La competencia

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Quique subió al colectivo, pasó la tarjeta, miró hacia un asiento en particular y se fue directo al fondo a sentarse en su lugar. Después sacó cuaderno y lapicera de la mochila, escribió la fecha y empezó con la lista del día: 

   1- Mariela, la que ahora se tiñó otra vez de rubio 

   2- la vieja recauchutada que parece un mamarracho

   3- el falso metalero 

   4- el guardia de seguridad que se cree miembro de un grupo comando

   5- los hermanitos de la escuela número quince

   6- el muchacho de la estación de servicio 

   7- la que debe ser secretaria y amante del patrón

   8- el peruano o boliviano albañil 

   9- Alberto Pérez, el insistente

   10- el colectivero nuevo

   11- tres más que nunca viajan 

   Todos los días Quique se entretenía haciendo una lista de los pasajeros que venían en el colectivo cuando él subía. De la tal Mariela sabía su nombre porque un día la acompañaba una señora que hablaba alto y la nombró al bajarse antes que ella.

    "Chau Mariela", dijo, como para que todo el mundo lo supiera. La vieja recauchutada era una señora de avanzada edad que pretendía engañarle al paso del tiempo mamarracheándose con ropas de jovencita. El falso metalero era un joven veinteañero melenudo vestido todo de negro, con muñequeras con puntas y todo, que un día se había sentado cerca suyo y, al enganchársele el cable del audífono en alguna cosa, Quique descubrió que estaba escuchando "Ay negra, negrita de mi vida" de Alcides. El guardia de seguridad era un muchachote corpulento que sólo le faltaban la nueve milímetros, el fusil de asalto y la cara pintada para parecerse a un marine americano. Quique imaginaba que los fines de semana a la noche haría un dinero extra como patovica en algún tugurio cumbiero. Los hermanitos de la escuela eran un nene y una nena que se sentaban en lugares diferente para que ninguno se quedara sin mirar por la ventanilla. El muchacho de la estación de servicio, que por la facha debía ser frentero, porque siempre iba vestido con la ropa de trabajo manchada de aceite y oliendo a nafta o gasolina o a ambas. La que debía ser secretaria trola era una yegua tetona y de piernas gruesas que hiciera frío o calor siempre vestía minifalda y que cuando bajaba tanto Quique, como el chofer, el falso metalero, el guardia, el frentero, el andino indescifrable, Alberto y hasta el nenito escolar la seguían con la vista hasta donde podían. El andino debía ser o boliviano o peruano, pero inconfundiblemente albañil porque siempre de la mochila pegoteada de mezcla seca sobresalía algún mango de cuchara o un pedazo de nivel de mano. Y del tal de Alberto Pérez nunca había descubierto de qué trabajaba y su nombre lo sabía porque una vez alguien encontró su documento en el pasillo y preguntó si Alberto Pérez era alguno de los pasajeros y él levantó la mano. 

   Después Quique buscó en otra página una lista que llamaba de Lista de Asiduidad y agregó dos X: una delante de su nombre y otra en el de Alberto, ambos iban empatados; ninguno en cinco años había dejado de tomar el colectivo ninguna vez. Culpa de esa competencia, que Alberto ignoraba que era partícipe involuntario y rival, Quique nunca había perdido los premios de asistencia y de llegar temprano en la fábrica de jabón y de yapa lo habían ascendido a encargado de la sección limpieza; ni comprado el autito usado que tanto anhelaba, porque el trámite le haría perder un día de trabajo y su rival le llevaría la delantera. Pero apenas Alberto fallara una única vez la platita estaba garantizada. Su mujer cada tanto le hinchaba las bolas con el asunto del auto, ya eran cinco integrantes y otro venía en camino, pero Quique siempre ponía una excusa y la espera por el autito seguía extendiéndose mes tras mes, año tras año. Pero una mañana el milagro aconteció, Quique subió al colectivo, pasó la tarjeta y cuando miró hacia el lugar de Alberto vio que no estaba, fue en ese instante que Quique empezó a reír y a reír y a reír cada vez más alto y más alto sin salir del lugar, morado de excitación y alegría. Mañana mismo iría a la concesionaria de autos usados y se compraría el ansiado autito y su mujer ya no le rompería más las pelotas y en las próximas vacaciones podrían ir a Mar del Plata, ¡como todos los argentinos, carajo! Todos lo miraron, como es lógico, sin entender nada. El chofer aminoró la marcha porque empezó a relojearlo por el retrovisor; Mariela se acomodó el pelo pensando que quizás estuviera despeinada; la vieja modernosa se alisó la remera con la foto de Madonna; el falso metalero se apresuró a apretar la pausa antes de sacarse los audífonos para que no lo cacharan escuchando a Los Palmeras; el guardia llevó la mano al garrote que colgaba al lado del asiento y empezó a mirar desconfiado para todos lados; la nenita se asustó y corrió a acurrucarse al lado del hermanito que miraba con miedo al enloquecido Quique; el frentero se ruborizó y tapó la mancha de aceite de la rodilla que daba al pasillo con una mano; el albañil andino miró al piso y tiró de la piola de la plomada que se había salido de la mochila y Alberto Pérez, sí él mismo, asomó la cabeza porque estaba buscando el documento que se le había caído cuando el colectivo frenó para que Quique subiera. Entonces Quique paró de reír como un alienado y empezó a llorar como un chico arrepentido. 

                                                                      Fin. 


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