Azotainas y erotismo en la ofi

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Sandra caminaba distraída bajo la lluvia. Al llegar al paso de peatones se detuvo y miró con sus ojos grandes y azules al coche que acababa de pararse. Luego abrió la cremallera del bolso para sacar algo, pero no sacó nada y se limitó a cerrarla de nuevo. El hombre que conducía el coche la observó sin dar muestras de impaciencia. Después de todo la chica que tenía en frente era joven y parecía sacada de un cuento de princesas. El cabello liso, largo y rubio, se prolongaba quedando solo a dos palmos de rozar un culito respingón. Pantalones de vestir, camisa blanca bajo la que se dibujaban senos firmes y zapatos de tacón. Finalmente, Sandra reaccionó, saludó a modo de disculpa al conductor y cruzo la carretera. Le esperaba un día complicado en la oficina.

Diez minutos antes, una mujer de cuarenta años que trabajaba de secretaria, salía de la ducha y se encaminaba en cueros a su habitación. Le gustaba pasear desnuda por su casa y notar como las pequeñas corrientes de aire acariciaban sus tetas y su trasero. Lamentablemente, o al menos eso pensaba Cristina, su trasero había perdido algo de firmeza con el tiempo. Sin embargo, su jefa le había dicho que le gustaba su culo antes de darle una azotaina.

Paula era la directora de la empresa donde trabajaba Cristina. Con solo 24 años le habían puesto a cargo de cincuenta personas. Tenía una figura llena de curvas, tetas perfectas y culo prieto y firme. Aunque no hacía ni cuatro meses que había empezado, ya habían probado sus métodos disciplinarios dos empleados y la secretaria.

Gonzalo estaba a cargo de los nuevos, entre los que se encontraba Sandra. Compartía con Cristina edad y jefa. Le gustaba la secretaria, aunque nunca se lo había confesado.

A las 9 en punto todo el personal se encontraba en la oficina trabajando a pleno ritmo para satisfacción de Paula. Por un momento la jefa sonrió, pero la sonrisa solo duró unos instantes. Tenía que ocuparse del asunto. Parece ser, o así le contaron ayer, que Sandra había metido la pata elaborando un informe con unas cifras imposibles. Todo esto hubiese quedado en poco o nada si Gonzalo, su supervisor, se hubiese dado cuenta a tiempo. Pero no lo había hecho. La queja de un cliente muy importante había convertido el tema en una auténtica pesadilla que había llegado muy arriba. Si algo molestaba a Paula es que la llamasen la atención sus jefes.

- Cristina. ¿puedes venir un momento? - Llamó desde su despacho Paula.

La secretaria entró en la habitación. Vestía falda y blusa azul a juego con sus gafas.

Paula se levantó, también vestía falda, pero a otro nivel. Cristina vio que la camisa y los pendientes de su jefa combinaban realmente bien, no es solo que la tía fuese condenadamente atractiva, sino que además sabía sacar todo el partido de su físico sin caer en la exageración. A Cristina las mujeres no le atraían mucho, pero tenía que reconocer que no le importaría practicar sexo lésbico con Paula.

- Podrías llamar a Sandra y a Gonzalo. Necesitamos intercambiar impresiones y ver si hay alguna posibilidad de que mantengan sus puestos de trabajo.

La secretaria no querría estar en el pellejo de esos dos.

Sandra y Gonzalo estaban reunidos cuando llegó Cristina.

- La jefa necesita veros en su despacho ahora mismo. - y añadió - Gonzalo, ándate con ojo, el tema es serio y Paula es muy estricta.

Minutos después ambos empleados estaban frente al escritorio de su jefa. Sandra estaba visiblemente nerviosa y Gonzalo, a pesar de su veteranía, no estaba mucho más tranquilo que la joven.

- Seré breve. ¿Quién la ha jodido?

Tras unos segundos de silencio y justo antes de que Gonzalo saliese en rescate de su pupila, hablo Sandra.

- Yo. He sido yo. - Dijo bajando la vista.

Paula la miró en silencio durante unos segundos, parecía un perrito asustado y sin embargo, era valiente, valiente y hermosa y hasta "cagarla" con ese asunto su quehacer era impecable.

- Ya veo. ¿Y tú Gonzalo? Tu trabajo como supervisor es asegurarte de que estas cosas no pasan. Os imagináis el pollo que habéis montado, el marrón que tengo encima. El próximo lunes tengo reunión con mi jefe y quizás con el cliente y me van a dar, literalmente, por culo. Sí, no me miréis así.

Mientras hablaba se levantó y abriendo la puerta invitó a Cristina a entrar.

- Cristina... Estos dos no me creen. Díselo tú, ¿verdad que he pedido un bote de vaselina para el lunes? El señor Julio, sí, el calvo cabrón que dirige esta compañía, me va a poner mirando para cuenca. -

Cristina, conocía a su jefa, y sabía que lo mejor en esos momentos era ser invisible.

- Sí.

- Gracias, puedes retirarte.

Diez minutos después Gonzalo salió del despacho y habló con la secretaria.

- Me ha dicho que espere aquí fuera hasta que termine con Sandra. -

- ¿Y el trabajo? Esto... -

- El trabajo ok, seguimos en nuestros puestos, pero... -

- Pero os va a zurrar. - Completó Cristina.

- ¿Cómo lo sabes? - Preguntó sorprendido el veterano empleado.

- Porque no sois los primeros y... bueno - dijo enrojeciendo. - Bueno, a mí ya me ha tocado. –

- Lo siento. - Dijo él.

- Nada, fue hace semanas. -

-  Tu jefa le dijo a Sandra que iba a calentarle el culete. -

- Así es. En mi caso uso un cepillo de madera.-

- Dolía... bueno y... qué vergüenza no. -

Cristina recordó la humillación de quitarse la falda y las bragas... también se acordó del escozor de los golpes y... eso no fue lo peor, lo peor es que se corrió... en medio de todo ese escozor, con el culo colorado, tenía el coño mojado. Pero todo esto era demasiado íntimo para decírselo como si nada a Gonzalo.

- Sí, un poco. - Respondió sin más detalles.

Pasaron otros diez minutos hasta que se abrió la puerta de nuevo.

- Gonzalo, puedes entrar. - Dijo Sandra con voz segura y cara de haber llorado.

La chica se alejó caminando despacio y cuando supo que nadie miraba, se froto las nalgas.

Cristina miró el reloj. Pasaban unos minutos de la hora de salida, la oficina estaría vacía y a oscuras. Aunque podría irse a casa, quería esperar por su jefa... bueno, realmente quería esperar por Gonzalo. El pobre chico iba a necesitar cremita...

Por un momento se imaginó sentada en la cama en casa de Gonzalo, mientras su compañero yacía boca abajo con el culo rojo y peludo al aire. Ella le acariciaba la cabeza y luego pasaba sus dedos untados en crema con delicadeza sobre su trasero. Después de un rato, él se pondría de pie y le daría las gracias y ella le miraría a los ojos y... y acabarían besándose en la boca con la lengua. Gonzalo deslizaría su mano bajo la falda y le tocaría el culo mientras ella le agarraba el pene. Luego la pondría contra la pared, le levantaría la falta y la desnudaría, para manosearle las nalgas... Le besaría en el cuello y la haría suya.

Miró de nuevo el reloj, solo habían pasado cinco minutos, pero ahora tenía las bragas mojadas. Quizás lo mejor fuese volver a casa.


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