La inundación

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Todos miraban el cielo, todos esperaban la lluvia. Los obreros, que a regañadientes aceptaron trabajar el feriado, estaban más pendientes de los remolinos tenebrosos de la tormenta que se empecinaba en revolotear sin decidirse nunca a abatirse sobre la ciudad que del trabajo que debían realizar. 

   "¡Inundación!", llegó a oír decir el guardia de seguridad dentro de la garita a uno de ellos, y a otro que pasó delante de la garita, pedirle de todo corazón a Dios que el cielo se viniera abajo. Y a otros, que a esa hora ya estarían dándole duro al vinito mientras esperaban el asadito del mediodí­a, que añoraban una siestita junto a la patrona o que lamentaban no poder llegar a tiempo para ver el partido en directo por televisión. El guardia también tení­a sus razones para desear el torrencial, los obreros vinieron a trabajar sin previo aviso y éso lo tomó por sorpresa, cuando ya se creía en paz y sosiego y cómodamente instalado para empezar la lectura de una novela, llegó el estorbo y como una bomba de desilusión le destruyó el cuadro intitulado "El feriado perfecto" en cuestión de segundos. Y así como los obreros pedían a Dios, el guardia rogaba a todos los demonios que salieran de las sombras subterráneas para que vinieran a llevarse al quinto de los infiernos la manada de carneros que le estropeara el día. Volvió a inspeccionar el cielo por enésima vez, que seguía con su caótico espectáculo de rayos, truenos y relámpagos, pero ni una gota bajaba de las nubes como para darle una esperanza siquiera. 

   La mañana finalmente se fue y con ella toda ilusión. 

   Los obreros, que ahora habían cambiado de opinión, porque de comenzar a llover en ese instante llagarían a sus casas entre las tres y las cuatro de la tarde, perdiendo asado, siesta y partido, no tuvieron otra salida que la resignación. 

   El guardia los vio ponerse serios, ceñudos, silenciosos. 

   "Manada de carneros", despotricaba a mandíbula suelta, "carneros de mierda, bestias de carga, mandados, títeres, fantoches chupa bolas, piezas de engranajes, malditos apátridas, traidores, mal nacidos", hasta que se le acabó el catálogo de insultos, que soltó de un sólo tirón. Exhausto por la falta de aire se hundió en el sillón a lamentar en silencio el día que ya estaba perdido, entre resoplidos cansados y patadas sin efecto contra las paredes de la garita. 

   El cielo mientras tanto continuaba en su furioso torbellino. 

   "Mucho ruido y pocas nueces", repetía el guardia, cada vez que escuchaba los truenos. Finalmente pasadas las tres y media, cada uno a su manera volvía a acordarse de Dios, que ahora no hiciera llover, que por lo menos esperara hasta llegar a casa, que no vaya a faltar la energía, etcétera. El guardia, a pesar de no ser atendido en sus ruegos, insistía en su invocación a los demonios, pidiendo agua hasta el cuello para los obreros alcahuetes que le habían arruinado el feriado. 

   Exactamente a las cinco y cinco, cuando los obreros se encontraban a camino de sus casas y el guardia todavía esperaba ver aparecer por la esquina su relevo, se desató el vendaval, monstruoso, asesino, como si quisiera destruir la memoria del mundo; quizás por obra de los malignos, que esta vez sí atendieron los pedidos del guardia, o del divino, atendiendo tardíamente los ruegos de su rebaño, o porque simplemente en un momento u otro tení­a que llover, no se sabe ni nunca se sabrá. La tragedia, al final, se abatió tanto sobre los obreros en medio de la calle cuanto sobre la garita y en cuestión de minutos la ciudad se vio bajo veinte centímetros de agua, que seguía aumentando alarmantemente a cada minuto. El guardia, azorado, miraba cómo el agua arrastraba por la avenida vehículos, contenedores de basura, gente, y presintió que si no salía de la garita rápido correría la misma suerte. Tras estos pensamientos, la fuerza del agua arrancó de cuajo la garita del piso, pero ya era tarde para cualquier medida. Finalmente el agua hizo su trabajo y la corriente se llevó al guardia. 

   Pasada la desgracia, ningún obrero pudo disfrutar ni del vinito ni del asado, ni del partido televisado ni de la siestita con la patrona. El agua despiadada se había llevado todo lo que encontró en su camino, el vino y la heladera con la carne adentro, la televisión, el sofá y hasta la cama, pero por suerte nadie murió. El que sí casi murió fue el guardia, que arrastrado entre cientos de destrozos, siguió avenida abajo hasta quedar enganchado en el alambrado de aeroparque entre tablas, tirantes, tachos de basura y otros desperdicios. Más tarde, uno de los bomberos que ayudó a desengancharlo le dijo a un periodista que el cuerpo pendía flácido del alambrado, como si estuviera relleno de plastilina, a las claras, sin ningún hueso entero .  

                                                                    Fin. 


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