SEÑOR LEE (5 minutos)

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El Señor Lee debía su nombre a las películas de acción de los años setenta. Sus padres amantes de este tipo de cine y en especial de las películas de karate así lo habían decidido. Fuera su primer vástago fémina o santo varón Lee se llamaría.

Pero el Señor Lee que nos ocupa era distinto al protagonista que aparecía en la gran pantalla.  No tenía los ojos rasgados, ni la piel ligeramente amarilla. Sus ojos eran más bien redonditos y su piel oscura, tirando a muy negra, tan negra como la puede tener cualquier habitante del Congo o provincias aledañas.

Al Señor Lee sus padres, oriundos de Baviera del Norte, le acogieron siendo él un apuesto joven y ellos unos recién jubilados que vieron en este grandullón tan moreno y gentil el hijo que nunca tuvieron.

Antes de lucir nombre tan insigne el Señor Lee malvivía en las playas de una turística ciudad mediterránea.  Vendía por aquel entonces gajos de naranjas que el mismo pelaba con gran rapidez y destreza de dedos.  Pero al ser de necesidades calóricas altas se los comía antes de ponerlos en venta, por lo que el negocio no acababa de despegar y generar los beneficios deseados.

Este hecho le obligaba a completar su salario con pequeños hurtos que iban en contra de su fe y que le reportaban pesar y una desazón que intentaba mitigar mediante la oración. Así, tras cada pequeño robo el Señor Lee rezaba. Pero no lo hacía en lugar seguro sino incomprensiblemente a los pies de sus víctimas, sobre una esterilla donde se arrodillaba para agradecer la transferencia de bienes y prometer a sus víctimas, en perfecto lingala, la íntegra devolución de lo sustraído una vez se reencontrasen en el paraíso.

Dada la complejidad del lingala para ser entendido por cualquiera que no lo háblese, y desconociendo la bondad del señor Lee, las víctimas huían despavoridas al ver como aquel gigante congoleño extendía allí mismo una esterilla a modo de lecho. No sólo les dejaba sin cartera, ese demonio tan oscuro como la noche también quería arrebatarles el honor.

Bien es cierto que tampoco eran escasas las víctimas que aguardaban con resignación cristiana a que sucediese lo que tuviera que suceder y de paso confirmar, solo por curiosidad, si la tranca que portaba tan osado atracador estaba a la altura de su raza y tamaño. Si era así, pensaban mientras se persignaban, la espera y el disgusto merecían la pena.

Y así, entre presunciones, rezos y naranjas, se le escurría la juventud al Señor Lee. Hasta que una calurosa mañana de verano quiso el destino que su vida se cruzara con la de unos alegres jubilados bávaros que, enfundados en sendos quimonos, disfrutaban entre "kata y cata" de las playas levantinas.

Esa mañana el Señor Lee ejercía de vendedor ambulante. Ocupaba para tal fin un banco del paseo marítimo que había acondicionado con sencillez dados sus escasos recursos. Constaba el improvisado tenderete de un plato de plástico con una naranja a medio mondar y de un folio publicitario en el que podía leerse "Manjares de Oliente".  Además, para dar cierto empaque al negocio, había pegado al respaldo del banco un dibujo pintado por él mismo en el que se apreciaban dos florecillas silvestres y entre ellas, para llenar lo blanco, un busto a trazo gordo que podía pasar, en función del ángulo y la distancia de observación, por la Dama de Elche o Mazinger Z.

Mientras contemplaba su obra decidiendo si incluir o no una tercera florecilla, el Señor Lee tuvo un ahogo de espíritu. Una angustia que le visitaba cada vez más asiduamente, oprimiéndole el pecho y dejándole unos posos de amargura que poco a poco iba anegando su corazón de tristeza. El señor Lee conocía el motivo, era la añoranza. Nunca había estado entre tanta gente y sin embargo se sentía extrañamente solo...

Sí, el Señor Lee añoraba eso que no tenía, añoraba una familia con la que compartir su vida.

Jam Louvier, 2020


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