Una historia sin título. Cap II. Ella (5 minutos)

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El local era largo y estrecho. Disponía de una barra que arrancaba junto a la entrada y llegaba hasta los aseos, que como siempre se situaban al final a la derecha. Frente a la barra, una gran vidriera en la que se podía leer “Café de Flore”, ocupaba toda la fachada del local, que disponía de cinco mesitas redondas. Todas ellas en fila y al pie del cristal. En el ambiente sonaba una suave melodía que en seguida reconocí, “? La mer Bergère d'azur, infinie ???...”.  Mientras degustaba aquellos acordes tuve la sensación de ser el figurante  de una película, un elemento más del atrezo  en el que nadie se fija. Y como tal, nadie se volvió a mirarme. Cada uno seguía a lo suyo, interpretando su papel. En la mesita uno, un señor mayor con un diario deportivo. En la mesita dos, tres mujeres riéndose discretamente por el comentario de una de ellas. En la mesita tres, un chico con su portátil encendido, escribiendo con la mirada fija en la pantalla. En la mesita cuatro, una pareja abstraída cada una con su respectivo iPhone. Y en la mesita cinco, una señorita de entre veinticinco y treinta años que parecía salida de una portada del Vogue. Sin el abrigo, todavía ganaba más. Parecía una diosa. Empezaba a pensar que algo fallaba en mi cabeza.  No solo por lo extraño de la situación, sino porque el sol que se filtraba por la ventana iluminaba de un modo muy distinto su mesa. Y así, sin poder ni querer remediarlo, me senté junto a Ella.

Antes de haber pedido nada, el señor de la barra nos dejó sobre la mesa un humeante té y un tazón de leche calentita con dos galletas. Galletas que estaba seguro, eran perfectas para mojar. Mientras la chica Vogue diluía lentamente un azucarillo en su taza, yo no podía aportar la mirada de sus ojos, de su pelo pajizo, de la perfección de los círculos que trazaba con la cucharilla al agitar el té… El cosmos se reducía a nuestra mesita. Un cosmos que se me antojaba en perfecta armonía. La música, la cálida luz que nos acompañaba, Ella, un puzle perfecto, en el que por ahora sólo faltaba una pieza por encajar. Y esa pieza era yo.

CAPITULO II. ELLA.

A Ella no le gustaba perder el tiempo, cada segundo formaba parte de su tesoro. Su instinto pocas veces se equivocaba, y estaba convencida que, si alguien podía ayudarla, era ese chico. Sabía muchas cosas de él, y lo que le faltaba tendrían que averiguarlo juntos. 

Desleía el azucarillo sin aparente prisa, mientras el chico la observaba sin respirar, lanzándole torpes sonrisas en un intento de llenar el silencio. Para Ella los silencios hablaban más que las palabras, y los provocaba para llegar al alma de los candidatos que entrevistaba. El chico no aparentaba la edad que tenía.  Su rostro -al igual que la ropa que vestía- estaba anclado en el pasado. El pelo le crecía crespo cubriéndole unos rasgos que por separado se podrían considerarse toscos, pero que vistos en su conjunto lograban un difícil equilibrio. Ella sabía reconocer la belleza, al igual sabía reconocer el don del chico...

- Bueno, veo que eres un chico de una sola palabra, o de dos para ser más precisa: “qué y vale”, y eso me gusta – dijo Ella con una sonrisa entre enigmática e irresistible-. Quiero imaginar que a lo largo de nuestra primera cita incorporaras nuevos términos que permitan una comunicación más fluida, aunque por ahora no es necesario. No estoy aquí precisamente por tu oratoria.

- Eh… –dudó sin saber que añadir, esperando que Ella continuara la conversación.

- Verás –prosiguió Ella, tras un primer sorbo de té que alargó hasta la exasperación-…, hace mucho tiempo que me intereso por ti. Eres un chico la mar de curioso. Excéntrico o raro de pelotas para los que te conocen. Viviendo con tu mamita y la tita Águeda, con tus vinilos franceses, y esa ropa que me llevas con olor a alcanfor. Pero no pienses que he venido a insultarte. Nada más lejos de mi intención, he venido a hacerte una propuesta que no podrás rechazar. Pero antes, necesito algo de ti…

El chico oía su dulce voz, distinguía donde ponía las inflexiones, y el significado de las palabras por separado, pero simplemente no la escuchaba. Era difícil prestar atención cuando estás degustando dos galletas de mojar, con una mujer así al otro lado de la mesa. Sin duda, tenía que ser un dulce sueño…, o eso pensó hasta que vio lo que Ella acababa de dejar sobre la mesa. Eran unas tijeras de podar, y estaban nuevecitas. Esa chica era una caja de sorpresas.

- Quiero tu polla, y la quiero ahora - concluyó con total naturalidad mientras le acercaba las tijeras a su vasito de leche.

Aunque el chico no creía que su cosita tuviera un gran valor, por ahora deseaba conservarla. Quién sabe si en un futuro le haría falta para algo más que para aliviarse. Sin duda, aquello debía ser una cámara oculta. La escenografía era perfecta, la chica, el café, el resto del elenco que seguía a lo suyo como si nada...

 Continuará...


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