Encuesta, fiesta y confesión. Relato médico-erótico.

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La idea de la votación fue de Jaime, y sí, ya entonces podía considerarse políticamente incorrecto. El documento a rellenar era simple, cinco nombres de mujeres que identificaban a nuestras compañeras de trabajo y tres categorías a valorar con una escala del 1 al 10, cara, tetas y culo.

Confieso que a pesar de considerar el pasatiempo de lo más superficial, participé y utilicé la categoría de cara para puntuar no solo a la más guapa, si no a la que me resultaba más atractiva. Los resultados fueron los esperados. Isabel ganaba en el apartado de pecho y trasero. Marta era la segunda, ganando a Isabel en la categoría de cara, pero incapaz de competir con el generoso culete respingón de la primera. Luego estaban Alicia y Sofía y el último puesto lo ocupaba paradójicamente mi preferida, Sonia.

Sonia era más bien delgada, su rostro, sin ser el paradigma de la belleza, era agradable. Ojos más tristes que alegres que parecían ocultar secretos y labios que por algún motivo había fantaseado con besar. Los senos no destacaban en especial y el trasero se adivinaba algo desinflado, aunque era difícil de decir ya que mi compañera vestía amplias faldas y holgados pantalones.

********************

En el aniversario de la fundación de la empresa se organizó un evento. Tras la cena, fuimos a un local donde se podía hablar y bailar. Isabel excedió las expectativas eligiendo para la ocasión, una blusa escotada y unos pantalones blancos ajustados que realzaban más si cabe su pandero. 

En un momento dado, avanzada la noche, con alguna que otra copa de más, nos encontrábamos charlando Marta, Sonia, Eduardo y un servidor. 

- ¿Os lo estáis pasando bien?- dijo Eduardo.

- He bebido un poquitín. - respondió Sonia.

- Más que eso. Hay que saber beber. - le regaño Marta agitando un dedo vehementemente, visiblemente afectada por el alcohol.

- Estáis muy perjudicadas. - añadí con un tono achispado.

En ese momento Sonia me paso el brazo por el hombro.

- Te quiero mucho Juan. Eres lo mejor de esta empresa, me has enseñado mucho. Gracias. - 

- Exagerada. - dije sin hacer el menor intento por apartar su brazo. 

- Oye Juan - intervino Marta saliéndose del tiesto- ¿Con qué frecuencia mantienes relaciones sexuales?

- Se ha puesto rojo. - intervino Eduardo.

- Estáis borrachos. - dije.

Minutos después Marta y Eduardo se unieron a otros grupos y me quedé con Sonia. Tenía los ojos brillantes y ciertamente estaba un poco contentilla... pero razonaba. El volumen de la música subió y las luces de colores jugaban a encender y apagar los rostros.

- Sabes, ya he terminado con el tema personal, ya estoy cien por cien disponible en el curro. - me confesó hablándome al oído, rozando sus labios con mi oreja.

- Me alegro. - dije sonriendo.

Bailamos un poco llevados por la música. 

- Oye, me voy a ir ya, que estoy un poco cansada.

- Yo también, espera que salgo contigo.

****************

Fuera hacía fresco y las chaquetas no sobraban. 

- ¿Vives lejos? - le dije.

- No, vivo aquí al lado a unos minutos. Voy andando.

- Te acompaño.

Caminamos en silencio por las calles vacías a medio iluminar. En el cielo la luna brillaba rodeada de estrellas.

- Es aquí... oye, ¿subes y tomamos unas infusiones para despejarnos?... vamos infusiones o lo que te apetezca.

Acepté.

****************

Ya en el salón, sentado en un sofá al lado de mi anfitriona, tomé un sorbo de infusión de manzanilla.

- Gracias por la invitación. - dije dejando la taza sobre una mesa baja.

- Gracias a ti. Lo cierto es que no sé qué hubiese hecho esta última semana sin tu ayuda. Te he dejado solo ante el peligro durante horas.

- Ya. Sin problema. Pero es cierto, has faltado bastante.

- Sí, fue por el médico. Resulta que me mandó... 

- Sí. -

- Bueno, es un poco embarazoso. 

- No te preocupes, puedes contármelo.

Me miró durante unos instantes como sopesando si seguir adelante. Finalmente se decidió. Tenía una voz bonita y era un placer escucharla.

- Me citaron el lunes y fui con la medicina. Como no tengo el estómago muy allá, en lugar de pastillas, las pocas veces que me pongo malita me recetan supositorios o inyecciones. Esta vez fue lo segundo. Pues resulta que voy a la consulta le doy los medicamentos a la doctora y sentándome en la camilla me arremango la camisa para la inyección y entonces me dice. "Me temo Sonia que la dosis de medicina que necesitas es bastante, de hecho, son dos inyecciones intramusculares las que te tengo que poner. Bájate los pantalones y túmbate boca abajo en la camilla."

- Vaya, dos inyecciones en el trasero, eso tiene que doler.

- No lo sabes bien. Las agujas eran supergrandes y la doctora fue muy sincera conmigo. "Sonia, estas inyecciones duelen. Intentaré inyectarte muy despacio." Primero me pinchó en la nalga izquierda, el picotazo en sí ya no fue agradable, pero lo peor fue cuando el líquido blanco comenzó a entrar en el glúteo, escocía. Y luego, por si eso fuese poco, pinchazo en el otro cachete, esta segunda inyección me hizo llorar. Cuando me levanté apenas podía caminar. Y lo peor es que dos días después tuve que repetir. Con el recuerdo era incapaz de relajar el culo sabiendo lo que me esperaba. De hecho, esa segunda vez, me oriné encima. En mi vida he pasado tanta vergüenza.

Tenía los ojos acuosos, como si fuese a llorar.

- Ven aquí. - dije abrazándola.

Ella se dejó abrazar, luego me miró a los ojos y sin previo aviso me besó en los labios.

- Lo siento, no sé si tu querías... - dijo tras el beso.

En lugar de responderla, la besé con pasión explorando su boca. Luego la besé en el cuello y metí la lengua en su oído haciéndola gemir.

Nos quitamos las camisas, ella también el sujetador. No eran las domingas de Isabel, pero esos pezones erectos no merecían en modo alguna la última posición en la tabla.

- Enséñame el culito. Quiero ver lo valiente que ha sido mi chica. - dije con voz sensual.

Sonia me sonrió agradeciéndome la atención prestada a su relato. Se puso de pie y se desnudó. Su trasero era más extenso de lo que esperaba, la raja, fina, se extendía deliciosamente y los glúteos, sin ser globos, tenían cierto volumen. Aquí y allá tenía granitos. 

- Pobre lindo culete. - dije acariciándolo. - ¿Puedo besarlo?

Mi compañera asintió anticipando el placer.


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