo de las estrellas decidí nacer y unirme a aquella extraña familia, aunque las cosas no serían tan guays como Marga, Margarita y San Roberto me contaron.

El parto, aunque se preveía breve, casi un trámite, se hizo esperar. Y es que cinco kilos de carne sonrosada no se liberan, así como así. Fueron necesarias dos noches de contracciones interminables, de apretones continuos, hasta que mamá pudo escuchar mi primer llanto. Un llanto cansino, pesado, insufrible, que no parecía tener fin, y que únicamente se saciaba con leche materna.

Ciertamente es complicado llorar cuando se tiene una teta en la boca. Así que mamá, viendo los resultados, decidió no retirarla y dejarla ahí de continuo, es decir, todo todo el rato.

Para mi alegría era una teta hermosa, grande, versada en el arte de cebar criaturas. Con semejante elixir crecí rápido, hasta cumplir los nueve años. Momento en que mamá, tal vez por hastío, tal vez porque mi incipiente bigote le cosquilleaba la piel, estimó había llegado el momento de que prescindiera de su pecho. Lo que hizo al descuido y a traición, aprovechando un pequeño bostezo.

Papá  cuando se enteró de la noticia se alegró sobremanera. Después de tantos años podía disponer otra vez de mamá al completo, con todas sus bondades y sin competencia. Así que sin dudarlo la instó, ipso facto, a poner un cubierto más en la mesa. La decisión era irreversible, a partir de ahora, el primogénito  debería ocupar el lugar que le correspondía, y compartiría cazuela y no teta con el resto de sus hermanas.

Volvieron entonces los lloros y un desasosiego que calaba el alma, pero papá, firme de convicciones, no cedió. Y no será que se lo puse fácil. Vivía en un desafío continuo que de poco me sirvió. Primero, amenacé con no volver a hacer pis, pero al tener problemas de vejiga  aguanté poco en ese envite. También me negué a ir a misa, sin ser entonces consciente de que mi papá era apóstata. Incluso renuncié a la vida, pero la juventud es bastante reacia a morirse. ¡Maldita sea!, tanto esfuerzo para nada.

Mi mundo había cambiado y no podía hacer nada. La resistencia no era una alternativa. Debía asimilarlo más pronto que tarde. La lactancia era el pasado. Un nuevo mundo de experiencias y sabores se me presentaba, por lo que aprovechando que la mesa familiar estaba preparada y la caldereta recién servida y humeante, me decanté por iniciarme en ese mismo momento. Y a decir verdad me gustó.

Tras esa primera comida, llegaron otras muchas, aunque por misterio divino no me engordaban. Mi metabolismo se negaba a digerir todo aquello que no brotará del pecho de mamá. Según comía lo expulsaba tal cual. Por lo que en los siguientes años al destete empecé a perder peso hasta quedarme como un tasajo. Y así, hecho un suspiro, llegué sin quererlo a la adolescencia.

Fue ésta una época especialmente complicada, de sofocos que no comprendía y que me tenían encendido. Una pequeña llamita se había instalado de repente en mi interior y no podía controlarla. Era ver o pensar en Lupita, mi vecina de arriba, y mi organismo se despendolaba. La sangre se me concentraba en el bajo vientre, el cerebro me dejaba de oxigenar y la boca se me quedaba entreabierta, en una especie de estado de estupidez semipermanente que me acompañaba diez o doce horas al día.

Mamá, que lo sabía y veía todo, no tardó mucho en darse cuenta de mi trastorno, y en seguida reconoció los síntomas. Afligida me contó que este mal también lo había padecido, papá. Por lo visto se debía a una mutación transmitida de antiguo y que provocaba un desarrollo inusual de los testículos. Para mi sorpresa no todo el mundo tenía los huevos del tamaño de berenjenas. Este era nuestro don, pero también nuestro castigo.

“Tienes que aprender a controlarlos, me dijo mamá, para que ellos no te controlen a ti. Si las hormonas ganan la batalla tu entendimiento se nublará y se te quedará por siempre la cara de gilipollas que tiene tu padre”.

Sin comprender aún la magnitud de las palabras de mamá, la seguí escuchando con la boca entreabierta.

“A papá los síntomas se le presentaron de bien chiquito, a los once años le sobrevino el primer ataque. Fue un espanto. En su caso le dio por aullar y correr sin calzones tras las mozas del pueblo, que huían despavoridas por la bravura de sus embestidas.  Fue una época de bochorno continuo para su familia que por fortuna tuvo a bien terminar. Tras dos años de enajenación y tratamientos de todo tipo, el doctor Melquiades dio con la solución.  Un simple inhalador de mentol con unas briznas de bangue de la india mitigaron sus arranques falderos. A partir de ese día, como bien sabes, el inhalador nunca se ha separado de papá”.

Sí, ese inhalador mentolado era su tesoro más preciado. Siempre lo portaba a modo de pipa en el bolsillo de la camisa. Lo llevaba tuneado con gomitas blancas, rojas y negras. Los colores guardaban una secuencia que, según me contaron, representaban a la bandera de Egipto. País al que papá admiraba y del que creía proceder…

Continuará...

Jam Louvier 2020


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