Una mano en la noche fría

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La mano apareció una noche de invierno. Yo andaba por la cocina cuando oí que llamaban a la puerta. Antes de abrir pregunté quién era, pero nadie me respondió; desconfié que fuera un ladrón por eso resolví no abrir, por las dudas. Pero apenas me volví escuché de nuevo golpes en la puerta. Me intrigó el hecho de que no tocara el timbre, ya que tiene una luz roja que lo hace inconfundible, además la luz del hall estaba encendida, a no ser que fuera un extraterrestre el que llamaba, pensé. Pregunté otra vez quién era y de nuevo, nadie contestó. Recordé que cuando vine a ver la casa antes de comprarla lo primero que noté fue la falta de mirilla en la puerta y cuando se lo comenté al corredor de inmuebles me respondió que se debía a que la casa era antigua, y todavía acotó como justificativo: 

   "Y qué quiere, por el precio que pide el dueño". Como nadie contestaba no tuve más remedio que ir hasta el comedor y mirar por la ventana. Nada. 

   "Será un gracioso", pensé, recordando los tiempos en que yo hacía gracias de ese tipo. ¡Si habré tocado timbres cuando era chico! ¡Y cascotear techos también! No vi a nadie frente a la puerta, entonces pensé que había sido una broma de algún chico nada más. Pero entonces volví a oír golpes. No tuve otra alternativa que ir hasta el ropero y agarrar el bate. Abrí la puerta dispuesto a rajar la cabeza del primero que asomara la cara, pero con sorpresa vi que no era nadie. Pensé que pudiera ser alguien que se habría escondido entre las plantas del jardín. Y ya me dirigía con el bate en alto al jardín cuando creí tocar algo con el pie y fue ahí que la vi: una mano, una mano humana. 

   Por mucho que registré todo el jardín no pude dar con el cuerpo al cual pertenecía. Pensé, y valga la redundancia, por qué no darle una mano a la mano. Así que la llevé adentro. ¡Además con el frío que hacía! La pobre estaba helada y con la piel casi morada, no sé cómo hizo para llamar a la puerta, porque también estaba dura como una piedra. La puse cerca de la estufa y me senté a su lado a esperar una reacción. Poco a poco fue recuperando el color y cuando le pregunté cómo se sentía se cerró y levantó el pulgar, ahí noté que era derecha y, por el vello que la cubría, que era de hombre. Como ya era tarde para una ubicación más apropiada busqué en el ropero una caja de zapatos, doblé una bufanda de lana y ¡listo!, ya estaba pronta la camita junto a la estufa. La acomodé adentro y le di las buenas noches, ella, agradecida, volvió a levantarme el pulgar. Me fui a la cama satisfecho por haber hecho la buena acción del día y con la certeza de que con mi nueva compañera, además de ser una buena compañía puesto que no podía hablar, con el correr del tiempo podríamos forjar una sólida amistad. 

   ¡Craso error! 

   Al otro día al levantarme comprobé que la muy turra me había desvalijado media casa, incluidas la estufa y la caja de zapatos. 

                                                                        Fin. 

 


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