Bartolo Anacleto Bernackle (o cómo se arruina una vida a temprana edad)

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Llamábase Bartolo Anacleto Bernackle, ciertamente un mal nombre. Así lo pensaba su desgraciado dueño, desde una ya lejana y frí­a mañana de invierno, en los tiempos de su infancia. La causa de su desgracia tuvo inicio exactamente el primer dí­a de clases y, precisamente, en el primer recreo en la escuela donde recién había sido transferido. Jugaba a la mancha con unos compañeros cuando un alumno de otro grado, del cual nunca olvidarí­a ni el nombre ni su rostro, apenas le puso el ojo encima se refirió a él, con sorna y malicia, y en voz bien alta: 

    "Ahí viene A La Bartola". Todos los alumnos, el profesorado entero, la directora, el portero y quizás hasta la estatua de San Martí­n en el medio del patio se rieron de la ocurrente gracia sin ninguna gracia dirigida contra él. Como se sabe, cuanto más ingeniosa es la burla tanto más efectiva es a la hora de hacer daño, y qué niño no lo sabe. Ese malicioso alumno debía de ser ese tipo de niños, porque de inmediato quitó del infame apodo la locución adverbial, quedándole a Bartolo, de forma definitiva y permanente, el peyorativo y afeminado mote de Bartola. En aquel humillante momento otro ser, triste y opacado, pasó a cohabitar en su mente, donde echó raí­ces amargas y venenosas que envolvieron su corazón, comprimiéndolo gradualmente hasta convertirlo en un tumor anquilosado y casi sin vida; y en cuyo interior el pesimismo y el rencor hicieron germinar la semilla de una personalidad esquiva y oscura. Desde ese dí­a en adelante nunca más fue el mismo y el niño inocente y feliz que lo constituí­a lo abandonó para siempre, dejando en su lugar uno taciturno e infeliz, recluido en sí mismo, sin amigos y sin luz. Nunca más se lo vio jugar ni reír y si alguien hubiera podido sondar su alma fácilmente advertiría que tampoco podría soñar jamás. 

En los recreos optaba por quedarse en la biblioteca o estudiando en su pupitre arrinconado en el fondo del salón, protegido debajo de una coraza invisible contra la crueldad del mundo. Otro atropello de la adversidad del mundo despiadado que ayudó a terminar de desgraciarlo del todo y para siempre sobrevino al regresar a su hogar, cuando quienes debían comprender y de alguna forma protegerlo contra todos los males y de los daños causados a tan temprana edad terminaron por asestarle el golpe definitivo que faltaba. Sus padres notaron algo extraño en su comportamiento, siempre tan parlanchín y vivaz; definitivamente no era su hijo de siempre el que estaba delante de ellos. Pensaron que había tenido alguna pelea en la escuela, no rara en los alumnos nuevos. Y bajo la presión de sus padres para que les contara qué le había pasado, Bartolo finalmente les contó lo sucedido. Mejor se hubiera callado e inventado cualquier otra disculpa; la incomprensión de sus padres le dolerí­a hasta el día de su muerte. Al oír la historia del infame apodo su padre, apuntándolo con un dedo, empezó a reírse en su cara como un alienado. Cuando pareció que la larga y exageradamente escandalosa carcajada de burla acabaría, como lo hizo sospechar el hilo de voz que moría en sus labios, comenzó otra vez y después otra más y otra y otra, más hirientes y ominosas a cada vez, terminando la espantosa secuencia burlesca en ocho carcajadas consecutivas. Después se despatarró en el sofá y se puso a ver la televisión, echándose aire con un diario doblado en dos como si nada hubiera pasado. Su madre, por su parte, había arrojado por tierra en tan sólo unos pocos segundos apenas toda la devoción y el amor incondicional que sentía por ella. Contagiada por la comicidad de las morisquetas y los despectivos ademanes con que su padre se burlaba de él, se unió a la burla riendo como una idiota. El dedo maldito de su padre y la complicidad de su madre ni con sus muertes llegaron a desaparecer de su mente. Persistieron dentro suyo como agujas ponzoñosas hasta el final de la vida, acaso hasta el infierno mismo, nunca se sabrá.

                                                                 Fin. 


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